«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Trump, Iglesias y la teoría del desprecio causal

11 de octubre de 2016

El mundo ha cambiado, como lleva haciendo desde que se formó, geografía variable, civilizaciones que dominan millones de kilómetros y que desaparecen en una noche, evolución de la especie, selección natural, vida y muerte, ensayo y error. Lo “políticamente correcto” está muerto si no evoluciona hacia lo “naturalmente sensato”.

El clima cambia, el curso de los ríos cambia, la vida se adapta a lo que la naturaleza le depara, pero aún hay líderes que piensan que su éxito está en no cambiar, en no adaptarse, en no evolucionar. Políticos que siguen los viejos preceptos del siglo XIX, esa cosa tan antigua de tratar al personal como seres de una raza inferior, como impúberes que no pueden entender la profundidad de cualquier mensaje. Así el empresario trataba al cliente como un analfabeto que no sabía lo que quería, el político trataba al votante como un inculto que no podía seguir su discurso y el famoso trataba a su publico como una raza inferior que anhelaba desarrollarse y llegar a ser lo que su ídolo.

Lo que yo denomino “la teoría del desprecio causal” está basado en esa actitud de desprecio fingido por parte de quien considera que si se pone a la misma altura que sus seguidores, dejará de ostentar ese poder sobre ellos. Así el escritor en la presentación de su libro a penas dedica unas palabras a su entregado publico o a los periodistas que allí se reúnen para tomar nota de sus palabras y elaborar la noticia. Esto ha generado que cuanto menos hablen y más bordes se muestren, mejor aceptación tendrán en la prensa y mayor impacto generarán sus presentaciones. A ciertos personajes les funciona esta teoría, famosos de pelea de mesa camilla, deportistas de permanente agresividad gestual y políticos de grandilocuencias y grandes perogrulladas. El tonto funciona si no se baja del pedestal y se rodea de tontos que le alejen de la realidad. 

Trump e Iglesias han huido de lo “políticamente correcto” y se han refugiado en lo “natural”. Han pasado de decir lo que había que decir, para decir lo que realmente piensan y lo que se les pasa por la cabeza. Eso no quiere decir que no lo estudien, que no hagan estrategias. Por supuesto que contratan a los mejores en marketing político, pero justamente por eso, por que un experto en marketing político lo primero que diría es “explota tus virtudes y veremos como ocultar tus defectos”. Pablo y Donald ocultan sus defectos mejor que nadie, salvo que algo les desconcierte (cosa rara) se mantienen como cualquiera que les esté escuchando, naturales y empatizando con el trabajador cansado, el pensionista preocupado y el joven luchador. Los que atienden a sus mensajes ven a uno de los suyos y lo premian porque lo ponen en contraposición a los que están ahí arriba y les engañan. ¿Apoyaría el pueblo a estos cantamañanas si tuvieran en frente a verdaderos líderes comprometidos y cuya preparación deslumbra?, no creo.

¿Por qué funcionan los “realities”? precisamente por eso, porque muestran al garrulo como un garrulo y al gentleman como un gentleman. Los realities funcionan porque venden autenticidad, por mucho que un personaje quiera parecerse más a lo que ha soñado, al final sale su verdadero yo y triunfa o se hunde. Da igual que sea en una casa donde ninis corretean en calcetines y luchan por meterse debajo de la sábana de la vecina o en un escenario de futuras estrellas del rock. Lo mismo ocurre en la política, están triunfando los políticos cercanos, reales, humanos, los que se equivocan y piden perdón, incluso triunfan los que se equivocan y se enfurruñan, como cualquier ser humano cuyo ego no cabe en el salón. El ciudadano está harto de comprar muñecos de plástico y drones programados, volvemos a lo ecológico, a lo natural, por eso triunfan los políticos sinceros y sin máscaras.

De la misma forma que pagamos más por un tomate sin pesticidas, votamos más a quien nos miente menos. Pero no en las promesas electorales ¡ojo! porque eso todavía es una asignatura pendiente de la sociedad. Me refiero a las mentiras en su personalidad, en lo que de verdad piensan. Cada vez se perdona menos al falso, el ecologista que es pillado invirtiendo en compañías que contaminan, el pacifista que bombardea con la alegría del que juega a la Play o el liberal que nunca en su vida ha trabajado en la empresa privada. Se castiga sin piedad al que se vende como defensor de la mujer y luego canta “chúpame la minga, Dominga, que vengo de

Francia” y también al que se publicita como un gran gestor y luego le pillan puliéndose una tarjeta black mientras su empresa se desangra financieramente.

La política ha evolucionado porque los que ponemos la papeleta en la urna hemos evolucionado, por eso es necesario entender que pide la sociedad, que exige el votante si se quiere conseguir un mínimo de representatividad. Lo contrario son meros apoyos coyunturales o circunstancias de extrema gravedad que provocan el cierre de filas y apoyar al menos malo.

Pablo Iglesias y Donald Trump encarnan al político del momento, al que se lanza al ruedo con lo que piensa. Es obvio que usan la demagogia para enardecer a sus masas y para acaparar titulares de prensa, pero en el fondo, no engañan. El que vote a Pablo Iglesias y se alarme de que apoye a Otegui es alguien que no ha leído nada en los últimos 4 años. El que vote a Donald Trump y se alarme porque dice que va a patear el culo de los musulmanes que no respeten la Constitución de EEUU es que no ha puesto la televisión en muchos meses. 

Por eso a Iglesias no le pasa factura un vídeo de hace años en el que se mofa de España en una Herrikotaberna, ni a Trump le pasará factura un vídeo donde se expresa como un machista decimonónico. Habrá ruido, algunos “propios” le dirán que es intolerable y que debe dimitir, pero el votante seguirá apoyando al que ya considera “uno de los suyos”. Porque una vez que entras en la pandilla, es difícil que te saquen. Iglesias tiene su pandi, Trump la suya, la pregunta es ¿en estos tiempos de rebeldía, cuánto resistirán los que no fomentan liderazgos basados en el carisma y la naturalidad?.

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