Pocos escritores habrán tenido en nuestra historia reciente el éxito de público —ciertamente no de crítica: lo «políticamente correcto» causaba ya furor entre la intelectualidad— que disfrutó en el cénit de su carrera el valenciano Fernando Vizcaíno Casas, y pocas —creo que ninguna— de sus novelas logró superar el éxito de ventas de su celebérrima Y al tercer año, resucitó (1978), que con cuatro millones y medio de ejemplares vendidos llegó a estar, literalmente, en prácticamente la mitad de los hogares españoles. El mío incluido.
El argumento de la novela, tan disparatado como sugerente, arrancaba con un misterioso anciano buscando en las inmediaciones del Valle de los Caídos alguien que le pudiera devolver al Palacio del Pardo, sólo para recrearse a continuación en las hilarantes reacciones que unos y otros habrían tenido ante la eventualidad de una resurrección del General Franco, fallecido apenas tres años atrás.
Medio siglo después de ese 20 de noviembre de 1975, los restos de Franco ya no reposan bajo aquella cruz, arrancados de su tumba no por la original humorada de un novelista excepcional sino por la acción sectaria de un Gobierno cainita. Pero la sacudida de su exhumación ha sido mucho mayor que la que Vizcaíno Casas se atrevió a imaginar. Hasta el extremo de poder decir que si no al cumplirse tres años de su muerte, ciertamente sí al cumplirse cincuenta, Franco ha acabado por resucitar.
Ha resucitado, desde luego, para los historiadores, que en los últimos años han multiplicado el número de libros dedicados a glosar —más bien, denostar— su figura y a analizar —más bien, desvalorizar— su legado, hasta el extremo de hacer perder todo significado al término «desmitificar a Franco» con el que décadas atrás algunos justificaron su interés por estudiar su figura. Y es que a día de hoy no hay nada mas desmitificador que referirse a Franco, como hacía el Wall Street Journal en su edición de 19.11.2025 citando palabras de Stanley Payne, como «The Most Successful Dictator of Modern Times». Y qué decir del cine español, para el que la Guerra Civil ha acabado convirtiéndose casi en un género con identidad propia, y que con frecuencia nos obsequia con carteleras en las que la oferta —Franco, Franco, Franco— parece sacada de los tiempos de No-Do.
Ha resucitado, cómo no, en el discurso público, en el que «franquista» y «fascista» siguen liderando la lista de los epítetos más repetidos, con la agravante de que la fuerza política que con más frecuencia los recibe fue fundada cuarenta años después de la muerte del General, que ni ella ni ninguna otra cuenta, cincuenta años después, con ningún dirigente que colaborara con él o formara parte de las estructuras de su régimen; y que ni ella ni ninguna otra ha propuesto jamás la implantación en España de nada que pudiera asemejarse, ni con la mayor de las laxitudes, al sistema que Franco instauró en su día. Aunque más asombroso resulta, sin duda, que ambos epítetos sigan siendo dirigidos a las Fuerzas Armadas y a la Judicatura, en un momento en el que ya ni quedan jueces educados en aquel régimen, ni leyes emanadas del mismo que pudieran aplicar.
Pero, sobre todo, Franco parece haber resucitado entre los españoles de a pie, y de manera especial entre los más jóvenes, que según todos los estudios de opinión —sin ir mas lejos el publicado por El País el 20.11.2025— valoran de manera más positiva que los españoles de generaciones anteriores tanto el legado del régimen como la figura de su creador. Una tendencia que, con el tiempo transcurrido, resulta imposible achacar a la continuidad del franquismo en nuestra sociedad, pero que tampoco cabe imputar sin más a la ignorancia de las nuevas generaciones: las mismas encuestas revelan que hoy se habla de Franco en casa y en la calle más que nunca en las últimas décadas, y bastará con consultar los correspondientes currículums para saber que ese es también el caso en escuelas y universidades.
A mi juicio, dos son las razones que podrían explicar esa suerte de resurrección, casi incorrupta, de Franco en el quincuagésimo aniversario de su muerte. Una —innombrable, y a estas alturas casi criminalmente perseguible— remitiría al hecho de que su legado no fue del todo malo. De que más allá de los relatos oficiales, y de las construcciones interesadas de tantos y tantos izquierdistas ávidos por inventarse un valioso pedigrí antifranquista cuando vivieron aquellos años más preocupados por la separación de los Beatles que por las cargas de los grises, o directamente nacieron ya en Democracia, el tópico de que «con Franco se vivía mejor» tuvo su razón de ser en la experiencia de millones de españoles que acertaron a prosperar —sirviéndose tanto de las facilidades que el régimen les abrió, como de su duro trabajo— durante aquellos años. Y que transmitieron esa experiencia, siquiera en la intimidad de sus conversaciones familiares, a las generaciones más actuales.
Pero, de manera más decisiva, esta revalorización del franquismo resulta directamente imputable al antifranquismo recalcitrante puesto en práctica sin el más mínimo recato durante los años del zapaterismo y —más aun— del sanchismo. Cuando todos los males de nuestro tiempo son contestados con el argumento simplón de «peor estuvimos con Franco», o directamente achacados a su legado mientras que los responsables de remediarlos se encogen de hombros, es inevitable que la reacción se generalice. Que el pasado se remitifique, sólo que en sentido contrario. Que Franco pase de los recuerdos del abuelo al imaginario del nieto; y que el anciano General se convierta, de la manera mas insospechada posible, en el «nuevo punk». Gracias, Pedro.