Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cinco libros de poesía, el último es Mal que bien (2019), tres dietarios (el más reciente, Un largo etcétera, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, Un paso atrás, 2012), un libro de aforismos, Palomas y serpientes (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, Alguien distinto (2005). Tiene en prensa El burro flautista y No news, good news, nuevas colecciones de columnas periodísticas; El vaso medio lleno, de aforismos; y Contentamiento de haber nacido, cuarta entrega de su diario. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el Tomás Moro, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía”.
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Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cinco libros de poesía, el último es Mal que bien (2019), tres dietarios (el más reciente, Un largo etcétera, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, Un paso atrás, 2012), un libro de aforismos, Palomas y serpientes (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, Alguien distinto (2005). Tiene en prensa El burro flautista y No news, good news, nuevas colecciones de columnas periodísticas; El vaso medio lleno, de aforismos; y Contentamiento de haber nacido, cuarta entrega de su diario. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el Tomás Moro, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía”.

Un artículo de compromiso

Algunos amigos se turnan para aconsejarme por mi bien y el de mi literatura que no me comprometa tanto políticamente. Lo repiten con una constancia que dice mucho de su cariño, su perseverancia y demás virtudes humanas. Yo lo agradezco de corazón y paso a exponer sin solución de continuidad mis siete motivos.

Se escribe con la mano, pero sobre todo con la cabeza y el espíritu, con lo que uno es. El que empieza a esconder sus ideas, acaba por no encontrarlas cuando las necesita

El primero es ontológico. Se escribe con la mano, pero sobre todo con la cabeza y el espíritu, con lo que uno es. El que empieza a esconder sus ideas, acaba por no encontrarlas cuando las necesita. Y en un trabajo intelectual, que se hace con ideas, terminaría quedándome sin nada que decir; o reescribiendo las de otro, que es peor; o limitándome, en el mejor de los casos, a escribir de pájaros y flores, que no está nada mal para alguien que ama tanto los haikus, pero lo japonés no quita lo candente.

El segundo motivo es de justicia conmutativa. Jamás he dejado de valorar lo mejor de la obra de un poeta, un pensador, un cineasta o un artista porque defendiese ideas políticas que me pareciesen equivocadas o, directamente, abominables. No creo que sea mucho pedir que me juzguen como juzgo. Y aún diría más: el juicio de los que no están dispuestos a reconocer una obra si no es de un camarada no vale un pimiento (por decirlo fino) como crítica. Verdad que con el tiempo todos terminan reconociendo la valía de los escritores conservadores, como Homero, Dante, Shakespeare o Bécquer; pero los mejores lo hacen antes.

Me interesa la política en cuanto que defiende el mundo de valores cristianos y occidentales que hacen posible la existencia de la literatura y el arte como compromiso moral y amor al mundo

Para los que no son mejores, también hay —si vamos a ser sinceros— un tercer motivo de puro cálculo. Contra lo que piensan algunos ingenuos del camuflaje, ésos jamás te van a hacer caso por mucho que te contorsiones, contemporices y les hagas la rosca. Te castigarán con la indiferencia o con una condescendencia desdeñosa y las propinas consiguientes. Entre eso, y que se solivianten un poquito, mi elección está clara. El que lleva tres siglos ininterrumpidos practicando la gracia de epatar al burgués, tiene estas opciones o sonreír cuando las tornas se vuelven y se epata un poco al progre o fastidiarse.

El cuarto motivo es más serio y es, en principio, político, aunque vira, a estas alturas, a la antropología. La democracia requiere una verdadera pluralidad, que se está agotando. Controlar la libertad de expresión, dictar las tablas de la ley del pensamiento posible y limitar las opciones políticas según los propios prejuicios equivale a socavar los cimientos de la convivencia. Entonces, si todos los que mantenemos unos principios proscritos hacemos mutis por el foro, dejamos solos a los más valientes. Resultando más fácil tratar cada vez más como apestados a los cada vez menos que se atrevan a sostenerlas. Como explicó René Girard, hay que temer a las unanimidades más que a la vara verde, porque suelen ser los pasos iniciales de un rito sacrificial. La demonización constante de Trump ha sido un requisito previo para justificar cualquier medio para quitarlo de en medio, como está explicándonos Marcial Cuquerella. No debemos permitir que el debate político degenere en la denigración brutal de nadie; pero menos, si cabe, por la cuenta que nos trae, de los que sostienen nuestra cosmovisión. El aislamiento en política es muy peligroso. Hay un deber moral de desactivar los cinturones sanitarios. Son explosivos, como bien saben los que los colocan.

Por último, hay un quinto motivo cultural. La política y la cultura no son compartimentos estancos. De hecho, me interesa la política en cuanto que defiende el mundo de valores cristianos y occidentales que hacen posible la existencia de la literatura y el arte como compromiso moral y amor al mundo. El premio nobel T. S. Eliot lo explicó de maravilla en sus imprescindibles ensayos políticos. De manera que mi pequeño compromiso es por una causa mucho más grande que las próximas elecciones. Se trata de salvar las referencias y los referentes. De defender el sentido.

En sexto lugar, la urgencia. Cuando se desata un incendio, no sólo los bomberos acuden con cubos de agua. 

Quedaría mucho más gallardo no echar cuenta de las advertencias de nadie; pero me las hacen con tanto cariño que merecen una explicación. Quedaría mucho más gracioso, sin duda, contestar con una chulería. Me temo que habiendo entrado tanto en minuciosas explicaciones, la estética del poeta comprometido quede seriamente comprometida. Pero esa es una estética que tampoco me entusiasma, y a la que renuncio encantado para intentar arrojar un poco de luz a este asunto y animar a todos (sí, a todos, incluso a los contrarios) a defender sus ideas a capa y espada contra viento y marea. Porque además (séptimo motivo) es mucho más divertido.

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