Un pueblo llamado Triste
Un pueblo llamado Triste
Por Julián Montenegro
20 de agosto de 2026

Todo agosto ha olido a humo. En la televisión, un helicóptero pasaba una y otra vez por delante de los mallos de Riglos con su cubo colgando, tan pequeño contra aquella pared encendida que parecía un hombre empeñado en apagar una casa con un vaso de agua, y el rótulo iba soltando nombres de pueblos desalojados, Centenero, Santa María de la Peña, Santa Cruz de la Serós, hasta que soltó uno que me hizo subir el volumen. Luego hablaré de él. Me acordé, viendo aquello, del verano en que el fuego bajó al valle del norte donde mi familia tenía un prado, cuando yo andaba por los diez u once años y los incendios todavía no salían por la televisión: salían por la puerta del bar.

Era un agosto como este, de hierba agostada y de avisperos. El fuego coronó el cordal a media tarde y desde el pueblo se veía la línea naranja avanzar ladera abajo con una calma casi administrativa, sin prisa ninguna, como quien sabe que nadie va a venir a discutirle el terreno. No había hidroaviones ni brigadas ni rótulos. Había un tractor con una cuba, una pareja de la Guardia Civil y los hombres que a esa hora estaban en el bar, que salieron dejando las cartas boca abajo sobre el tapete y que subieron al monte en el remolque, apretados y serios como quintos que van a un sorteo del que ya conocen el resultado. Mi tío, que tenía el prado más alto del pueblo y un nogal que había plantado su padre al volver de Cuba, cortó ramas de avellano para todos y repartió sacos mojados en la fuente. A mí me mandaron con las mujeres. Aprendí esa tarde que la frontera de la infancia estaba en un saco húmedo.

Los vi toda la noche desde el balcón, lucecitas que se movían contra lo oscuro como cigarros nerviosos a media ladera, y de madrugada bajaron con las cejas chamuscadas y con esa dignidad rara de los que vuelven de perder casi todo menos lo importante. El fuego se paró en el reguero de la braña, y no se paró porque lo vencieran, se paró porque el viento se cansó antes que los hombres. Alguien pidió en el bar la primera botella de la mañana y nadie habló durante un rato largo. Después mi tío dijo su única frase de aquella guerra: «El monte lo apaga el viento, pero hay que estar ahí para verlo». Se quedó mirando el humo sin soltar la rama de avellano, el tío.

Al día siguiente subimos a ver lo quemado. La ladera humeaba en hilos finos y el suelo crujía bajo las botas como cruje el pan del día anterior cuando lo partes, una costra tibia con la miga hecha ceniza, y durante semanas estuvo cayendo sobre las sábanas tendidas un polvillo gris que las mujeres sacudían con el mismo gesto seco con que se espanta una mosca del mantel. El prado de mi tío se salvó por veinte metros. El nogal de Cuba, también. Los pinos de la vertiente ardieron enteros y nadie los volvió a plantar. Y la zarza, que no tiene memoria ni luto, lo fue cubriendo todo en tres o cuatro veranos con una alegría que ofendía un poco. El monte se rehízo solo. Los hombres de aquella noche no: fueron muriendo por orden de edad, sin chamusquina, de las cosas de las que se muere en los valles.

Esta semana, en el rótulo de los desalojados de Huesca, apareció el nombre que esperaba desde el principio del artículo: Triste. Existe, tiene menos de veinte vecinos, está junto al pantano de La Peña, y lo vaciaron un día de agosto mientras el fuego decidía por ellos en el monte de al lado. Pensé en los hombres de mi valle, que defendieron lo suyo con ramas verdes y volvieron a las cartas, y en que ahora uno defiende los pueblos por televisión, con el volumen alto y la casa fresca. La zarza hará su trabajo, que para eso no ha fallado nunca. Pero hay nombres que parecen puestos por un novelista que no se atrevió a más. Un pueblo llamado Triste, esperando a que pase el fuego. Nadie escribiría eso. Estaba escrito.

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