
El encuentro personal con Cristo tiene efectos inmediatos en las vidas de las personas. En unos casos es más evidente y notorio; en otros, pasa más desapercibido, pero nunca deja indiferente.
Carla Restoy y Ada Lluch son dos conocidas influencers que hacen apostolado desde las redes sociales, donde son seguidas por decenas de miles de personas. Las dos son españolas de Cataluña y no llegan a los 30 años de edad. Representan una forma de “ser mujer joven” completamente distinta a lo que se propone en el cine, la música y la sociedad de hoy. Algunos dirían que “revolucionaria”. Donde otras quieren tener a todos los hombres del mundo a sus pies, ellas prefieren arrodillarse ante Jesucristo: aseguran que las ha salvado la vida.
Pregunta (P): ¿Cuándo y cómo empezó vuestra conversión?
Carla (C): Mi proceso de conversión empieza a los 15 años y duró hasta los 17, cuando recibí el Bautismo, la Primera Comunión y la Confirmación en la Vigilia Pascual de 2014. Tuvo que ver con una intervención quirúrgica y la necesidad de llevar un corsé debido a mi escoliosis. A esa edad, llevar el corsé durante dos años supuso dejar de hacer las actividades extraescolares que hacía, que eran todas deportivas; pasé a tener mucho tiempo libre en plena adolescencia. Hasta ese momento, mi forma de entender la vida era muy superficial y hedonista. En el colegio tuvimos dos asignaturas que nos hicieron pensar; una era Filosofía y la otra era Historia y Cultura de las Religiones; mi idea de Dios era la de un “amigo imaginario”, socialmente aceptado para aquellas personas que, o eran tontas (es decir, no muy inteligentes, no muy racionales), o para aquellas personas que habían sufrido mucho. En la asignatura de Filosofía, nos hablaron de las cinco vías de Santo Tomás, que son cinco argumentos racionales que avalan la existencia de Dios. Eso fue lo más combativo al inicio, e hizo que iniciara un camino para descubrir si era razonable o no. Además, mi corazón, en plena efervescencia adolescente, empezó a detectar que las propuestas del mundo no lo llenaban. Hasta el momento, mi serie favorita era “Sexo en Nueva York” y había comprendido la vida muy en línea de lo que se transmitía en esa serie. Así que, en plena adolescencia, habiendo sido yo una chica muy feliz, se me abre un mundo que me permite interesarme por la pregunta “qué soy yo y de qué va esto de la vida”.
Ada (A): Empezó en verano del 2022, muy gradualmente, yo seguía en Instagram a unas Influencers que publicaban bastante sobre la fe y la cristiandad, y me empecé a interesar. A partir de ahí, mi fe ha ido creciendo. Sí que es verdad, que en las etapas de mi vida, donde he sufrido más nervios, ansiedad, miedo, inestabilidad, etc., me he acercado más a Dios. Para mí, ver la serie de The Chosen fue un antes y un después en mi camino espiritual. En retrospectiva, la presencia de Dios en mi vida ha sido innegable.
P: ¿Cuáles eran vuestros principales intereses antes de la conversión, y cuáles son ahora? ¿Cómo han cambiado vuestras vidas, cualitativamente, con ello?
C: Todos mis intereses anteriores a mi conversión se centraban en construir una vida “cómoda”. Desarrollar una carrera profesional, brillante, impecable. Y en el fondo, también cumplir unos estándares para ser merecedora de afecto. El punto aquí es que yo no sabía quién era, sino quién me decían que debía ser. Me habían dicho lo que tenía que hacer, pero no el porqué. “Sé buena, estudia mucho…” Ahora sé quién soy, dónde estoy, de dónde vengo y adonde voy, por qué me pasa lo que me pasa y en definitiva tengo perspectiva, y sé de qué va la vida. Por ello, el centro ya no soy yo. Eso no significa que no me importe mi vida, sino que tiene un orden distinto. Vivo comprendiendo que mi vida es un don, y que tengo la preciosa responsabilidad de vivir en esa clave de don, y por tanto de entrega en orden de ser fecunda, como Cristo nos muestra. Es decir, en cierto modo ahora sólo me interesa aquello que me haga amar más y mejor; también mi realidad, antes buscaba cultivar experiencias, viajar (en el fondo, como modo de evasión), y ahora busco cuidar como buena jardinera el jardín que se me ha confiado. En definitiva, el cambio más grande es interior: hay más libertad. Y una certeza muy fuerte de que mi vida tiene un sentido que no depende de las casuísticas, y que se confía en mi para anticipar el Cielo aquí.
A: Yo creo que mis intereses por lo general no han cambiado tanto. Siempre me ha gustado la naturaleza, viajar, hacer deporte, pasar tiempo en familia, crecer personalmente, el arte. Pero sí que es verdad que antes tenía la responsabilidad de tener todo bajo control. Deseaba controlar todos los aspectos de mi vida. Desde que encontré a Dios, siento mi mochila mucho más ligera porque sé que mi vida la dirige Él. Obviamente, continúo trabajando con todo el esfuerzo posible, pero sé que si el resultado no es el que quiero, es porque Dios así lo ha querido e igualmente continúo feliz; cosa que antes, me frustraba. También para mí es muy importante honrar a Dios en todos los aspectos de mi vida, por lo que me hace llevar una vida más saludable y equilibrada.
P: ¿Ha habido algún santo o santa que os haya acompañado especialmente en este proceso, a quien os hayáis encomendado?
C: Sí, varios. Santa Teresita Benedicta de la Cruz (Edith Stein), San Agustín, San Juan Pablo II, Santo Tomás de Aquino y San John Henri Newman fundamentalmente. Pero también Chesterton.
A: No. Jesús es el centro de mis oraciones.
P: ¿Qué importancia han tenido vuestras familias en todo este proceso de conversión?
C: Muchísima. Incluso sin ellos, compartir la fe. Siempre digo que mi padre es la persona que más me recuerda a Dios padre y que menos le conoce. En mi casa siempre ha habido muchísimo amor. Mis padres llevan 39 años casados y muy bien vividos. Al final, la familia es el lugar donde uno aprende a amar…, y también donde uno aprende a perdonar y se encuentra con el límite del otro. En mi caso, no venir de un entorno creyente no fue un obstáculo, sino parte del camino y casi que me atrevo a decir que un trampolín. Mis padres son las personas más íntegras que conozco. En este mundo no tienen el don de la fe, y por eso no quisieron bautizarnos, por ser consecuentes y coherentes. No entendían lo que era el bautismo ni querían comprenderlo, ni tampoco hacer algo por simple tradición.
A: Mi madre ha recorrido el mismo o casi el mismo camino espiritual que yo, así es que se ha convertido en un pilar emocional muy importante.
P: Vosotras tenéis la valentía de hablar públicamente no solamente de vuestra fe, sino de temas de contenido moral que hoy en día no son nada populares…, ¿os ha perjudicado, por ejemplo, a nivel laboral expresaros en esa línea?
C: Ser consecuente siempre tiene un precio. Eso es así. Pero también tiene una recompensa mucho mayor: vivir en la verdad. Y eso no se negocia. Sí, puede cerrar puertas. Pero también se me han abierto otras que son mucho más afines a lo que soy, y a cómo quiero vivir. Al final, la pregunta es: ¿para quién vivo? Cuando eso está claro, el resto se ordena.
A: Obviamente, y a nivel personal, también. Ahora, gracias a Dios, las redes sociales son mi ingreso principal, pero sé que si en un futuro necesitara buscar trabajo, me sería mucho más difícil que cualquier otra persona que no expresa los ideales que yo.
P: ¿Cómo son vuestros amigos, son todos católicos?, ¿cómo es la relación con aquellas personas, próximas a vosotras, que aún no han llegado a tener la gracia de la Fe?
C: Mis amigos son los mejores del mundo. No, ni mucho menos son todos católicos, pero es verdad que mis más íntimos sí son con los que comparto la forma de mirar el mundo y comprenderlo. Al final, es en quienes más descanso. Hace un tiempo escribí un artículo llamado “Amigos, a pesar de mí” porque la realidad es que un buen amigo es casi un cónyuge con quien compartes el yugo que a veces es bastante arduo de llevar.
A: Pues todos mis amigos son cristianos. Me gusta mucho hablar con mi mejor amiga sobre Dios y la fe, pero con otras amigas que igual no están practicando ningún tipo de religión, simplemente respetan mis opiniones y yo respeto las suyas.
P: Sé que esta pregunta daría para respuestas mucho más amplias, pero…, ¿cómo veis a la mujer en el mundo actual?, ¿qué creéis que se puede hacer para que descubran el valor de lo auténtico, y tengan una experiencia personal de amor a Dios?
C: La mujer hoy vive en una especie de encrucijada: nunca ha tenido tantas oportunidades… y, al mismo tiempo, nunca ha estado tan confundida sobre quién es. Por un lado, hay una fuerza enorme. La mujer está presente en todos los ámbitos, tiene voz, capacidad de decisión, iniciativa. Y eso es valioso. Pero, en medio de ese avance, se ha deslizado una trampa silenciosa: la idea de que para valer hay que parecerse al hombre, competir con él o negar lo propio. Y ahí empieza la fractura interior en lo femenino. Porque la mujer tiene más capacidad y la responsabilidad de revelar al mundo algo único. Y cuando olvidamos eso, nos desconectamos de nosotras mismas. Empezamos a exigirnos muchísimas cosas desde fuera, a vivir desde la comparación, a relacionarnos desde la inseguridad o la necesidad de validación (aunque pueda parecer paradójico). Y eso es agotador. También hay una herida afectiva muy extendida. Muchas mujeres han aprendido a conformarse con relaciones superficiales, a rebajar sus expectativas, a llamar amor a lo que en realidad es ser consolador afectivo. Y eso tiene que ver con haber perdido nuestra identidad que nos dice que somos valiosas sin necesidad de demostrar. A nivel cultural, además, se ha desdibujado profundamente la feminidad. Se presenta como algo impuesto desde fuera, casi irrelevante en nuestra esencia, cuando en realidad tiene un peso antropológico decisivo. La capacidad de acoger, de generar vida (en todos los sentidos), de vincular, de humanizar…, no son construcciones sociales: son una riqueza real y necesaria para todos que hoy muchas veces se oculta o incluso se desprecia. Pero veo que en medio de todo esto, hay esperanza. Porque cada vez más mujeres están empezando a intuir que algo no encaja. Que no basta con “tenerlo todo” si nos perdemos a nosotras mismas. Que no se trata de poder, sino de vivir acompañando el dinamismo riquísimo de nuestra naturaleza. La mujer del mundo actual necesita, sobre todo, reconciliarse consigo misma: con su cuerpo, con su forma de amar, con su deseo de entrega, con su vocación (muchas veces vista hoy como un lastre) a la familia, al vínculo, a lo acogida. Y desde ahí, tocando nuestra realidad, redescubrir algo clave: estamos muy bien hechas. No somos el segundo sexo, ni tenemos que amputar partes de lo que somos para encajar. Cuando una mujer vive desde esa certeza, deja de competir, deja de mendigar afecto, deja de diluirse. Y entonces allí se encarna nuestra capacidad transformadora y humanizadora en todo lo que tocamos. La mujer hoy está profundamente confundida…, pero estamos bien hechas y el corazón llama y reclama lo que anhela. Creo que lo que más necesitamos es volver a la verdad de quiénes somos. Y eso sólo se descubre yendo a la realidad. Cuando una mujer se sabe mirada por Dios, comprende que está bien hecha y lo que cree que es debilidad, se le muestra como superpoder, y todo cambia.
A: Desafortunadamente, muchas mujeres han caído en la trampa del feminismo radical, donde la mera experiencia de su vida, la basan en ellas mismas y negando su papel como mujeres femeninas en el día a día. La sociedad quiere que las mujeres actúen como hombres y eso es completamente antinatural y nos aleja del Creador. Yo no soy nadie para dar consejos a otras mujeres sobre cómo encontrar a Dios, ya que cada una tiene su propio camino y tiene que vivir sus propias experiencias, pero igual practicando algunos hobbies que las conecten con su energía femenina, por ejemplo, les puede suavizar su alma y sentirse más cercanas a Dios. Pero el amor de Jesús se siente en los momentos más inesperados. Igual en el día de su boda, igual cuando se les muera un ser querido, igual en la enfermedad, igual en el abuso de alcohol, igual cuando sean madres…, y esto es lo bonito de Nuestro Señor.
P: Hablemos de las redes sociales…, ¿qué significan para vosotras, creéis que es ahí donde actualmente se da la batalla de las ideas y de los principios?
C: Lo primero, me llama la atención el nombre: red, social. Red: somos seres vinculados a historias que nos preceden y somos seres vinculados afectivamente a otros. Social: somos afectivos y sociales. Yo creo que aquí hay algo muy de fondo que a veces se nos escapa. Y es que la competencia de las redes sociales no es otra red mejor diseñada, más popular o más «sana», sino que es la realidad. Es tu vida. Porque, al final, tú te conviertes en aquello a lo que dedicas tu tiempo. Las redes sociales no son neutrales. Están pensadas para retenerte, para engancharte. Funcionan a base de pequeños estímulos constantes, de gratificaciones rápidas…, y claro, el corazón humano no está hecho para vivir de eso. ¿Qué pasa entonces? Que nos acostumbramos a lo inmediato, a lo superficial, y empezamos a perder capacidad para lo profundo: para el silencio, para la espera, para el encuentro real. Y esto tiene consecuencias muy concretas: más comparación, más ansiedad, más sensación de soledad. Paradójicamente, estamos hiperconectados…, pero cada vez nos cuesta más mirarnos de verdad, escucharnos, sostener una conversación sin distracciones porque el ritmo natural de las cosas no nos “compensa”. A mí hay algo que me parece clave, y es la mirada. Lo que tú miras cada día acaba configurando tu interior. Acaba influyendo en cómo ves el mundo, pero también en cómo te ves a ti mismo. Y si no cuidas eso, sin darte cuenta, pierdes libertad. Crees que eliges, pero en realidad muchas veces estás siendo dirigido por algoritmos que te muestran sólo una parte de la realidad. Pensemos en la lupita de Instagram que solo nos muestra lo que más nos gusta. Por eso la cuestión no es tanto si las redes son buenas o malas, sino: esto que estoy consumiendo, ¿me está ayudando a vivir mejor mi vida real, o me está consumiendo y alejando de ella? Porque el corazón está hecho para algo mucho más grande que una pantalla. Está hecho para el vínculo, para la presencia, para el amor concretado en un rostro. Y eso no se puede sustituir. De hecho, cuanto más nos refugiamos en lo virtual, más se empobrece nuestra vida real. Pero también diría algo importante: las redes no son el enemigo. Pueden ser una herramienta muy buena…, si están en su sitio. Si son un medio y no un refugio o una evasión de nuestra vida. Si te impulsan hacia la vida real y no te esconden de ella. Y aquí entra algo muy práctico: revisar cómo usamos el móvil. Cuándo. A quién seguimos. Qué dejamos entrar en nuestra vida. Quitar notificaciones. Volver a elegir, en lugar de reaccionar constantemente. Y, sobre todo, recuperar lo esencial: mirar a los ojos, las sobremesas, las conversaciones sin prisa, las lecturas con libros físicos, hacer álbumes de fotos familiares como antaño, construir esos momentos pequeños que construyen una vida que haga que ni te acuerdes del móvil. Porque, en el fondo, la vida de verdad, la tuya, es mucho más épica que cualquier cosa que puedas ver en una pantalla: el atardecer de Vallecas es mejor que el que ves de un influencer en Formentera, y hacer la cama con la sábana de franela puede ser “matar tu dragón”. Ojalá redescubramos eso: que nuestra vida está hecha para ser vivida por nosotros. Y que si estoy en la realidad en la que estoy es porque no existe nadie mejor que yo para vivir, cuidar, custodiar y hacer florecer esta realidad. Las redes sociales pueden ser la trampa que nos alejen de tomar el protagonismo heroico de nuestra vida. Por otra parte, se da más veracidad a la gente con más alcance que a gente que quizá dice la verdad aunque tenga menos alcance. Nuestro criterio de fiabilidad muchas veces son los seguidores.
A: Son una plataforma que permite que mi mensaje llegue a millones de personas. Las tengo un poco como diario personal, porque más allá de dar mi opinión en temas políticos también comparto partes de mi vida privada. Pero definitivamente son las mejores herramientas para dar la batalla cultural en la que estamos inmersos.
P: ¿Cómo os veis dentro de 20 años?, ¿cómo sería vuestra madurez o vejez ideal?
C: El otro día le decía a un amigo: “No sé qué hacer con mi vida, pero por lo menos sé quién soy”. Cada día a su afán. La verdad: no tengo un plan. Quizá porque no me preocupa tanto “qué estaré haciendo”, sino “quién seré”. Y en ese sentido me gustaría ser una mujer más formada y más entregada, que haya aprendido a amar más y mejor, y que pueda contribuir a que nos re-enamoremos de la Verdad y la encarnemos. Y, si Dios quiere, que ojalá sea así, me veo casada con un gran hombre y con muchos hijos.
A: Ojalá siendo madre y esposa, me imagino que mis hijos ya serían adolescentes, y tendré tiempo para dirigir mi propia empresa de algo relacionado con el bienestar, la salud, o la belleza. También me gustaría estar realizando algún proyecto humanitario y no descarto tener algún trabajo en la política. Aunque ojalá que España y Europa estén en el camino correcto y no me haga falta estar en política.
P: ¿Os preocupan los problemas dentro de la Iglesia Católica, como por ejemplo el llamado cisma de la sinodalidad en Alemania?
C: Claro que preocupan. La Iglesia es mi casa. Es lo que más me «preocupa», de hecho. Pero no vivo desde el miedo. La Iglesia no es una institución humana sin más: es de Cristo. Habrá crisis, errores, tensiones…, y la batalla espiritual es real, pero en ella también hay una santidad inmensa, muchas veces silenciosa. Y porque me preocupa, intento ser cada día más consecuente y cuidar la fidelidad personal. Como decía San Agustín en el sermón 8,8, “decís vosotros que los tiempos son malos, sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores: vosotros sois el tiempo”. Además, está escrito, como bien recuerda mi amigo Diego Blanco: la cosa está mal, se pondrá peor, pero vendrá Cristo y nos salvará.
A: Hay muchas cosas a mejorar, aunque mi fe no depende de ninguna institución.