Barbara Bas, la ministra de Trabajo y Asuntos Sociales del Gobierno alemán acaba de proclamar que Alemania necesita muchos más inmigrantes, millones de ellos, para que con su pluralidad disuelvan la “uniformidad parda” de la sociedad alemana. Sí, la ministra dijo «parda» en inequívoca identificación de lo genuino alemán, de la nación alemana, con el color que identificaba al nacionalsocialismo. Dicho de otra forma, hay que traer a millones de africanos y asiáticos para hacerlos alemanes y sustituir con ellos a quienes dejaron de votar a la izquierda y a quienes se van.
Porque el bipartidismo no parece sufrir nada con el hecho de que alemanes nativos cualificados huyan de su patria, a la que ya no reconocen y en la que apenas tienen oportunidades profesionales y cuando las tienen son aplastados fiscalmente para financiar la invasión de inmigrantes que Barbara Bas desea, promueve y promueve. Estas declaraciones de la ministra del SPD no son la primera demostración de odio contra su propia nación en el bipartidismo y la izquierda alemana, que hoy son lo mismo. Sólo hay que recordar a Angela Merkel retirando con desprecio la bandera alemana de una celebración electoral.
Pero sí es la primera vez que un miembro del gobierno alemán de CDU (aliado del Partido Popular) y SPD (aliado del PSOE) expone sin tapujos que la política de sustitución no sólo existe sino es una política deseada, acordada y ejecutada por su gobierno que ya ha regalado más pasaportes alemanes a inmigrantes en un año que ningún gobierno anterior. Barbara Bas, representante de un SPD cada vez más radicalizado y cada vez más pequeño reconoce lo que denuncian cada vez más alemanes, que la política de sustitución de la población, lejos de ser una teoría de la conspiración es parte del eje programático de gobierno en Alemania.
Se trata de lograr que Alemania sea cada vez menos Alemania y los alemanes menos alemanes y más individuos originarios del Tercer Mundo sin relación alguna con la cultura alemana ni la civilización occidental.
Aquí vemos fácilmente como el patrón es prácticamente el mismo que el del criminal gobierno de Pedro Sánchez en España que fomenta con todas sus fuerzas esta invasión, promueve el efecto llamada y tiene como objetivo estratégico el cambio total del censo de la nación española con la ley de nietos y las regulaciones como paso a las nacionalizaciones exprés. Aquí habíamos escuchado lo de «sustituir a los fachas españoles por inmigrantes» de boca de la comunista de lujo Irene Montero. Pero no es lo mismo un exabrupto de una demagoga de un partido ya inexistente en España que la proclamación de una ministra de la mayor potencia económica europea, ministra en un gobierno de un canciller de la CDU a quien llevaron a una mayoría que ya no tiene los alemanes que querían romper con el socialismo. Y fueron tan ilusos que aun votaron a la CDU para hacerlo. Así la CDU ha hecho un gobierno que lleva haciendo socialismo fracasado con el SPD desde hace un año. Y su aliado natural, al que votarán ya la mayoría de sus viejos votantes, la AfD, se dispara y ya le saca nueve puntos al partido del canciller.
La sustitución poblacional parte sobre todo del reconocimiento de que el sistema político del bipartidismo se ha degradado a niveles tales de fracaso y estafa que solo puede ya convencer a individuos en absoluto desconocimiento de su funcionamiento y sus consecuencias.
Tanto en Alemania como en España la masiva invasión de inmigración ilegal musulmana es vista por la izquierda —no sólo por ella, porque Merkel siempre ha actuado aun sin reconocerlo en el espíritu de la declaración de Barbara Bas— como una ayuda añadida a la destrucción de la sociedad nacional, tradicional, articulada y más o menos culta e informada que hoy es el enemigo de aquellos que quieren perpetuar el sistema fracasado de la socialdemocracia. En Alemania lo son hoy todos los partidos menos la Alternativa por Alemania (AfD) a la que todos ellos descalifican de «extrema derecha». Lo cierto es que AfD es el único partido en Alemania que defiende y cree en un futuro de la nación alemana con su identidad, sus tradiciones, su comunión histórica, su cultura y su papel en pasado, presente y futuro de la civilización occidental.
La ministra socialista, de trayectoria profesional secretaria de administración de unos transportes públicos locales en Duisburg y después funcionaria del SPD, es un peso pesado en el gobierno bipartidista del canciller Friedrich Merz de la CDU, ese gobierno que acaba de cumplir un año y ya agoniza. Tras constatarse que el canciller no cumpliría ni una de sus promesas y que hace todo lo contrario en una inaudita demostración de debilidad, cobardía y sumisión a los socialistas del SPD a los que prácticamente dobló en las elecciones. Así las cosas, se hunden tanto CDU y SPD cada vez más, el canciller tiene un índice de aprobación del 14% y colapsa la economía con una sangría de perdida de puestos de trabajo sin precedentes, medio millón en tres meses.
Además, el gobierno de la ministra Bas ve cómo el partido Alternativa por Alemania (AfD) ha crecido trece puntos en un año mientras la CDU ha perdido doce y su partido el SPD ha perdido seis. Las declaraciones de Barbara Bas pidiendo mucha más inmigración para diluir a la nación alemana a la que acusa de tendencias criminales («uniformidad parda») muestran total desprecio a los colosales problemas que sufren los alemanes por culpa de la inmigración sin control en Alemania que provocó Angela Merkel.
Pero lo que es más significativo aun de estas declaraciones en favor de la sustitución de población, deja claro que su partido, el SPD convertido en la izquierda radicalizada alemana, renuncia a recuperar a la clase trabajadora y media baja que tantas veces la llevó al poder. Y lo que es más grave, en un fenómeno que ya se presenta en indicios en España, se apresta a combatir a la población nativa alejada de sus postulados con ejércitos reclutados en países de culturas hostiles a la civilización occidental para disputar y negar el poder a quienes en condiciones normales y legales, sin intervención masiva de inmigrantes extranjeros, se lo arrebatarían democráticamente muy pronto en su Alemania.
Las elites dirigentes del ya definitivamente fracasado sistema socialdemócrata —pasa en toda Europa continental y en el Reino Unido de forma escandalosa— no sólo fomentan el tráfico de mano de obra esclava y el inmenso negocio que ya supone la industria de la inmigración como eficaz forma de extraer recursos del erario para beneficiarios políticos y particulares. También contratan así simultáneamente a los colectivos que los defenderán, violentamente si es necesario, de la población de las naciones europeas cada vez más consciente de que se aproxima una lucha sin cuartel por su identidad, su seguridad y su propia existencia.