Un candidato para una España que ya no existe
Un candidato para una España que ya no existe
Por Carlos Esteban
25 de junio de 2026

Mi país ideal es una España en la que Núñez Feijoo pudiera tener un mandato, e incluso dos, sin demasiado descalabro. No creo que el hombre tenga club de fans, como no creo que nadie vaya a ofenderse en serio si digo que no despierta entusiasmos enfervorecidos. Y eso es lo que más podría desear: un país que pueda ser gobernado por alguien que no suscite adhesiones inquebrantables, una cosa como muy suiza. ¿Quién es el presidente de la Confederación Helvética? Ni los suizos lo saben, ni falta que hace.

Feijoo, en cuyo rostro parecen más presentes las gafas que cuando las llevaba, como en un síndrome del miembro fantasma que sólo afectara a los demás, sería casi ideal para gestionar un mandato en una democracia que funcionara como se supone que debe, como estaba diseñada para funcionar.

Lo estupendo de las democracias era, en el sueño de sus precursores, que constituía no tanto un régimen en el que manda el tipo que elige la mayoría como un sistema gobernado, en última instancia, por leyes, y donde alguien que ocupa el cargo durante un mandato no debería poder romper demasiadas cosas.

Para eso existen la división de poderes, los contrapesos, la Constitución, las garantías y los mandatos limitados. Las urnas no están pensadas para un pueblo que se apunta a unas siglas como quien se hace socio de la Real Sociedad, sino para que el personal haga una especie de juicio de residencia al que ha estado gobernando y, solo por los resultados, decida si dejarlo un mandato más o probar con otro. Esa era, vagamente, la idea original. La política debía parecerse más a la gestión de una comunidad de vecinos que a una partida de póquer en la que cada cuatro años se apuesta la casa. Si uno vota con la sensación de que se juega la supervivencia de la nación, es que algo muy serio ha dejado de funcionar antes de llegar a la urna.

Pero esto es España, el reino de los compromisos vitalicios y las lealtades más allá de la muerte. Que alguien diga «siempre votaré al PSOE» o «ni me planteo dejar de votar al PP» deslegitima completamente el sistema a mis ojos. Porque es exactamente lo contrario de lo que se pretende, lo opuesto. La idea es que ellos no importan, que no deberían importar.

Ese es el único escenario en el que un mandato de Feijoo me parecería estupendo. Tiene esa encantadora virtud, tan conmovedoramente democrática, de que nadie se imagina un culto a la personalidad montado a su alrededor. No hay humorista que lo plantee, siquiera.

El problema es que Feijoo no parece darse cuenta, no ya de que esa democracia no ha existido nunca, sino tampoco de que la que sí existía, más o menos, ese tenis de mesa entre el PSOE y el PP, entre una izquierda vagamente civilizada y una derecha claramente socialdemócrata, también la dejamos atrás hace ya años; concretamente, el día en que se volaron unos trenes en Madrid.

De Feijoo no puede decirse, ni como broma demagógica, que sea un nostálgico de regímenes anteriores. Es algo peor: alguien que vive, realmente vive, en tiempos mucho más recientes pero igualmente pasados para nunca volver. Todo su juego es ese, no conoce otro, no conoce las nuevas reglas. Espera encontrar la corona en un arbusto como la encontraron Aznar y Rajoy.

Y esta confusión permanente debería convertir nuestro panorama político en una comedia de enredo con grandes posibilidades, estropeada sólo por la insuperable sosería del actor secundario. Feijoo sería un presidente aceptable para un país que ya no existe, y eso es muy triste. Alguien debería decirle al oído que lo de ahora no se juega igual, que ahora hay otras reglas, que ya no va de lo mismo.  

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