«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Sin perdón

14 de febrero de 2026

No sé cómo va ahora, pero a los de mi quinta se nos enseñó a pedir perdón de pequeñitos, rémora de la España negra del nacional-catolicismo, y es mérito del adoctrinamiento infantil que aún lo tenga por comportamiento particularmente virtuoso y meritorio. Pero las virtudes privadas devienen con frecuencia en vicios públicos, y en diez peticiones de disculpas de las que somos testigos todos en la vida social, nueve son, además de huecas, falsas y cobardes, contraproducentes.

Pedir perdón para la ciudad y el mundo se puso de moda hace ya décadas, en dos modalidades: el despliegue de virtud oblicuo y el ritual de humillación interesado. Ambos son performativos y tristes de ver, pero fácilmente diferenciados.

En el primer caso, se pide perdón por un crimen tan antiguo que no espera reparación y en nombre de un culpable colectivo que lleva mucho tiempo muerto. Los primeros casos que recuerdo de este tipo los protagonizaron, respectivamente, Juan Pablo II y Bill Clinton.

El primero pidió perdón –al mundo en general, supongo— por el juicio contra Galileo y por las Cruzadas, si no recuerdo mal, y aunque personalmente no lo juzgara especialmente oportuno, reforzaba, al menos, la sólida continuidad de la Iglesia Católica como sujeto único y místico: podemos pedir perdón por algo que no cometimos ninguno de los presentes, contra gente que lleva bajo tierra siglos, porque entendemos que, en algún sentido, somos la misma institución que entonces.

Clinton pidió perdón en África por la esclavitud, un error de bulto. No porque la esclavitud no haya sido deleznable, sino porque se pedía disculpas, al final, a los herederos de sangre de quienes vendieron esos esclavos a los esclavistas blancos, y por transmitir la idea de que la peculiar institución fue una ocurrencia excepcional de los plantadores del Sur y no el estado común a todas las civilizaciones en todas partes hasta hace menos de dos siglos.

La ventaja comercial de esta modalidad consiste en que quien pide perdón, al no haber cometido personalmente crimen alguno, queda como los ángeles, como un parangón, al tiempo, de humildad y sensibilidad moral; y, al no quedar ningún ofendido con vida, no hay obligación de reparar. Es una campaña de imagen totalmente gratuita.

Una variante de este tipo de falsas disculpas es la plaga, que afecta especialmente a la anglosfera transatlántica, de lo que llaman Land acknowledgement o «reconocimiento de tierra», por el que se empieza cualquier acto público confesando que tanto el falso penitente como su audiencia pisan tierra que se arrebató a algún pueblo nativo.

El último ejemplo lo protagonizó la cantante Billie Eilish en la reciente entrega de los Grammy, aunando en una sencilla frase dos clichés políticamente correctos, el indigenismo y el inmigracionismo irrestricto: «Nadie es ilegal en tierras robadas». Lo curioso es que nadie se siente obligado a devolver la tierra a sus presuntos dueños legítimos, lo que suena un tanto a recochineo. No creo que quien sufra una ocupación de su vivienda sienta algún consuelo de que el okupa vaya diciendo por ahí que vive en una casa robada.

En cuanto al segundo tipo, es aún peor: cuando alguien dice algo que quiere decir, que piensa realmente, y pide perdón por ello, no porque haya hecho examen de conciencia y le pese la culpa, sino porque surge alguien que se declara ofendido, de forma personal o colectiva, y tiene el poder mediático de arruinar la carrera del presunto ofensor.

Lo que tiene de repugnante esta forma de disculpa no es solo que quien la presenta no cree de verdad haber pecado y reacciona solo por miedo; es que en todas las ocasiones se trata de un pulso de poder ideológico. Los ofendidos son siempre grupos ensalzados por el pensamiento único, extorsionadores del victimismo. La ofensa puede multiplicarse por mil, que no será obligatorio pedir perdón por ella si la víctima es la adecuada: varón, heterosexual, blanco, facha.

Pero lo más patético es que nunca sirve para nada. Disculparse en este contexto es como sangrar en una piscina llena de tiburones: excita la ferocidad y anima al ataque colectivo. Se convierte en un interminable ritual de humillación por el que el sujeto tiene que rebajarse más y más sin por ello recuperar su buen nombre social. El estigma es para siempre.

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