Todo acabó con el gol de Ferran
Todo acabó con el gol de Ferran
Por Carlos Flores Juberías
28 de julio de 2026

No he indagado lo suficiente como para saber si la cuestión se remonta a mucho atrás, o si por el contrario es un fenómeno reciente, hijo del actual momento político, pero el hecho palpable es que de un tiempo a esta parte la izquierda española se lleva francamente mal con la fiesta. Su inquina hacia los toros es manifiesta, su desprecio hacia el mundo fallero es —al menos en Valencia— archisabido; su necesidad de desnaturalizar la Navidad ha acabado convirtiéndola en poco más que unas rebajas de invierno con un trasfondo de abetos y trineos; su implicación en la Semana Santa solo ha sido posible tras la aplicación del socorrido filtro de que «una cosa es la Cultura y otra la Religión»; y en lo tocante a los cientos de vírgenes y santos que jalonan nuestro calendario festivo no hay regla más segura que la de que aunque nunca les encontrarás en la procesión, nunca faltarán a la verbena.

Así las cosas, no es de extrañar que la izquierda española afrontase el recién concluido Campeonato Mundial de Futbol con una indisimulada aprensión, a añadir a la que de natural domina su visión del deporte en general, y del más popular de todos en particular. Si de normal el fútbol era visto como una nueva modalidad de religión —y, en consecuencia, un nuevo «opio del pueblo», dominado por grandes intereses empresariales al servicio de pequeñas ambiciones locales—, un Campeonato del Mundo no podía constituir sino una autentica maldición: un espectáculo para masas incultas, un negocio para multinacionales sin escrúpulos, una oportunidad para la resurrección del chauvinismo y —de propina— un lavado de cara para la América de Trump.

Tocaba buscar un antídoto que neutralizara, o al menos redujera, las consecuencias del veneno. Y hacerlo cuanto antes: si en 2023 la torpeza del presidente de la Federación de Futbol en el acto de entrega de las medallas había tenido el providencial efecto de dar un tema del que hablar para no tenerlo que hacer de los triunfos deportivos de España, que la historia se repitiera en 2026 resultaba poco probable. Por fortuna, la solución vino de la mano de la (in)feliz idea de «La España de Lamime Yamal». Poblada de catalanes y vascos, con una llamativa ausencia de jugadores del odiado club merengue, y con dos hijos de inmigrantes en sus filas de propina, la selección nacional —ya para siempre «La Roja»— sería elevada por la izquierda española hasta los mismísimos altares de la progresía, y presentada como el ejemplo vivo de la España plurinacional, multinivel, descentralizada, periférica, mestiza y cuantas cosas más lleva el socialismo en su mochila.

Que ello exigiera obviar que esta no era, ni de lejos, la primera vez que la selección nacional alineaba a jugadores de color —sin esfuerzo me vienen a la memoria los nombres de Donato, Engonga o Senna— resultaba un detalle sólo al alcance de boomers como el que suscribe; que el énfasis en el papel de dos concretos jugadores ensombreciera el del resto, y en consecuencia obligara a soslayar valores tan queridos y discursos tan habituales en el socialismo (clásico) como los de la solidaridad, el trabajo en equipo, la ausencia de individualidades y la primacía del grupo, era una apreciación sólo al alcance de algunas mentes privilegiadas; pero que ello dependiera del efectivo rendimiento de la selección en general y de los demás jugadores en particular, ya constituía un problema de difícil encaje.

Y, en efecto, eso es lo que sucedió: conforme avanzamos en el campeonato y fuimos dejando atrás rivales, los nombres de Simón, Oyarzábal o Merino fueron gradualmente eclipsando a los de Yamal y Williams, menos acertados en el campo. Aunque no fue hasta que en el minuto 106 de la prórroga en la finalísima de Nueva York un valenciano de Foios llamado Ferran Torres metiera el gol de la victoria cuando el castillo de naipes de «la España de Lamine Yamal» se vino por tierra, dejando que en su lugar aflorara a la superficie «la España de siempre».

Cayeron por tierra las razones para tener una selección autonómica catalana o vasca —empeño absurdo incluso para el más acérrimo vasquista, desde el momento en que vascos habían sido, solo que vistiendo la camiseta de España, el mejor portero del Mundial y el delantero mas efectivo de la selección—; se desbordaron los relatos lacrimógenos de padres cruzando el desierto e infancias marcadas por el racismo —para dura, la trayectoria vital de hijos de la clase trabajadora española como el extremeño Porro—; y revivió la tradicional alianza entre la pasión por el futbol y el orgullo nacional, especialmente entre la gente más joven, y de manera muy llamativa en territorio catalán. Y ello hasta el extremo que pocos o ningún político de izquierdas se atrevió siquiera a resistir a esta marea de entusiasmo, que incluso arrastró —otra cosa será lo que suceda el día de mañana— a no pocos lideres nacionalistas, prudentemente inclinados a ponerse a favor del viento.

Todo acabó con el gol de Ferran.

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