Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

Casi todos los medios españoles ya habían dado por muerto a Donald Trump en cuanto se supo de su infección por el virus que vino de China. Kaput políticamente y, posiblemente, camino del cementerio, RIP, habida cuenta de su obesidad, su amor por las hamburguesas, el color zanahoria de su pelo y, básicamente, porque le detestan y lo prefieren muerto y enterrado. Pero, como tantas veces, se equivocaban. Ni creían en su capacidad de resistencia personal ni estimaban los logros de los médicos militares norteamericanos. Pero ahí está. Dando mítines multitudinarios y queriendo abrazar a todo el mundo. De hecho, en los pocos días en que permaneció hospitalizado estuvo más activo que el sano Joe Biden, a quien el agotamiento se le echa encima cada dos por tres. No en balde de revalidar su mandato Donald Trump, acabaría sus 8 años como presidente a la edad con la que Biden llegaría a la Casa Blanca ahora si ganase: 78 años. Inmune o no, Trump proyecta una imagen de fuerza y energía que contrasta con la evidente senilidad de su oponente.

De hacer caso a las encuestas que reflejan nuestros medios, cada vez menos proclives a contar la realidad, Trump tiene todas las de perder. Su escaso rigor institucional, su desprecio a las normas establecidas, su falta de moral, le descalificaría para un segundo mandato. Y, sin embargo, cuando se le pregunta al ciudadano americano si está mejor ahora que hace cuatro años, una mayoría del 56% dice rotundamente que sí. Y eso a pesar de encontrarse en medio de una pandemia cuyos números llevan al pánico en Europa -y a la histeria en España- pero a la que el actual presidente se enfrenta con un “no le tengan miedo al virus. No dejen que domine sus vidas”. Difícil de tragar en un país de caguetas como el nuestro, donde los héroes han sido quienes más rollos de papel higiénico acumularon en las primeras semanas del virus y pasaban el día en el sofá esperando ese momento en el que salir al balcón a la hora del karaoke.

Trump, sin duda, resulta repulsivo para muchos. Sobre todo, fuera de Estados Unidos. Pero si hay algo cierto es que los lazos de unión entre el actual presidente americano y sus votantes se han reforzado en estos años. En buena parte porque saben lo que le espera a América bajo unos demócratas radicalizados que prefieren a los criminales antes que a la policía, que trata mejor a los inmigrantes ilegales que a los autóctonos, y que cuya existencia depende de mantener los privilegios de su casta machacando a impuestos a los de abajo (¿les suena?). Saben que Trump les defiende de todo eso. Ahí queda la contestación de Trump a Ocasio-Cortés, la diputada socialista por Nueva York. “Los americanos no quieren socialismo. Quieren poder pasear a su perro, no tener que comérselo”.

En unas elecciones donde motivar y llevar a votar a los tuyos resulta vital, parece bastante probable que Donald Trump le gane la mano a un insulso, falto de fuerzas y tristón Joe Biden. Trump ha vuelto a la carrera electoral esta misma semana en Florida. Todavía queda mucho juego por delante. La creciente histeria con la que le tratan los medios no puede ser más que una buena señal. Contrario a todo lo que dicen y publican, empiezan a temer que tienen Trump para otros cuatro años.

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