'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

La poetisa que plantó cara al comunismo

Ana Ajmátova (1889-1966) encarna la tragedia de la cultura rusa en el siglo XX. Se llamaba Ana Andreyevna Gorenko y había nacido en el seno de una familia burguesa -sus padres estaban emparentados con la nobleza rusa de origen tártaro- y cerca de una de las ciudades más fabulosas de Europa: Odessa. Punto de encuentro de culturas y encrucijada de continentes, allí convergían armenios y griegos, rusos y ucranianos, persas, judíos, azeríes, georgianos. En las raíces de Ajmátova está la Horda de Oro -llamada también el Yugo Mongol- y un kan asesinado por un sicario ruso. Ella decía que aquel antepasado descendía del mítico Gengis Khan. Cuando tenía once meses, su familia se trasladó a Tsarkoye Selo -el Campo de los Zares- donde había estado la corte imperial. Allí cerca estuvo acantonada la guardia real de la Zarina Catalina la Grande. Allí estudió Pushkin. Allí pasó Ajmátova parte de su infancia.

Todo parecía abocarla a la literatura.

Sin embargo, nada sería sencillo en la vida de esta poetisa prodigiosa. Sus padres se separaron en 1905. En 1906 se trasladó a Kiev, cuna de la civilización rusa, y en 1910 se casó con el poeta Nikolai Gumiliov. Su familia condenó la boda y nadie asistió a ella. Se fueron de luna de miel a París. Allí la pintó Modigliani por primera vez. El mismo año de su boda, empezó a estudiar Derecho en Kiev. Lo dejó al curso siguiente y se trasladó a San Petersburgo. No era muy feliz en su matrimonio.

Es difícil describir el ambiente intelectual de la ciudad de los zares al final del imperio. El lector debe imaginar, a la vez, el esplendor de la corte, la majestuosidad de los palacios sobre el Neva, los cafés atestados de humo donde conspiraban los enemigos del zar, la policía secreta, los poetas bohemios, el periodismo como encarnación de la escritura de la modernidad, las vanguardias, el cine recién nacido, el jazz. Si Leonardo da Vinci o Miguel Ángel hubiesen vivido en ese tiempo, se hubieran trasladado a San Petersburgo. Allí Ajmátova conoce al gran Mandelstam. Se dice que tiene una aventura con él. Ella había empezado a escribir poesía a los 11 años. Junto a Gorodetski, el matrimonio funda el Gremio de Poetas en 1910. El grupo es antisimbolista. Quiere escribir con la claridad con que uno habla. Ajmátova se va haciendo famosa. Gumiliov siente la pasión de África y hace varios viajes. Ajmátova vuelve a París. Allí la pinta de nuevo Modigliani. La retrata desnuda.

Es inevitable enamorarse de esta mujer morena, alta, de ojos azules. Las mujeres adoran sus poemas. Le escriben cartas. Es aristocrática. No transige con las convenciones de la poesía simbolista. El Gremio de Poetas se aproxima al acmeísmo, un movimiento poético que asimila la poesía a cualquier otro oficio que requiere técnica artesanal.

La historia se acelera. ¡Atención! Estalla la Primera Guerra Mundial. Gumiliov se presenta voluntario. Ajmátova ha visto venir el horror -en julio escribe “se aproximan tiempos aterradores/pronto tumbas frescas cubrirán la tierra”. Se relaciona con el poeta Borin Anrep y con Pasternak. El ejército del zar combate con bravura pero, en Rusia, la revolución se está fraguando cada minuto. Estalla en 1917. Los zares caen. Los amigos de Ajmátova huyen del país o los matan. La relación matrimonial está muy deteriorada. Ajmátova y Gumiliov se divorcian en 1918. Ajmátova se casa con un célebre asiriólogo: Vladímir Shilejko, traductor del Poema de Gilgamesh.

El comunismo transforma la voz poética de Ajmátova. En 1921, acusan a Gumiliov de antibolchevique y lo fusilan junto con 61 presuntos conspiradores. Los cargos son un montaje de la Cheka como parte de la persecución contra los intelectuales de San Petersburgo. Los poetas acmeístas son exterminados. La inteligencia rusa queda diezmada. Ajmátova cae en desgracia. Los bolcheviques no perdonan su “estética” burguesa ni su origen aristocrático. A partir de 1925, apenas puede publicar. Traduce a Tagore y a Leopardi. Cultiva la crítica literaria. Como no publica, muchos creen que ha muerto. Está arruinada. No tiene ni para comer. A su amigo íntimo Mandelstan lo envían a un campo de trabajo, donde morirá. Es el terror de Yezhov: detenciones, deportaciones, la confesión arrancada mediante tortura como parte del proceso de destrucción del ser humano. El acusado debe “confesar” y, de este modo, reconocerse a sí mismo como culpable y merecedor de castigo. Arthur London describió en “La confesión” cómo se quiebra a una persona. Entre 1922 y 1935 Ajmátova está agotada, reprimida, casi asfixiada.

Pero no ha muerto.

En 1935, comienza a escribir “Requiem”, el ciclo poético que recoge la oscuridad infinita del comunismo, y que en español ha editado Galaxia Gutemberg. La poetisa formula en sus versos la más dura acusación contra la tiranía comunista. Se traslada constantemente y lleva consigo el manuscrito. Lo relee. Lo reescribe. Lo amplía. Sabe que algún día eso será la prueba de este dolor atroz del pueblo sometido a un régimen que mata los cuerpos y aspira a sofocar los espíritus. En “Requiem” está todo. Uno de sus primeros versos dice “De madrugada vinieron a buscarte”. Recurre al relato evangélico para describir el sufrimiento de un pueblo crucificado en la historia. Allí están María y la Magdalena. Ya no es romántica. Ahora ha visto el abismo y resiste para contarlo. En 1938 la policía secreta detiene a su hijo Lev (León). La vigilan constantemente, intervienen sus comunicaciones, interrogan a sus allegados. Sus trabajos circulan en secreto. Sus amigos memorizan sus poemas y después los recitan. En 1941, el Tercer Reich invade la Unión Soviética. Durante dos años, cuatro meses, dos semanas y cinco días los nazis asediarán Leningrado, la ciudad que amaba. En 1942, será evacuada a Chistopol, donde coincidirá con Pasternak, y después a Tashkent, en Uzbekistán. En mayo de 1944, regresa a Leningrado. Lee poemas a los soldados en los hospitales. Logra publicar en Pravda. Sin embargo, sigue vigilada. Por sus contactos con intelectuales occidentales -por ejemplo, Isaiah Berlin- la expulsan de la Unión de Escritores Soviéticos. Detienen de nuevo a su hijo en 1949 y lo condenan a 10 años en Siberia. Tras la muerte de Stalin en 1953, sus poemas reaparecen en 1956. Ese año liberan a su hijo. La amistad de los intelectuales de Occidente le granjea cierta seguridad y reconocimiento también en la URSS. Se le permite viajar al extranjero. Su obra se revaloriza. Es condecorada. Morirá el 5 de marzo de 1966 en Moscú a los 76 años.

Déjenme terminar con un pasaje de “Requiem”, que nos hace volver a 1938. Cuando detienen a su hijo, Ajmátova va a prisión a llevarle comida. Ve a las madres que aguardan para preguntar por sus seres queridos. Así evoca ese tiempo:

“Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer -los labios morados de frío- que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba solo en susurro):

– ¿Y usted puede dar cuenta de esto?

Yo le dije:

-Puedo

Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro.”

 

Por Dios, lean a Ajmátova.

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