«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Una elegía europea

18 de febrero de 2025

Reconozco que me sorprende ver cómo se rompen la camisa, como Camarón o el tal Montoya, aquéllos que critican el discurso de JD Vance en Múnich o el principio del fin de la guerra de Ucrania. En lo que respecta a esto último, sólo hacía falta darse una vuelta por las malignas redes y ponerse cualquier emisión que tratara el asunto ucraniano sin aditivos usaidianos para oír a los analistas (nacionales o extranjeros) declarar que el final del conflicto se negociaría presumiblemente entre los Estados Unidos y Rusia, actores principales del mismo. Que la Unión Europea, como auxiliar de los intereses geopolíticos estadounidenses, no tendría mucho que decir al respecto y que Zelenski, enésimo juguete roto yanqui, bregaría con lo que se le impusiera.

Los mismos expertos vaticinaban un desplome de las líneas ucranianas hacia finales de verano. Es mucho vaticinar y tal cosa jamás se hubiera permitido, pero ya no importa. Trump no ha apostado por un hipotético colapso del frente o la escalada definitiva del conflicto y asume la realidad del terreno donde Rusia lleva la delantera. Y aquí hemos tenido derecho a una sobredosis de Churchill, de pacto Molotov-Ribbentrop y de los Acuerdos de Múnich de 1938; como si todo el problema de Ucrania se redujera a la invasión de 2022.

Es significativo que un político declinante como Macron, más interesado en cartearse con Candace Owens que en solucionar los graves problemas que atraviesa Francia, haya convocado de urgencia a los líderes europeos para fijar una estrategia de cara a la negociación de la paz de Ucrania que les haga sentir que pintan algo.

Nuestros mandatarios están en shock. Presos aún del impacto emocional que les ha causado la defunción de la Administración Biden, acaban de enterarse de que Europa es el niño andrajoso que el tío Sam tenía en el sótano de la mansión georgiana. Debilitados económica e industrialmente, con serios problemas civilizatorios por la inmigración ilegal y sin ningún tipo de tensión espiritual, incapaces de superar el pasado, hemos dejado de formar parte de un eventual problema euroasiático para USA.

El nuevo vicepresidente de los Estados Unidos, JD Vance, intervino el pasado viernes en la Conferencia de Seguridad de Múnich escandalizando a las élites biempensantes y a los medios al señalar que el emperador estaba desnudo. Vance ha liberado la palabra y esto ha recordado un poco al momento post Covid en el que dejamos de estar amordazados y se pudo comenzar a denunciar el delirio al que nos habían sometido. En la ciudad bávara, el político estadounidense fue para cientos de miles de europeos la voz que les niegan los medios de comunicación tradicionales —de repente se han vuelto soberanistas, pero de Europa— y, últimamente, por lo visto en Rumanía y amenazado en Alemania, las urnas. 

En su defensa clásica de la libertad de expresión y del respeto a la voluntad popular (también conocida como democracia), JD Vance no ha arremetido contra la Europa de las catedrales, Justiniano o Dante. A quien ha cuestionado es a la UE: el Leviatán de los taponcitos de plástico, los lobbies, los contratos mil millonarios negociados por SMS, las puertas giratorias con la banca de inversión y los comisarios que juegan a anular comicios.

La biografía del estadounidense tiene un giro de guion, un punto de inflexión que le construye, que determina quién es ahora. Durante su infancia en el cinturón del óxido conoció bien las consecuencias de la desindustrialización. El contexto familiar tampoco auguraba nada bueno. Pero su abuela (mamaw), que era parte de la dinámica destructiva de la saga, tuvo un momento de lucidez y le habló crudamente explicándole sus opciones de salvación. El joven JD eligió bien.

Me gusta pensar que el vicepresidente de los Estados Unidos nos señala el camino de vuelta a casa recordando que un día lo hicieron con él.

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