«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Carlos Marín-Blázquez (Cieza, 1969) es profesor de literatura, escritor y columnista. Ha publicado hasta la fecha dos libros de aforismos ('Fragmentos y Contramundo'), un volumen de relatos ('El equilibrio de las cosas') y una recopilación de artículos ('Una escala humana'). Su último libro es 'Arraigo', un ensayo publicado por CEU Ediciones y que obtuvo un accésit en la segunda edición del Premio Sapientia Cordis. Periódicamente, sus columnas aparecen en diversos medios digitales.

¿Y qué vendrá después?

6 de febrero de 2026

Las sociedades entran en barrena cuando pierden el sentido de su continuidad en la historia. Roto el vínculo entre las generaciones, la gente deja de preocuparse por lo que vendrá después. El individuo se imagina a sí mismo suspendido en un presente eterno. Se piensa en términos de inmediatez, se actúa en función de la satisfacción instantánea de los apetitos. La prioridad es el bienestar material y psicológico de cada célula aislada. Uno ya no se contempla como parte de un todo orgánico a cuyo sostenimiento se sabe llamado a colaborar, sino como un átomo autosuficiente gravitando en un universo de soledades yuxtapuestas.

El desinterés nace de la ignorancia. Hay un esfuerzo de ingeniería social consagrado al fomento del menosprecio hacia lo que somos. Es la política, en su expresión más degradada, la que articula planes educativos que rebajan la exigencia, estorban la transmisión de conocimientos y hacen de la sociedad un erial poblado de analfabetos funcionales. Es la política, herramienta en manos de una congregación de espíritus encanallados, la que alienta una maquinaria que, tras arrasar hasta el más pequeño vestigio de la cultural auténtica del pueblo, se dedica al embrutecimiento diario del público y a sepultar bajo una capa de cieno todo símbolo que apunte a la evidencia de un pasado común. Es la política, Minotauro insaciable, la que alimenta con nuestros impuestos un monstruo mediático cuya intención última es la falsificación de la realidad en beneficio del poder que nos explota.

El recelo hacia el otro es la constante de un tiempo marcado por la desafección. Como no nos reconocemos depositarios de un legado propio, acabamos reducidos a una escombrera de almas sin pulso, carentes de un propósito que sirva para aunar las voluntades. Pero «aunar las voluntades» es un sintagma problemático desde el momento en que los propagandistas oficiales, censores de facto de la modernidad demoliberal, se encargan de aplicarle un sambenito totalitario. Y es que para el poder es mucho mejor que seamos extraños los unos para los otros. La extrañeza produce distanciamiento, y la distancia desvertebra las sociedades y las vuelve incapaces de reaccionar contra el mal que las consume. 

Se hace del miedo la única sustancia que circula por la médula de una nación descuartizada. El miedo amplifica el resentimiento. Se desconfía de todo y de todos. Intoxicado de ideología, el individuo unidimensional encuentra siempre algún motivo para sentirse con derecho a militar en el bando de los agraviados. El poder, para entonces nido hediondo de toda clase de corrupciones, dinamita el sentido común y crea un mundo paradójico: infunde temor y, a la vez, se presenta como la única instancia capaz de ponernos a resguardo de los peligros que nos acechan.     

Para cuando despertamos a la realidad y caemos en la cuenta de la trampa a la que nos hemos dejado arrastrar, las consecuencias son traumáticas. Nuestro mundo ha quedado hecho jirones: infraestructuras ruinosas, servicios públicos colapsados, demografía perversamente alterada y un humor generalizado de penuria y desolación. Pero en realidad ese mundo ya no era nuestro, sino de ellos. Permitimos que se lo apropiaran cuando nos desentendimos de su cuidado, cuando dejamos de ser escrupulosamente vigilantes con aquellos a quienes habíamos encomendado su preservación. Renunciamos a nuestra identidad. Nos tragamos todos y cada uno de los embustes que nos contaron. Su «proyecto de país» era en realidad un barrizal de incompetencia y apaños, de fractura y discordia, de ruina y desposesión.

La gran cuestión es qué vendrá ahora. Hemos experimentado, en toda su crudeza, el impacto con la realidad más descarnada. ¿Habremos aprendido la lección? Conocemos el caso de sociedades que han persistido durante generaciones en la búsqueda denodada de su autoaniquilación. Si no queremos tomar ese camino, es preciso asumir una verdad impostergable: los esfuerzos colectivos necesitan, para su plena realización, un contexto más amplio que los márgenes de la propia vida. Por eso, entender que somos eslabones de una cadena y que nos debemos a quienes habrán de sucedernos tanto como a quienes nos han precedido representa, en este momento de la historia, la única alternativa posible a la victoria del caos. Es decir, al triunfo definitivo de los bárbaros.

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