«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

Tierra, mar y aire

4 de noviembre de 2026

A Juanma Suárez ya le aplaudí su faceta de narrador. Su libro de relatos Los tinteros vacíos no cuentan historias me gustó mucho y le dediqué un artículo. No sabía que también era un fino analista político, labor a la que no se dedica. Pero en un tuit lo ha clavado. Alguien se sorprendía, viendo la entrevista a Santiago Abascal en El Mundo, de que hubiera cambiado mucho en su tratamiento de la inmigración tanto en el tono como en la idea. ¿De verdad?

Relajado y firme, Abascal decía que no tiene sentido tener inmigrantes que no trabajan y que viven de las ayudas, y que esa situación hay que revertirla urgentemente. Y la distinguía de la de quienes han trabajado de lo lindo durante muchos años, integrados en nuestra sociedad y perfectamente respetuosos con nuestro ordenamiento jurídico: es justo y natural que esos trabajadores tengan la cobertura social que les corresponda.

Juanma Suárez contestó al sorprendido que la diferencia real es que ahora dejan que Abascal se explique. Antes, no. Ése es el cambio. Obsérvese esa mecánica maquiavélica, quizá inconsciente: no te dejo explicarte, tienes que subir la voz, te señalo porque gritas. Y encima, si por fin, gracias a tu resistencia y a la de tus votantes, puedes explicarte con mesura y con precisión, te afean los matices (cuya falta antes te afeaban) y los cambios de tono.

La evolución de Vox corre paralela a la parábola atribuida a Gandhi: «Primero te ignoran, después se ríen de ti, después te combaten, después vences». (En realidad, la frase tiene su antecedente en un discurso de 1918 del sindicalista norteamericano Nicholas Klein: también a Gandhi le atribuyen lo que no dijo.) Recordemos aquel banco solitario con un megáfono en Sevilla y sigamos la historia y su proyección.

Pero no nos quedemos en señalar la paradoja de la crítica y su propia trampa retórica. Hay algo más sustancial que subrayar: la versatilidad de Abascal. Aguantó enhiesto sobre el célebre banco sevillano, se sacudió las risas de las que habla la parábola, luego afrontó los ataques —unos de frente, otros por la espalda y otros por los flancos— y ahora encara quizá la prueba más difícil: la de la serenidad y la construcción.

A veces, cuando has tenido que levantar la voz para ser oído a medias y, de pronto, se callan y te escuchan, cuesta bastante acomodar la voz al nuevo escenario. Explicar lo que expresabas. Pasar del altavoz al portavoz. Mantener la fuerza de la convicción, pero añadiendo el matiz convincente. Pudo quedarse en un líder de aguante y resistencia; lo es también de propuesta y comprensión. La idea es la misma; el tono ha cambiado. Y eso no tiene por qué ser una rectificación.

Es un arte. Decía C. S. Lewis que el gran milagro de la caballería cristiana fue crear un tipo de hombre capaz de ser temible en la batalla y delicado en los salones; y no como término medio entre la fiereza y la mansedumbre, sino con ambas llevadas al extremo. Lo fácil es ser o fiero siempre o suave en todas partes, cuando no feroz con los débiles y melifluo con los fuertes. Ésas son las tres alternativas que ofrece la naturaleza. La civilización, con el influjo decisivo de las damas, forjó una aleación insuperable. No encerrarse en un modo, sino adaptarse a la acción por tierra, mar y aire. Ver lo que es oportuno en cada ocasión. Darle a cada reto su rito y su rato. Ése era el ideal de la caballería cristiana: defenderse de la barbarie sin hacerse bárbara.

Firmeza y finura. Y entonces, como no dijo exactamente Gandhi, ganas.

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