El Parlamento Europeo ha votado que una «mujer trans» es una mujer, que es como cuando en el Ateneo se votó la existencia de Dios en 1936 (el Sumo Hacedor perdió por un voto), sólo que con la capacidad de mandar a los guardias para imponer sus delirios.
Y es sorprendente que la noticia no haya copado todas las portadas y abierto todos los diarios, porque es la señal definitiva de que nuestros gobernantes han perdido definitivamente suelo y han superado en su afán totalitario a los déspotas más tiránicos de la Historia. Ningún otro régimen se ha atrevido a contradecir la biología más elemental de manera tan explícita, obligando a millones de personas a mentir por ley.
Significa que la muerte de lo woke, certificada más por la esperanza que por la experiencia, ha resultado ser una fake news, y que la advertencia de Estados Unidos en dos tiempos —Vance como poli malo, Rubio como poli bueno— haya caído en oídos sordos.
Tengo dicho que la izquierda —y, por extensión, el progresismo— no es una rebelión contra un modelo político o social, sino contra la realidad. Es el genuino Triunfo de la Voluntad, cuando el legislador no lo que es equivocado o inmoral, sino lo que es imposible. Bruselas tiene tanta capacidad de convertir a un hombre en una mujer que de convertirle en un sapo. Pero sí puede el legislador forzar al pueblo a afirmar lo que sabe falso y a actuar como si fuera verdadero. El resultado, a la larga, es mucho más alarmante que las trapacerías de Sánchez o el hundimiento de la economía.
Que el poder se arrogue la capacidad de determinar qué es verdad y qué no en la Historia, como hacen las leyes de memoria, es ya bastante grave; que quiera crearla por decreto, que pretenda determinarla mediante derecho positivo, es fatal. Por ahí solo se va a la locura colectiva.
Porque cuando el Poder ha comprometido su legitimidad a un imposible, tendrá luego que forzar continuamente las circunstancias para que se dé el resultado previsto. Así, si se decreta que hombres y mujeres son idénticos en actitudes y aptitudes, en preferencias y capacidades, los resultados de sus decisiones tendrán que ser, si no idénticos, sí muy similares. Y cuando no se da el resultado, hay que inventar fantasmas como el «machismo residual» y combatirlo con cuotas para que las cuentas cuadren.
Estamos viendo algo muy parecido al fenómeno trans con el asunto de las regularizaciones masivas ordenadas por Sánchez con una frivolidad maligna. Ser español se convierte en algo puramente nominal aunque no conozcas prácticamente nada del país, aunque vengas de una cultura muy alejada en todos los sentidos y que mantienes intacta, aunque conserves tus lealtades tribales anteriores, aunque confieses que tu verdadera nacionalidad es otra en incontables vídeos de TikTok y te rías de la ingenuidad de las autoridades españolas. Eres tan español como Abascal, aunque seas un «transespañol».
Las generaciones más jóvenes, las que nacieron cuando este juego estaba ya en marcha, las que tienen todas las razones del mundo para concluir que les han robado el país y les están robando el futuro, observan y reaccionan. Quizá no sepan lo que quieren aún, pero ya empiezan a tener muy claro lo que no quieren.
Han nacido con demasiadas culpas heredades, conocen los riesgos de la cancelación y las etiquetas que cuelgan como sambenitos sobre los hombros de los disidentes. Pero tienen poco que perder.