«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

Un plan bajo el brazo

6 de agosto de 2025

El próximo curso, mis dos hijos se van a estudiar a Irlanda. Tenemos que pedir un salvoconducto en comisaría, porque no basta con el pasaporte, el libro de familia, el DNI y Schengen. La burocracia se nos ha ido de las manos. El policía que da los turnos, cuando le contamos el motivo de nuestra visita, nos dice con un guiño pícaro: «¿Eso qué es, estudios para los niños o vacaciones para los padres?».

No me sulfuré, porque la broma era bienintencionada y no se puede ir dando cortes a las personas amables, y más si son servidores públicos y abnegados agentes de la autoridad. Lo curioso es que, cuando al fin nos pasaron, el policía de la mesa, al explicarle de nuevo lo que queríamos, sonrió y dijo: «¡Qué maravilla de año vais a pasar…!». No hice mala sangre, pero sí pedagogía. El primero me pilló de improviso, pero al segundo ya le expliqué que nos daba una pena horrible y que nosotros nos lo pasamos mucho mejor con los hijos cerca.

La broma clónica, que estamos oyendo continuamente, como una canción del verano, es un síntoma. He leído un artículo muy interesante de Carlos García Miranda sobre «la niñofobia vacacional», esto es, los hoteles que cuelgan un cartel de «Adults Only» y que prohíben la entrada de niños. Da un dato tremendo: en España hemos pasado de 123 hoteles adultocéntricos en el 2023 a sumar más de 700. También han crecido los que admiten mascotas hasta el 22%. Hace quince años comíamos con el dueño de un restaurante, y en la mesa de al lado, algún niño lloró un poco. Aquel señor nos confesó que fantaseaba con fundar un templo gastronómico llamado «Herodes» en el que estuviesen prohibidos los niños. Aquello no me pareció del mejor gusto y no lo olvidé, lo que me sirve ahora para pensar que aquel restaurador no tendría mucha sensibilidad pero sí el don de la profecía.

¿Cómo y cuándo la bendición de los niños, que da gusto verlos, se ha convertido en una maldición? Y eso en una sociedad que tiene un gravísimo problema demográfico. Alguien tan atento a la realidad como Carlos Marín-Blázquez ha visto que «ser padres acarrea hoy una determinación heroica». Evidente, entre las dificultades burocráticas, la distorsión educativa, el desdén social, los gastos en energía y agua, la inflación, el desprestigio de la figura del padre, tan socavada… Es todo. El otro día mi hermano Jaime se pasmó ante el cartel de unos jardines públicos: «¿En qué momento la sociedad del bienestar empezó a prohibir jugar a los niños en las zonas verdes?».

Esto me recordó una apasionante conversación reciente. Una tuitera con pseudónimo, madre de muchos, preguntó: «Si se redujera el IRPF a las familias con más de dos hijos a un tipo fijo del 10% y el IVA de básicos se eliminara. Si se derogara la actual ley de vivienda y se diera seguridad jurídica para que el dinero que se meta en una pensión privada no se toque, ¿nacerían más niños?». Mi admirado y exacto amigo el profesor de matemáticas (y padre numeroso) José María Ucha contestó: «Sustancialmente no creo que muchos más. Ningún país que ha bajado de la tasa de reposición ha logrado recuperarla. Ni gastando hasta un 5% del PIB como Hungría. Hace falta un cambio de mentalidad».

Vale, pero el cambio de mentalidad se daría —de rebote— con esas medidas. Que las familias viviésemos mejor es un escalón esencial para que la gente se anime. El mejor plan de fomento a la natalidad es un pan debajo de cada brazo del neonato. Una familia numerosa feliz y arregladita y cómoda es una campaña ambulante por la natalidad a medio plazo, además de que, si no funciona, da igual. Las familias numerosas a corto plazo se merecen un reconocimiento por el gran bien social que hacen.

Lo que es seguro es que mis amables policías hubiesen gastado otra broma: «¡Dos hijos, qué ahorro en la declaración, eh!». Y no duda nadie que, con más poder adquisitivo de los padres, los hoteles recibirían a los niños con alfombra roja. El del restaurante, que es un vivo, crearía un menú «Familia Feliz».

Fondo newsletter