«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Ticket de compra

23 de septiembre de 2025

El pibe acaba de nacer como quien dice y ya han hecho bomba de humo la madre «biológica» y la que le alquiló el horno. El que aportó el cromosoma Y se desentendió mucho antes, en cuanto cerró el bote y cobró.  

En realidad vino al mundo hace casi un año y esa ha sido su tragedia. Se adelantó. Nació sietemesino en Córdoba (no en la romana y mora, sino en el corazón de la Argentina) y estuvo un par de meses ingresado por complicaciones respiratorias. 

La cosa no pintaba bien para él desde el inicio: mujer francesa compra hijo que será gestado por mujer del país austral. La de este lado del charco puso encima de la mesa el óvulo y la guita, lo fecundaron en un laboratorio y se lo implantaron a una flaca del otro. Genética gabacha y epigenética gaucha. En medio del quilombo, una agencia con sede en Buenos Aires y una abogada con diez mil dólares para la transacción.

Pero el chaval nació con el parénquima pulmonar inmaduro, como corresponde a esa edad gestacional, y la «madre» de aquí ha dicho que pasa de ir a por él. Que con problemitas tan pronto, no. Que no se queda un producto defectuoso. La argentina que lo parió comunicó al equipo médico en el momento del alumbramiento que ella no era la progenitora y que su precaria situación económica le impedía hacerse cargo del recién nacido. Así que sugirió que fuera dado en adopción a alguna familia que lo quisiera. 

Con esta crudeza se nos muestra la mercantilización de la vida humana. Un bebé en una incubadora repudiado, abandonado y desatendido en los afectos porque alguien ha creído que tener un hijo es un derecho, que privarle de un padre no tiene consecuencias, que subrogar la gestación es progreso y que si puedes pagarlo puedes hacerlo. En la reedición posmoderna del «vino a los suyos y los suyos no le recibieron»  el sujeto pasa a ser objeto y, como tal, debe lucir a gusto del consumidor. 

Huxley imaginó en su distopía embriones generados en laboratorios y manipulados genéticamente en procesos de producción en masa controlados por el Estado para cumplir roles específicos en la sociedad. No previó que, con nuestra lista de derechos infinitos, se necesitaría un ticket de compraventa para devolver a la criatura si esta no cumple con lo que la mamá está acostumbrada a ver en Pinterest.

El catálogo de aberraciones que está por venir tan sólo empieza a ser esbozado. La prensa de la tierra del Plata calificaba estos días el caso como el del «primer bebé de vientre subrogado abandonado». El pasado julio nació en Ohio el llamado «bebé más viejo del mundo». El embrión fue criopreservado en 1994 y después de más de treinta años, la madre biológica, que hoy está en la sesentena, eligió a una pareja casada, caucásica, cristiana y residente en Estados Unidos para el deshielo. Congelado Millenial, descongelado Alpha. El pequeño se llama Taddheus y, en circunstancias absolutamente grotescas, naciendo tres décadas después de su «concepción», del útero  de una señora casi más joven que él y en otro mundo —genética analógica y grunge; epigenética Swiftie— con su desarrollo pausado en un tanque de nitrógeno líquido, al menos, no forma parte de los millones de embriones destruidos desde que empezamos a hacer creer a la gente que tenemos derecho a la felicidad. Desde el Edén sabemos que jugar a ser Dios sale mal. Y no aprendemos.

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