«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Teta Transicional

25 de noviembre de 2025

Vivimos en un sistema un tanto disfuncional que acaba de celebrar el cincuentenario de la Monarquía sin la presencia del rey que fue protagonista o, quizá mejor, relaciones públicas, del cambio político cuyas consecuencias hoy vivimos. Y vamos a peor, la verdad sea dicha.

Cuando Juan Carlos I, entonces príncipe de España, pidió más apertura al general Franco, este le respondió que aquello sería su tarea. Pues bien, ese legado, pero en su faceta más pedestre, es extrañamente lo que celebra la prensa estos días. Podían haberse agarrado mucho más a lo de la «libertad», o al sistema de representación política que trajo la democracia, pero han preferido vendernos, por enésima vez, teta transicional y «movida madrileña». La pobre «Movida», más gastada que los vaqueros de Alessandro Squarzi, pequeña revolución cultural que sacan en procesión como a un deslucido paso de Semana Santa cada vez que la ocasión lo requiere, debe de ser una especie de ovni para esa juventud peligrosa que no ve con malos ojos la España del año 10 A. C. (antes de Ana Curra).

Divinos estamos, preparados para la mitologización de un proceso que, según nos cuentan, trajo la concordia entre los españoles, «la reconciliación entre vencedores y vencidos». A una le parece que, para ese momento, unos y otros llevaban ya un rato mezclados. En la mayoría de los casos viviendo una existencia bastante mejor que la de sus padres o abuelos.

Entre las curiosidades de estos días está el tratamiento comparativo de las épocas. Hay cierta obsesión por el «cómo hemos cambiado» («¿qué nos ha pasado?»). La aproximación al asunto, algo torticera, enreda a los talibanes transicionales en su propia trampa. Al buscar las diferencias entre el español de hace cincuenta años y el de 2025, debería hacerse lo propio, para que la cosa fuera justa, con el de 1939 y el de 1975.

Y quizá fuera necesario también que nos contaran qué ocurría en los países de nuestro entorno. Por ejemplo, la capacidad jurídica plena y el poder para gestionar sus bienes, que las españolas obtuvieron en el 75, no llegó hasta diez años después para las suizas. Las francesas, italianas y portuguesas soportaron restricciones similares hasta la misma época. Maldito Franco.

Hay toda una metáfora en la ubre transicional. Su suerte ha sido la nuestra. Quizá la de la dictadura era algo flácida, clandestina y enjuta, pero era orgánica, carpetovetónica. El Régimen del 78 —abrazo de estanquera felliniana— y su teta libre, sin ira, generosa con los que amamantaba, nos ha traído protuberancias recauchutadas e inflamadas que son un espejismo. Y que no nos pertenecen.

El 78 no fue más que la adaptación de España al orden mundial del 45, con toda su carga ideológica, que entiende la nación como una realidad a superar. En las últimas décadas ha habido momentos de estabilidad y progreso, faltaría más. El problema es que nos dirigíamos a «esto» y no lo sabíamos. El objetivo setentayochil desde un principio fue la venta de nuestra soberanía y la destrucción de la clase media. Y a fe que se ha cumplido.

Cuando nos hemos cansado de viajar a Londres en low cost como ganado porcino, de mirar series en plataformas, de pedir comida a domicilio y de ver domingas en el móvil, resulta que no tenemos vivienda en propiedad, seguridad en las calles, sueldo digno o futuro. Empate.

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