«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Un amigo del PSOE

15 de octubre de 2024

Desde mi corta trayectoria como columnista de opinión leo con cierta envidia a algunos de los cronistas del periodo transicional. Les asistía, al menos, el beneficio de la duda y la expectación ante lo que estaba por venir. Políticamente, España iba a rebufo de Italia y de otras democracias europeas consolidadas. Con todo, para los plumillas más avispados la primavera de libertades y el carajal autonómico no tardaron en enseñar la patita.

Encuentro de interés articulístico la desfachatez de nuestra actual clase rectora pero soy bastante reacia a rubricar sobre el espectáculo nuestro de cada día. Los más asiduos a esta columna habrán reparado en mi escasa inclinación hacia el menudeo de la política patria de partidos, siendo yo una Régimen del 78 baby en toda regla. El motivo es que creo que el verdadero partido —valga la redundancia— se juega en otra pista. Encabronarse con el «sanchismo» es natural (y absolutamente estéril, excepto para el relumbrón del arribafirmante). Atender, o escribir hiperventilando, sobre el vodevil que el sistema tiene a bien servirnos para alimentar a sus consumidores diana (esto es, lectores-comentaristas de diarios digitales, radioyentes losantianos o amas de casa con predilección por las tertulias políticas televisivas) nos distrae de lo que se cuece para nosotros. Dicho esto, confieso que unas buenas declaraciones de Borja Sémper siempre son tentadoras cuando se trata de emborronar unos folios.

No sé decirles en qué momento exacto de nuestra historia reciente empezó todo a oler a chamusquina. Como les contaba, tuve asignaturas civilizatorias en el colegio —con ejemplar de la Constitución incluido, cuyo plastiquillo nunca desprecinté—, y fui pijita, con permiso de Raquel Peláez, de pendientes de perlas y mitin de Rita en Mestalla. Para muchos la pérdida de la inocencia llegó con el bolso de Soraya en el escaño de Rajoy; para servidora, en ese momento hacía ya tiempo que el pescado estaba vendido.

Desgraciadamente, la alternativa sistémica al actual gobierno no cambiaría, en un oxímoron lúgubre, el rumbo de nuestra deriva. Sin embargo, no es menos cierto que botar a Pedro Sánchez empieza a ser una cuestión estética. Se habla normalmente del suelo de un 30% de votantes que el partido en el poder ha ido consolidando, bien como funcionariado, bien por la vía del clientelismo. El problema no es sólo ese. Mientras que cierta derecha ha sido capaz de comprender y madurar —y expiar sus pecadillos de juventud— el socialismo cuenta con un nicho recalcitrante.

Verán, tengo un amigo del PSOE. No cumple ninguna de las premisas recién mencionadas. Es ingeniero superior —lo recalco como lo haría una madre— y trabaja en una multinacional. Tiene vivienda en propiedad y se acaba de «meter» en una segunda residencia. Viaja mucho por placer, consume los últimos modelos en tecnología y cuenta con un seguro privado de salud. El pijismo ha cambiado de bando (de nuevo, con permiso de Raquel Peláez, que no parece ser consciente de ello). Reenvía por WhatsApp los momentos estelares de Broncano. Se encuentra cómodo  con las políticas progresistas del gobierno y sus «históricos» son Rubalcaba o Ángel Gabilondo. «Lo de ahora» lo toleran. El socialismo le viene de familia. Asisten con su pequeño, vestido de rojo bautismal, a cualquier acto del partido en el que pueda recibir la bendición apostólica de Zapatero. En la década larga que llevamos siendo amigos hemos discutido mucho de política, claro está. Un día, ante una fechoría cualquiera de los socialistas, le pregunté dónde estaba su límite. Cuál sería su bandera roja, su punto de no retorno. Me contestó que suponía que «Cataluña». Los dos sabíamos que no era así.

Entenderán que no le haya planteado nada sobre los contratos millonarios del Servicio Balear de Salud con la empresa de Koldo durante la pandemia, bajo la mirada complacida de Francina Armengol. Ni por el rescate de Air Europa tras la travesurilla de Begoña Gómez y su cita secreta con Javier Hidalgo. Tampoco hemos comentado los pagos de la red del caso Koldo a un comandante de la Guardia Civil en concepto de teléfonos móviles protegidos. Ni la negociación de Aldama —otro asiduo a las quedadas con Gómez— con Delcy Rodriguez por lingotes de oro por valor de más de 68 millones de dólares. Nada he dicho acerca de la nueva versión de Sánchez sobre la actuación diligente del Gobierno en cuanto «se dieron cuenta» de que la vicepresidenta de Maduro tenía prohibida  la entrada en territorio europeo.

Para qué.   

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