«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Sevilla, 1986. Periodista. Ahora en el Congreso.
Sevilla, 1986. Periodista. Ahora en el Congreso.

Sucursal belga

31 de mayo de 2024

Si la UE se está convirtiendo en la Unión Soviética con emojis, como dice Carlos Esteban, el Congreso es una triste sucursal del parlamento europeo. El diputado socialista Artemi Rallo alza la voz para recordarnos, aunque nos duela oírlo, que Europa, España y Cataluña han dicho sí a la amnistía. Sus exabruptos no los escucha Sánchez que, como Puigdemont en Waterloo, permanece en su guarida ajeno al lodazal que entre ambos han convertido las Cortes. Sánchez sólo baja cuando le toca apretar el botón que legitima la violencia política y borra de un plumazo —como la ensoñación del Supremo— a los policías a punto de morir de un adoquinazo en la cabeza, a los catalanes tratados como apestados en su propia tierra o el asedio que la turba de los Jordis perpetró contra la consejería de Economía. Nada de eso existió.

Sánchez quiere acabar el molesto trámite (¡dadme los votos y marchaos!) pero cuando llega su turno tiene que soportar que le llamen traidor. Ni siquiera el Fouché de Ferraz está preparado para aguantar un rapapolvo semejante: los gritos se suceden y descubren un malestar imposible de detectar para el CIS. El hartazgo popular irrumpe en el templo de la palabra, donde se hace normal lo que en la calle ya lo es. ¿Qué tal un ‘perrosanxe’ la próxima vez? ¿Acaso no era eso lo que decía Suárez, santón setentayochista, que la política se parezca a la calle?

Oponerse a la amnistía va de suyo para la oposición, de modo que los aspavientos e hiperventilaciones que con pose indignada ejercitan los colaboracionistas habituales nos recuerdan que el primer capítulo de esta tragedia lo escribieron ellos. El golpista que huyó de la policía de Zoido y el CNI de Soraya escondido en un maletero lleva siete plácidos años viviendo en tierras belgas. Puigdemont goza de la protección de los distintos tribunales europeos que han convertido la legislación española —euroórdenes incluidas— en papel para confetis.

Al filo de las nueve de la mañana el parlamento acoge el episodio final que sepulta años de una indignación rojigualda y transversal visible en tantos balcones de España. La nación que bajó al asfalto, desbordó Barcelona y recibió los insultos de Borrell («no seáis como las turbas») cuando el grito era que el golpista fuera a prisión, es ahora traicionada. El comportamiento fue modélico, pacífico, ejemplar. El régimen que perdona a los violentos y concluye que se equivocó lanza un mensaje muy claro: sólo funciona la violencia, véase ETA-Bildu. El resto de movilizaciones, como la del 97, es desactivada por un poder que otorga hiperlegitimidad al separatismo desde el reparto de papeles del 78.

Aunque es pronto, el sol se asoma con tal viveza sobre la carrera de San Jerónimo que se intuye un día tórrido, el primero de un mayo que perece sin rastro de los chamanes climáticos que muy pronto saldrán de la cueva a prometernos el verano más caluroso de la historia por quinto año consecutivo. Lo harán con mapas del tiempo convertidos en El Infierno de Hernando de la Cruz. Es la deriva científica, amigos.  

Resguardados de los primeros sofocos matutinos nuestros periodistas de micro y moqueta comienzan la mañana preguntando a varios ministros por el concierto de Taylor Swift y acaban, dignísimos, invocando la mejor tradición del parlamentarismo que la ultraderecha amenaza con tanta bronca. A dónde vamos a llegar.

Ante la penúltima faena bruselense habrá quien proponga el spexit e incluso de esa OTAN que no pegará ni un tiro para evitar que Ceuta y Melilla caigan en manos del sultán. Cabe preguntarse qué tal nos iría fuera del eje Bruselas-Washington, pero la realidad es que nadie puede elegir el lado del muro, como reconoció con lucidez Enrico Berlinguer en 1976. El pragmatismo del histórico secretario general del Partido Comunista italiano tenía razón de ser: su país no estaba bajo el paraguas del pacto de Varsovia, sino el de Washington. «Preferisco la Nato a Varsavia«, dijo durante la Guerra Fría que hoy tantos aspiran a resucitar. ¿Y qué tal si España desplegase un paraguas nuevo para liderar a los casi 500 millones de hispanohablantes que conforman la Hispanidad? Ellos nos habrían entregado a Puigdemont.

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