Es verdad que en los 90 el bádminton estuvo de moda. Era el deporte al que nos aplicaba el profesor de gimnasia en el instituto. Ahí estábamos todos con la raquetita y la pelota, que por Yakarta recuerdo que no se llama pelota sino volante.
EL bádminton invertía las cosas. Los más fuertes y rápidos de repente podían ser los más torpes.
«En el 92, todos con el fútbol o el Dream Team, pero yo, mi bádminton», dice un personaje de Yakarta (Movistar), una maravilla creada por Diego San José y protagonizada por Carla Quílez y Javier Cámara.
Siempre decimos de algo que es maravilloso o, si nos gusta mucho, absolutamente maravilloso. Ofrecemos todas las sílabas posibles.
Yakarta también es delicada, precisa, equilibrada e inolvidable.
Cámara está pletórico. Los medidores de cráneos deberían hacerle un monumento. Es él. Su cabeza tiene algo de gran cosa goyesca, inconfundible anatomía que prolonga el cubismo de nuestro cine.
Inmenso está el actor, paternal y desvalido a la vez, glorioso cuando dice «Te tienes que ir de aquí, huir de esta gente que dice que lo importante es intentarlo».
Su relación con Mar (Quílez) empieza con un grito de ella. Entre todas identifica su rabia; el grito volverá al final, cuando ella lo llame.
Si él se va con ella los fines de semana a jugar los campeonatos por España, recorriendo nuestra geografía de abandonos, neones tristes, turismos y vacíos, si él la acompaña, sus pájaros se desplumarán de soledad. El agaporni lo sabe y mira aterrado.
Un pájaro nunca es más exótico que en un balcón o patio de vecindad español.
Los pájaros, que cuentan años de privación o esperanza, volarán como su imaginación a Yakarta, una ciudad de cuento, y los cuentos ahora están en el Sudeste Asiático.
En la serie percibimos cómo ha cambiado la inverosimilitud inmobiliaria de la ficción española. Antes la sentíamos ante el típico chalet residencial. ¿Cuánta gente vive así aquí? Ahora empezamos a torcer el gesto con dos cuartos de baño y un poco de pasillo…
Bajo la comedia y el drama hay un hilillo de monstruosidad y terror. Un eco de miedos intuidos, y una cumbre nacional en la convención de imitadores de Julio Iglesias. Les debemos una disculpa. Sólo pierde el que lo intenta, y ellos no temen ser como Julio, su moreno de «melatonina gorda», aunque saben que siempre gana el mismo. Siempre gana Macarena del Río.
La Federación de Bádminton (que se lo digan a Rubiales) es más que la Federación: es un eterno de poder sobre un secreto (una violencia oscura) que se actualiza comprando silencios y voluntades (eternidad de la víctima, sublimación del esquema antifranquista). Se puede luchar un tiempo, pero al final hay que entenderse con ella… La Federación de Bádminton siempre estará.
Javier Cámara vive entre el infierno del bingo y la redención del coro; es funcionario, pero se dedica al bádminton. Nadie va al bádminton, nadie lo ve, pero «el problema no es el bádminton, es España».
Joserra vive lejos de su hija, Mar de su padre y los dos se encuentran en forma de entrenador y pupila. Él le enseñará a hacer trampas, a conducir, a llegar a Yakarta y ella comprenderá el siglo de Oro: «Yo me voy, el alma sigue». Los pájaros, esta vez, no quedarán cantando. Algunos no pueden soportar la soledad.