Torrente el tirano
Torrente el tirano
Por Carlos Esteban
21 de mayo de 2026

Henry Nowak, un estudiante de Contabilidad de la Universidad de Southampton de 18 años, ha muerto como los progres pretenden que murió George Floyd, multiplicado. Nowak se topó con un sij que le acuchilló cuatro veces. Al acudir la policía, el agresor, todavía blandiendo el puñal ensangrentado, dijo que Henry era un borracho racista que le había atacado. Así que, claro, los policías procedieron a esposar al agredido mientras susurraba que no podía respirar. Al tirar de sus brazos hacia atrás para esposarle le abrieron la herida en el pulmón y murió.

Prioridad nacional… Me daba con un canto en los dientes si sencillamente acabáramos con la prioridad extranjera.

Los historiadores calculan que Genghis Khan, que hacía montañas con las calaveras de sus enemigos, fue responsable de la muerte de uno de cada diez habitantes del planeta, y Calígula se lamentaba de que el pueblo romano no tuviera un solo cuello para poder cortarlo. Vivir bajo uno de estos monstruos no debía de ser especialmente agradable, pero al menos su tiranía no era humillante.

La grandiosidad del tirano no le redime, pero sí hace más fácil compadecer a sus súbditos. E incluso para sus mismos compatriotas debía ser de algún consuelo estar sometidos a algo tan grande, a una personalidad tan fuerte y de miras tan inabarcables.

De modo inverso, nosotros sufrimos la vergüenza junto a la tiranía. Nuestros gobernantes nos están sustituyendo, mostrando su clara predilección por el de fuera sobre sus compatriotas, nos arruinan y nos controlan, pero todo ello lo hacen como quien rellena un formulario antes de la hora del café.

No son malvados Dr No acariciando su gato de Angora, sino Rinconete y Cortadillo contando cuartos en el patio de una taberna.

Quienes hayan decidido lo que nos toca han encargado la comisión del crimen a los personajes más zafios y mediocres, para que nuestra humillación sea absoluta. No bregamos para que puedan construir la Ciudad Prohibida, sino para que Ábalos, un personaje de Santiago Segura, coloque a su pilingui a costa del presupuesto.

Cuando se les contempla a todos ellos sin la intermediación del analista político, uno ve solo a un pícaro sin muchas letras y ningún escrúpulo de los que se meten canapés en el bolsillo en los cocteles, que van directos a forrarse, no para procurarse excentricidades magníficas a los Howard Hughes, sino para satisfacer impulsos animales y plebeyos, la Jenny y vacaciones en el Caribe. Nos tiraniza Torrente.

Luego llega, sí, el periodista, que de algo tiene que vivir el hombre, y rellena el muñeco dando nombre a lo que no lo merece, como esa solemne estupidez del «sanchismo». ¿Qué luminosas intuiciones aporta esa novísima facción política? ¿En qué consiste, en qué se diferencia del vulgar «a lo que estamos, María»? ¿Por qué ennoblecer con una etiqueta al aferrarse al poder de toda la vida? No es ya la banalidad del mal de Arendt: es su cutrez.

Nuestros políticos son como el Chauncey Gardiner de «Bienvenido Mr. Chance», en cuyas vulgaridades queremos leer, sino genialidades, al menos retorcidas estrategias ideológicas. No hay tal. Eso puede haberlo, lo hay sin duda, en quienes deciden que estén donde están, pero en los políticos solo hay esa repulsiva mezcla de docilidad y voracidad.

En Un hombre para la eternidad, Tomás Moro le reprocha a Richard Rich que sea capaz de cometer perjurio para lograr el puesto de Procurador General de Gales con estas palabras: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma…? ¡Pero por Gales, Richard!».

Los nuestros ni siquiera por Gales. Esta relea infame accede a destruir un país con más de cinco siglos —y 5.000 años de continuidad genética— por una mina de oro o una cuenta corriente abultada, tampoco una cosa loca.

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