Hay batallas que es preciso dar incluso si la victoria parece improbable. Simplemente, por dignidad. De todas esas batallas, la más trascendental es seguramente la del aborto. Es la más trascendental porque es mucho más que una batalla política, incluso más que una batalla cultural: es una batalla por la supervivencia de la civilización.
Pongamos el contexto. El rasgo mayor de nuestro tiempo es la desposesión. El sistema vigente, bajo promesa de prosperidad y bienestar perpetuos, nos ha desposeído de todas esas cosas que hasta hace muy poco tiempo se consideraban irrenunciables: la propiedad, la libertad personal, la religión, la tierra… y los hijos, o sea, el linaje. No otra cosa significa la progresiva reducción de la población en las sociedades europeas autóctonas, con unas cifras de natalidad que no permiten augurar otra cosa que la desaparición a medio plazo. Seguramente no hay ningún otro ejemplo histórico de civilización que se extingue porque la gente, simplemente, ha dejado voluntariamente de reproducirse. No hay expresión más radical de la enfermedad del occidente posmoderno que esta.
La opinión conservadora tiende a responsabilizar de este singular fenómeno a las ideologías de izquierda, con su crítica radical del modelo tradicional de familia. Eso es verdad, pero no es toda la verdad. El colapso demográfico de los europeos, particularmente agudo en casos como el español, no habría sido posible sin el permanente estímulo del sistema económico, que sin pausa promociona modelos de vida individualistas. Si el modelo social antinatalista ha podido triunfar, es porque al sistema le ha resultado útil para su propio crecimiento. Así hemos asistido a la convergencia de la vieja doctrina anti familiar del marxismo, las nunca verificadas elucubraciones maltusianas sobre la sobrepoblación, las proclamas posmodernas de la «libertad sexual» como nuevo paradigma revolucionario y la promoción del modelo individualista urbano como patrón de conducta general. La combinación de todo eso ha creado una atmósfera en la que, sencillamente, tener hijos ha dejado de ser una prioridad. Las políticas de nuestros países se han orientado cada vez más hacia el aborto y la eutanasia, y cada vez menos hacia el estímulo del relevo generacional. No ha sido un fenómeno accidental: ha sido un proyecto expreso de ingeniería social sostenido deliberadamente por el poder durante medio siglo.
En este contexto, el ejemplo de las políticas abortistas es especialmente relevante. En apenas medio siglo hemos pasado de despenalizar el aborto en ciertos casos extremos, lo cual podía ser razonable, a proponer el aborto como un «derecho humano». Es un cambio brutal: en el primer caso, el aborto seguía considerándose algo esencialmente negativo; en el segundo, pasa a declararse como algo explícitamente bueno. Esta inversión del valor objetivo de las cosas significa una auténtica conmoción desde el punto de vista de la civilización. Todos sabemos que ha habido abortos en distintas épocas y en distintas culturas, pero nunca antes se había elevado a la categoría de derecho. Hoy, sí. Hoy se ha instalado la idea de que la emancipación individual pasa por la aniquilación colectiva. Es la primera vez que eso pasa en la historia de las civilizaciones.
La idea de que la emancipación individual pueda pasar por la aniquilación colectiva es una contradicción tan flagrante, que sólo cabe en discursos que hayan prescindido de cualquier racionalidad. Sin embargo, esa irracionalidad es hoy una de las certidumbres más extendidas. A su servicio se presentan aporías como aquella de que el feto humano es un ser vivo, pero no un ser humano (lo dijo en su día una ministra del Gobierno de España) o esa otra, algo más elaborada, de que el feto es humano, pero no «persona», porque esto último el algo que sólo puede reconocer el Estado (fantástico argumento según el cual sería posible «despersonalizar» a cualquier ciudadano si el Estado se lo propone). En realidad, hoy todo el mundo sabe ya que existe un ser humano con su propio ADN singular desde el mismo momento de la formación del cigoto, de manera que abortar significa privar de la vida (o sea, matar) a un ser humano, y que este es ya persona en la medida en que el feto en el vientre materno es titular de derechos (por ejemplo, a la herencia), como se reconoce en todos los ordenamientos jurídicos. Como estas cosas se saben sobradamente, la discusión racional acerca del aborto nunca va a ninguna parte: al final, la argumentación pro aborto termina siempre escudándose en el sacrosanto derecho de la mujer a «decidir» (a decidir que aborta, nunca a decidir lo contrario), derecho que se esgrime como dogma por encima de cualquier otra consideración, incluso por encima del hecho objetivo de que se está decidiendo sobre una vida ajena. Es un puro ejercicio de voluntarismo. En cierto modo, una fe: «No hay más Dios que yo y mi terapeuta es mi profeta».
La gente, normalmente, actúa según los modelos que la atmósfera cultural le propone. Esa atmósfera cultural suele estar en sintonía con el interés del sistema político y del sistema económico. Habría que preguntarse qué tipo de sistema hemos construido para que al menos tres generaciones consecutivas de europeos hayan crecido en la convicción de que la sucesión es algo secundario, incluso prescindible. El origen del mal está ahí. Es decir, que no habrá alternativa al suicidio de la civilización sin una revolución cultural previa. Por eso la batalla del aborto es imprescindible. Por eso es una batalla por la civilización.