«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Jesús de Nazaret murió en una Cruz para la redención de los pecados del mundo

El primer Viernes Santo de la historia: el velo del templo se rasgó y la tierra tembló

El 'Cristo crucificado' de Tiziano. Europa Press

El primer Viernes Santo de la historia, aquel en que Jesús de Nazaret murió en una Cruz para la redención de los pecados del mundo, cayó en 3 de abril. Exactamente igual que en 2026.

Desde su entrada en Jerusalén poco antes de la Pascua, Jesús sabía que su final estaba cerca; de hecho, se cree que tuvo tiempo de despedirse de su madre, la Santísima Virgen María, que «guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc:19), y más aún desde que el sabio Simeón le anticipara en el templo, años atrás, que «una espada le atravesaría el alma» (Lc, 2,25-35).

La última cena de Jesús con sus discípulos, y la pasión y el apresamiento en el huerto de los olivos por la traición de Judas, son los últimos momentos en los que el Hijo de Dios puede compartir su intimidad con aquellos a quienes más amaba; los hombres que le habían visto recorrer las calles y los pueblos proclamando la nueva alianza basada en el amor a los demás. Aquellos que fueron testigos directos de sus milagros y de su filiación divina, como lo ocurrido en el Monte Tabor.

Tras un juicio ante Pilatos lleno de irregularidades, Jesús es conducido hasta el monte Calvario, también llamado Gólgota, después de haber sido brutalmente azotado por varios soldados romanos. Se cree que muchos ajusticiados en aquel tiempo prácticamente morían después de los latigazos que, literalmente, destrozaban el cuerpo del reo.

El flagelo o látigo que se utilizaba para esta tortura estaba reservado para los delitos especialmente graves; estaba formado por tres cuerdas de cuero tratados con cera, y rematadas cada una por dos bolas de plomo de un diámetro alrededor de un centímetro, unidos por un filamento metálico. Cada bola pesaba unos 20 gramos. Es fácil imaginar las lesiones que provocaron los más de 120 latigazos que se cree recibió el cuerpo de Jesús antes de ser crucificado.

Según la obra La primera Semana Santa de la historia, de Carlos Llorente (Ed. Homo Legens), «la crucifixión es la tortura más terrible que ha podido inventar la mente humana». En el estudio realizado por el autor, basado en los documentos elaborados a partir de la Sábana Santa de Turín y el Santo Sudario que se conserva en la catedral de San Salvador, de Oviedo, se cree que “Jesús murió rápido, después de estar una hora y media colgado en la cruz. Falleció por agotamiento y asfixia tras soportar dolores tremendos”. Muy probablemente, Jesús sufrió un fallo múltiple de sus principales órganos (renales, cardiacos, pulmonares y vasculares), lo que le provocó un paro cardiaco.

Eran las tres de la tarde del primer Viernes Santo de la historia. El velo del templo se rasgó y la tierra tembló. María, que junto a Juan el Evangelista permaneció a pocos metros de distancia de la cruz, observando la tortura y muerte de su Hijo, vio cómo se cumplía todo lo que Jesús le había anticipado: los planes de Dios para Él y para el mundo.

Se cree que fueron José de Arimatea y Nicodemo los encargados tanto de la preparación del Santo Sepulcro (el lugar donde fue llevado el cadáver de Cristo) como quienes se ocuparon de su traslado desde la cruz hasta dicho lugar; eran aproximadamente las cinco de la tarde cuando el cuerpo sin vida fue descendido.

Según el mencionado estudio, la Sábana Santa, donde fue envuelto el cuerpo de Jesús, tiene unas medidas de 4,3 metros de largo por 1,10 de ancho; se cree que era la sábana que guardaba para su propio enterramiento José de Arimatea, personaje rico e influyente del Sanedrín judío. Nicodemo, por su parte, se encargó de conseguir todo el material necesario: unas 100 libras de mirra y aloe.

La Resurrección: el sepulcro está vacío

Según las revelaciones sobre la Pasión de Jesús que tuvo Ana Catalina Emmerich, la primera aparición de Jesús Resucitado tuvo lugar la noche del Sábado Santo, sobre las 21 horas. Cristo, tras haber vencido a la muerte (tal y como anunció), fue a presentarse ante su Santísima Madre, María. Ella, que siempre confío en la palabra de Jesús, no necesitó acudir al lugar del enterramiento de su Hijo; sabía que la Resurrección se iba a producir al tercer día de su muerte.

Horas después, probablemente al poco de amanecer, María Magdalena se adelanta a un grupo muy reducido de personas entre las que probablemente se encontraban María (la madre de Santiago el Menor), Salomé y Juana, las mujeres que habitualmente habían acompañado y cuidado a Jesús cuando éste salía a predicar por las ciudades. Al llegar, María Magdalena se encuentra al ángel enviado por Dios para darles la noticia: No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado. Pero no está aquí, ha resucitado”.

Es fácil imaginar la emoción, el miedo, la sorpresa…, quizá la indignación por el pensamiento (totalmente humano) de que el cuerpo de Jesús hubiese sido robado (Marcos, 16, 5-8). María Magdalena corrió a informar a Pedro y al resto de los discípulos, quienes permanecían encerrados, escondidos, por el miedo a las posibles represalias contra ellos, debido a su amistad con Jesús. Tras acudir a la cámara mortuoria, primero Pedro y luego Juan comprobaron que, en efecto, el cuerpo ya no estaba allí, y no existían muestras de violencia.

Las siguientes apariciones de Cristo resucitado son, en primer lugar, a María Magdalena, quien había vuelto, llorando, hasta el lugar donde Jesús había sido enterrado. Estaba triste porque «se habían llevado al Señor, y no sabía adónde”. Tras confundirle con el jardinero, finalmente la amiga de Jesús le reconoce al escuchar su voz, diciendo su nombre: «¡Rabboni (maestro)!», gritó ella, llena de emoción.

Después, Jesús resucitado se aparece a Pedro y a otros dos discípulos que regresaban a su pueblo de Emaús. Antes de terminar el día, Jesús se aparece al resto de los discípulos dentro del cenáculo, donde permanecían escondidos. Allí, el Resucitado les pide un pescado asado, que comió en su presencia.

En los Evangelios, se recogen las palabras dirigidas por Jesús a unos discípulos llenos de miedo: «¿Por qué os alarmáis? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo» (Lc 24, 38-39).

Era el Domingo de Pascua de la primera Semana Santa de la historia; un 5 de abril, igual que este año, en 2026.

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