La última gran esperanza de Juanma Moreno es que VOX fracase gobernando. Según él, caerá en cuanto «demuestre que sus políticas no son viables». Es el mantra que repite todo el establishment, la profecía autocumplida que se recita en tertulias como un acto de fe. Suena bien, se repite con convicción, pero es una mentira. Y él lo sabe.
El problema no es que las promesas de VOX sean inviables. Es que son perfectamente realizables. Defender las fronteras, derogar las leyes ideológicas, mano dura contra el crimen, bajar impuestos, eliminar chiringuitos. No son fantasías utópicas. Son medidas que se implementan con una decisión política y funcionan en cuanto se toman.
El resto del espectro político lleva décadas vendiendo humo y llamándolo política. Salvar el planeta en 2100, acabar con la desigualdad estructural, luchar contra el machismo, construir una sociedad más inclusiva. Pura palabrería. Nada de eso se toca, se mide o se verifica. Son conceptos vacíos. Y los conceptos vacíos no pagan hipotecas, no bajan la luz y no evitan que te roben en el metro.
El sistema opera exclusivamente en abstracciones porque ahí jamás puede ser refutado. Prometes acabar con el machismo y nunca hay forma de medir el éxito porque el concepto es tan elástico que puede significar cualquier cosa. Siempre podrás decir que queda trabajo por hacer, que faltan recursos, que la sociedad no está preparada para tus políticas. Prometes neutralidad climática para 2050, estupendo: nadie sabe ni lo que es y desde luego nadie podrá pedirte cuentas porque estarás fuera del cargo —probablemente fuera de este mundo— cuando llegue la fecha. Las promesas abstractas son el refugio perfecto de quienes no quieren rendir cuentas.
Las políticas concretas son peligrosas. Porque se miden. O controlas las fronteras o no. O reduces el crimen o no. O bajas los impuestos o no. No hay retórica que valga. Los resultados están ahí, brutales, verificables. Y por eso Moreno y todo su club las temen: porque obligan a mojarse.
Bukele prometió acabar con las pandillas y ahora El Salvador es uno de los países más seguros del mundo. Las madres dejan jugar a sus hijos en la calle. Los comerciantes trabajan sin pagar extorsión. La gente vive sin miedo. Los hechos aplastan la palabrería. Así que vuelven a las abstracciones: que si los derechos humanos, que si la dignidad, que si eso es dictatorial. Cualquier cosa con tal de no admitir que funciona.
Moreno dice que las políticas de VOX no son viables. ¿Cuáles? ¿Defender las fronteras? ¿Derogar la ley de Memoria Histórica? ¿Dar autoridad a la policía? ¿Cerrar chiringuitos? Todo eso funciona donde se intenta. Todo eso son decisiones políticas, no imposibles metafísicos. Lo que pasa es que él no quiere tomarlas.
No son inviables. Son incómodas. Rompen los consensos de los que vive Moreno. Obligan a priorizar lo que la gente necesita hoy frente a lo que los vendedores de crecepelos consideran importante para dentro de 30 años. Obligan a hacer algo en lugar de hablar.
La viabilidad de una política no depende de su complejidad técnica sino de la voluntad política para aplicarla. Y ahí está el problema de Moreno. Su sistema vive de la mentira de que los problemas reales no tienen soluciones sencillas. Que hace falta más diálogo, más consenso, más pedagogía, más Europa y más tiempo. Siempre más tiempo. Mientras, los problemas se amontonan.
VOX propone soluciones que se implementan en una legislatura y dan resultados antes de las siguientes elecciones. Eso aterroriza a Moreno. Porque si funcionan, quedará claro que no era imposible, sino que simplemente él y los suyos no querían llevarlo a cabo. Que llevan décadas mangoneando sin resolver nada.
La batalla no es entre izquierda y derecha. Es entre quienes gobiernan con palabrería y quienes resuelven problemas. Entre quienes prometen abstracciones para pasado mañana y quienes entregan cosas tangibles hoy.
Y en esa batalla, la viabilidad está del lado de lo concreto. Siempre lo ha estado. Por eso tienen miedo.