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Sevilla, 1986. Periodista. Ahora en el Congreso.
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Un cuento de Navidad: rider

24 de diciembre de 2023

El viento azota sin piedad el rostro de José Gregorio, que se pregunta por qué diablos habrá pulsado «aceptar» la notificación del último pedido de la noche. «Estúpida aplicación», dice para sí, dentro del pasamontañas bajo el que se resguarda del frío. Otra cosa es el viento, que le arranca las lágrimas y rasga su cara como un cuchillo recién afilado.

Pedalea con rabia porque le toca remontar los cuatro kilómetros de Bravo Murillo. Acaba de recoger un pedido en el McDonal’s de Cuatro Caminos que debe entregar casi en la plaza de Castilla. A eso en el gremio se le llama un completo. ¿Cómo es posible que le envíen tan lejos? La aplicación no para de fallar, mas no la de Spotify, que le proporciona bachatas de Romeo Santos que retumban a todo trapo en sus cascos, pero ni por esas entra en calor. Cuando llegue a casa —se repite— que no se me olvide recordarle a mi hermana aquello de que en Madrid hace más calor que en Venezuela.

España no está siendo el sueño que le habían dicho su hermana —única familia aquí— y los amigos que escaparon de Caracas antes que él. Pero qué narices, la última vez que habló con su madre le contó lo bien que le va en la clínica y que, de seguir así, quién sabe si el año que viene abre la suya propia. Todo muy creíble, si hasta se ha comprado una bata, mascarilla y los utensilios de dentista con los que a veces se adorna para hacer las videollamadas con mamá, que tanto invirtió en su educación.

-Qué orgullosa estoy de ti, Goyo, le dice ella cuando le ve en la pantalla del celular al otro lado del charco.

En otra vida José Gregorio se licenció en odontología en la Universidad Central de Venezuela y todavía espera a que le convaliden el título para ejercer en España. Nada de eso ocurrirá si no hace más plata, que aquí le exigen dos cursos más y con lo que gana de rider, de momento, no le da para matricularse mientras siga enviando dinero a casa todos los meses. Los hay, como diciembre, que llega a 1.700 euros gracias a las propinas, pero lo habitual es engrosar las filas del batallón de mileuristas que, con o sin licenciatura, campa por España.

La otra mitad del sueldo se le va en el alquiler del piso que comparte con su hermana y el imbécil del novio, un dominicano sin oficio conocido salvo el de beberse sus cervezas y desaparecer sin dar explicaciones. Su hermana, la bellísima María Alejandra, hace lo que puede como niñera a media jornada en un ático de Paseo de la Habana. Por supuesto, le pagan en B, como a las otras dos chicas más del servicio. Empleadas del hogar, les llaman ahora. Cada vez que traspasa la puerta de la casa de los señores es el calorcito de la calefacción más que los 240 metros cuadrados distribuidos en dos plantas lo que le recuerda la diferencia abismal con su piso, un tercero sin ascensor encima de un taller en la calle Lérida, en pleno barrio de Tetuán.

-Las cosas mejorarán —dice siempre José Gregorio— en cuanto me ponga a sacar muelas.

Para eso aún falta. José Gregorio pedalea contra el tiempo y un destino que se resiste a aceptar. Son las nueve de la noche y apenas queda bullicio en la calle, algo que agradece. Circula en solitario a veces superado por algún taxi o ambulancia, que todavía es capaz de oír a pesar de las bachatas, y con esa extraña sensación de ir a contracorriente del resto del mundo civilizado, a esa hora reunido para cenar. Levanta la cabeza y advierte que todas las casas están encendidas e intuye un bullicio alegre en cada salón mientras que él, como el niño de Solo en casa, deambula por la ciudad. La Navidad fuera de casa, para qué nos vamos a engañar, es tristísima.

A todo esto, ¿quién diablos pide una hamburguesa en Nochebuena? Incomprensible, si en Bravo Murillo tenemos los ceviches de La Perla del Pacífico o los mejores pollos al carbón de Madrid, piensa José Gregorio, que no descarta ir a por uno como su hermana vuelva demasiado tarde de dormir al bebé de los señores, a los que imagina felices y despreocupados, comiendo ibéricos y marisco y bebiendo champagne caro.

Apenas queda el último tirón para llegar al domicilio del reparto y cuenta tres casas de apuestas en la misma manzana. Las luces navideñas se funden con los destellos que emiten los paneles de estos casinos de barrio concentrados en toda la avenida. Más cálidos son los colores de los restaurantes que ponen tacos o arepas, tan reclamados como los kebabs, siempre abiertos para borrachos y riders que se recogen de madrugada.

-Ya no quedan sitios para nosotros, le decía entre risas el jefe de su primer trabajo en Madrid, una frutería en el mercado de San Enrique.

Llama al timbre. Es una finca con portero automático, así que se quita el pasamontañas para no asustar y se gira, astuto, mostrando en pantalla la mochila amarilla chillón que tantas veces le ha salvado la vida en la jungla de asfalto. Es un primero, pero está agotado, así que toma el ascensor. Cuando sale al rellano un hombre de unos 50 años le espera en zapatillas de estar por casa y una indumentaria desaliñada para recoger el pedido. Otro soltero, deduce José Gregorio, que no se acostumbra a ver a tanta gente viviendo sola, quizá es lo que más le impresiona de Madrid. Tres euros de propina, no está mal, que meterá en la hucha destinada a comprarse las Air Jordan rojas de las que quedó prendado cuando se las vio a un actor francés negro, muy de moda, en una serie de Netflix.

De vuelta a casa a José Gregorio le asalta la tentación de tomarse algo con los riders que compadrean entre latas de cerveza en una pequeña plaza después de cada jornada. Cuando enfila el camino de la camaradería oye gritos en la dirección opuesta y cambia la ruta. Tres hombres huyen a la carrera tras reventar el escaparate de un locutorio y llevarse la caja. Vienen hacia él y se aparta por acto reflejo, aunque resulta imposible esquivar al último, que tropieza con la rueda y hace que ambos caigan. José Gregorio y el ladrón se miran. La escena, espeluznante, apenas dura un par de segundos:

-No se lo digas a tu hermana.

-Siempre que no vuelvas por allí.

José Gregorio observa una pintada, justo enfrente de la mezquita central, a unos metros de casa: «El único tesoro que le queda a la ciudad es el barrio».

En esa frontera, entre arepas y carnicerías halal, recuerda por algún extraño motivo lo que su abuelo, nacido en Canarias, le dijo una vez sobre España:

-España ha sido grande cuando su fe es grande y pequeña cuando su fe es pequeña.

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