«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Coincide con una creciente presión sobre los fieles

La Semana Santa vuelve a llenar las iglesias: el resurgir católico en Occidente

El Vaticano. Europa Press

La Semana Santa vuelve a llenar iglesias en buena parte de Europa occidental, un fenómeno que hace apenas una década habría parecido improbable en sociedades profundamente secularizadas. Países como Francia, laboratorio histórico de la laicidad europea, están registrando en los últimos años un aumento visible de la práctica religiosa, especialmente entre jóvenes y adultos urbanos.

Los datos son contundentes. En 2025, Francia registró 17.800 bautismos de adultos y adolescentes —10.384 adultos—, la cifra más alta en más de dos décadas y un 45% más que el año anterior. Hace apenas diez años, en 2015, los adultos bautizados no llegaban a 4.000. La progresión es aún más llamativa si se observan las previsiones para este año: distintas diócesis esperan superar ampliamente los 20.000 catecúmenos, consolidando una tendencia al alza que sorprende incluso dentro de la propia Iglesia.

El perfil también ha cambiado. Según la Conferencia Episcopal francesa, los nuevos bautizados son mayoritariamente jóvenes —muchos entre 18 y 25 años— que no crecieron en entornos creyentes. «Son auténticas conversiones, no algo superficial», señalaba el sacerdote Guillaume Derville al referirse a este fenómeno, difícil de explicar en un país donde más de la mitad de la población se declara atea.

Francia no es una excepción. En Bélgica, el número de adultos que solicitan el bautismo se ha triplicado en una década, y en distintos países europeos las diócesis están detectando un incremento sostenido de catecúmenos, especialmente tras la pandemia. Se trata, en todos los casos, de un fenómeno minoritario, pero lo bastante consistente como para hablar de tendencia.

También en Estados Unidos, donde el cristianismo lleva años en retroceso, comienzan a aparecer señales en la misma dirección. Según diversas estimaciones, cerca de 160.000 adultos se incorporaron al catolicismo en 2025, niveles similares a los de principios de siglo tras años de caída. En algunas diócesis, el crecimiento es especialmente visible: Los Ángeles espera más de 8.500 nuevos catecúmenos en 2026 frente a poco más de 5.500 el año anterior.

En Newark, el número de conversos ha crecido un 30% en un sólo año. Este resurgir convive, sin embargo, con una presión creciente sobre la presencia pública del catolicismo. En Francia, sólo en el primer semestre de 2025 se registraron 401 ataques contra templos y símbolos cristianos, un 13% más que el año anterior.

Profanaciones, robos sacrílegos y vandalismo forman ya parte de una estadística recurrente. A ello se suma una aplicación cada vez más restrictiva de la laicidad, que limita la visibilidad de la fe en el espacio público.

«No se trata de persecución abierta, pero sí de una marginalización progresiva», denuncian fuentes eclesiales, que apuntan a una doble vara de medir en la tolerancia hacia las distintas religiones. El contraste resulta llamativo. Mientras crecen las conversiones y aumenta la implicación de los creyentes, esa misma fe encuentra mayores obstáculos para expresarse con normalidad en la vida pública. En este contexto, la Semana Santa adquiere un significado que va más allá de lo litúrgico. No es sólo una tradición cultural ni un rito heredado, sino la manifestación visible de una fe que, contra pronóstico, no desaparece, resurge.

Fondo newsletter