«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La Gaceta de la Iberosfera
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Y la democracia, ¿de quién depende?

27 de mayo de 2024

Pedro Sánchez no sólo ha conseguido transformar la política española en un lodazal de mediocridad, enchufismo e incompetencia. Su gran logro, gracias a las omnipresentes pantallas y después de treinta años de incesante telebasura es haberla transformado en un cutre culebrón, en un Sálvame Deluxe en el que él hace a la vez de maestro de ceremonias, de acosador acosado, de vendedor de exclusivas y de galán compungido. Con su corte de tertulianos a saldo de escaños, dedazos o contratos televisivos, el puto amo dirige la función, cambia de tercio, marca los tiempos, manda llorar, callar, o ladrar según marque su guion. Y sobre todo, sobreactúa, y maneja el pueril «y tú más» con candorosa naturalidad dando el do de pecho llevado volandas por su coro político y mediático.

Una corte de los milagros que jamás descansa en su afán de servir al espectador ávido de sensaciones un nuevo capítulo de «Yo democracia». Y este aplaudirá como un borrego cada nueva entrega en la que el bufón jefe no escatimará ni un quite, ni una bajeza, ni un regate para mantener a su votante Pavlov en estado vegetativo. Un votante transformado en guiñapo de instintos y emociones e, importante, con memoria de pez y raciocinio anestesiado. No le pidamos peras al olmo ni que el respetable tenga una ventana de atención de más de unos escasos días. Begoña destronó a Koldo y a Ábalos, este hizo olvidar a Berni, que a su vez mandó al baúl de los recuerdos a Rubiales hasta que Oscargutan Puente triunfara con su performance de energúmeno, pelota y saboteador de cercanías mientras Puigdemont sigue apretando entre bastidores. Un ajetreo constante de actores secundarios, de siniestras marionetas que aturden al borrego y le encierran en una realidad efímera cuyo único horizonte histórico es descolonizar museos y profanar tumbas.

Pero el problema es que el Jorge Javier de Ferraz no se limita a gesticular. No, porque además de guapete, es astuto y amoral como dirían sus apolo-jetas, tiene una visión política a la medida de su insaciable ego: eludir cualquier explicación sobre los negocios de su mujer y, de paso, dinamitar la Constitución y el estado de derecho entre aspavientos sin que Bruselas se dé por aludida. Y así, con la turbina del fango a pleno rendimiento, Pedro se enfunda el traje de galán profundamente enamorado, el de superhéroe de la verdad absoluta, el de azote de los togados fascisto-heteropatriarcales que secuestran la voluntad popular, y (el que mejor le queda) el de demócrata integral porqué yo lo valgo.

Y mientras entretiene a un público lobotomizado, aniquila la separación de poderes, coloniza a trabucazos la fiscalía, prostituye el Constitucional, amnistía a medida, ataca ferozmente y señala a periodistas con nombres y apellidos, pretende definir por decreto lo que es un bulo, invade las estructuras del estado con groseros dedazos, amenaza con renovar el CGPJ a la torera «para cumplir con la Constitución», ordena filtrar datos confidenciales. Y más, mucho más, tanto más que a cualquier español indignado le cuesta citar diez atropellos de una lista kilométrica. Olvidar por exceso, no por defecto, que ya es decir.

Mientras tanto, sigue el show de Pedro, y nuestro polifacético presidente se enfunda el traje de superviviente de un fango imaginario que él escupe a borbotones lanzando fatwas contra jueces y periodistas. Última pirueta de la serie: elevar a su esposa a la categoría de institución y de encarnación de la dignidad nacional para sacarse de la chistera un incidente diplomático al alcance de muy pocos.

Y su parroquia aplaude enfervorizada, sedienta, mientras el prestidigitador les roba la cartera de sus libertades públicas y vende a saldo su casa común en beneficio propio. Este último atraco lo hace con su nuevo disfraz de marido herido, sensible y deconstruido. Y así, está a punto de culminar su obra maestra, finiquitar la Transición bajo palio y peronizar un país donde sólo un puñado de jueces, un reducto de periodistas independientes y unos cuántos políticos aguantan la embestida.

Entonces, desde la pista de su propio circo, con el telón de fondo en llamas y aporreando la lira, pregunta con aire triunfador a la muchedumbre Y la democracia, ¿de quién depende?. Y, todos a una, arruinados, estafados pero felices contestan exaltados: «Pues ya está!».

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