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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Qatar: más allá del bloqueo

En 2014, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Arabia Saudí rompieron relaciones diplomáticas con Qatar alegando apoyo por parte del país a los Hermanos Musulmanes, sin embargo, la intranquilidad de las monarquías del Gofo ante el surgimiento de Estado Islámico y el acercamiento de Estados Unidos a Irán provocó que se retomaran las relaciones nueve meses más tarde. De nuevo, el pasado lunes 5 de junio estos tres países -a los que se sumaron Egipto y Yemen, entre otros, volvieron a suspender los lazos diplomáticos con Qatar, aislando además el país por mar, aire y tierra.

Qatar adquirió la independencia de Reino Unido en 1971 y desde entonces ha estado regido por la familia al-Thani. Las tensiones entre el antiguo protectorado británico y sus vecinos del Golfo Pérsico no son novedad. El apoyo de Qatar a movimientos islamistas como Hermanos Musulmanes o Hamas ha sido el factor decisivo a través del cual se originaron las tensiones entre los países de Oriente Medio, adquiriendo más fuerza a medida que se dinamitaron las revueltas árabes.

Bajo el pretexto de que Qatar ha arropado y financiado al terrorismo islamista, los intereses y las luchas regionales se están abriendo paso peligrosamente. Esta no es una circunstancia inusual, el juego geoestratégico de los países de Oriente Medio dirigido a mantener y potenciar los intereses estratégicos regionales viene de recorrer un largo camino.

La violencia en Oriente Medio se ha sustentado mayoritariamente en las diferencias religiosas causadas por el binomio suní-chií. Arabia Saudí e Irán, respectivamente, son las figuras representantes principales de cada una de estas ramas del Islam. Bajo esa imagen de apoderados y defensores de la identidad religiosa han encuadrado la lucha por la prevalencia de la hegemonía regional.

En este último episodio, Irán, como no podía ser de otra manera, se ha posicionado del lado de Qatar. El Estado persa mantiene con el país del Golfo relaciones en base a suministros energéticos, por lo que mantener las relaciones entre ellos juega en beneficio para Irán. La política exterior de Teherán ha estado marcada por las relaciones de hostilidad con Arabia Saudí, ambos países pugnando desde tiempo atrás por la hegemonía en Oriente Medio. Irán, sabiendo aprovechar las circunstancias contextuales, ha buscado reforzar la identidad chií frente al sunismo, ejerciendo como la principal y más representativa potencia chií de la región. Para ello ha puesto en marcha políticas a nivel externo de carácter militar, y ha apoyado y tomado parte muy decisiva en los conflictos de Irak y Siria. En cuanto a la guerra civil siria, Irán ha tomado un papel determinante dotando de recursos militares o alentando a Hezbolá a que participara en el conflicto con el objetivo de mantener el régimen de al Asad. Las ansias de poder regional de Irán se han hecho palpables más allá de la ofensiva contra Estado Islámico o el conflicto sirio. En Yemen, después de que los hutíes tomaran Sanaa, la influencia chií ha sabido expandir su poder más allá de las fronteras más próximas. Con el apoyo de Irán a los hutíes dejó clara su intención de inquietar Arabia Saudí y su afán de llegar a ser un referente en Oriente Medio. La población chií repartida por toda la región ha situado a Irán como el referente y gran defensor de su comunidad.

Por su parte, el estallido de la Primavera Árabe hizo que Arabia Saudí, ante el miedo de que la revolución pudiera importarse, tuviera que hacer frente a las aspiraciones islamistas de los Hermanos Musulmanes y su alta representación en las elecciones de otros países árabes. La monarquía saudí ha encarado la inestabilidad regional con políticas internas, silenciando cualquier voz contraria al régimen, y externas, apoyando a Estados afines como Bahréin o Egipto o desacreditando a Irán en su lucha por la influencia regional. En ese sentido, la evidencia de que Qatar haya dotado de recursos económicos a Hermanos Musulmantes puso a la monarquía saudí en un estado de alerta. Además, otro elemento de potencial riesgo para Arabia Saudí es el canal al-Jazeera. El gigante televisivo qatarí, en su versión en inglés y desmarcándose de la tónica habitual de la región en cuanto a medios de comunicación, destaca por su contenido tolerante ante una diversidad de opiniones, su amplio margen de libertad a la hora de informar y su apertura cultural y política. Todo ello provocando un sentimiento de incomodidad y recelo entre las monarquías más autoritarias del Golfo Pérsico.

La rivalidad entre ambas potencias, Irán y Arabia Saudí, tiene lugar mediante el apoyo (financiero, militar, etc.) a terceros países, nunca directamente y de forma bilateral, y mediante la incursión en los asuntos internos de otras naciones, ya sea en Siria, Líbano o Egipto. Dentro de este marco de actuación, el objetivo de Riad es, esencialmente, contener y reprimir la influencia iraní, el yihadismo de corte salafista o ideologías como las apoyadas por los Hermanos Musulmanes y grupos análogos que puedan poner en riesgo y evidencia la prevalencia de la monarquía. Por ende, a fin de hacer efectivos estos propósitos, ha emprendido recientemente un peculiar activismo militar en Estados como Siria, mientras que hasta ahora toda eventual intervención consistía en sustentar financieramente a determinado país.

A la vez, otros países de la región están aprovechando la coyuntura para abrirse paso en la notable búsqueda de influencia territorial. Así, varias naciones se han posicionado al lado de Qatar en base a intereses propios y regionales. Teniendo en cuenta la prevalencia de Arabia Saudí, Turquía, en este juego de conflictos, ha autorizado enviar tropas a Qatar para proteger el país frente a una posible escalada del conflicto. Desde Ankara se ha manifestado la intención de apoyar militar y económicamente a Qatar en caso de que la censura siga adelante. Egipto, por su parte, ha tomado parte junto las monarquías del Golfo acusando al emirato de Qatar de apoyar a los terroristas del Sinaí e intervenir en los asuntos internos del país.

La crisis qatarí acaba de dar el pistoletazo de salida y no parece que vaya a ver el final pronto. Frente al resto de conflictos que están teniendo lugar en la región (la lucha contra Estado Islámico o la Guerra Civil siria), podría verse como un asunto de segunda categoría, sin embargo, una escalada mayor de la tensión puede afectar peligrosamente a la estabilidad regional en detrimento de la seguridad. La visible unión en las últimas décadas entre los países que forman el Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo está dejando paso a una división muy marcada en el seno de este Consejo. El tablero regional está sufriendo un reposicionamiento cuyas consecuencias manifiestan un futuro espinoso e inseguro.

Finalmente, aunque estos últimos acontecimientos en Oriente Medio puedan percibirse como lejanos, y ante la nueva Administración Trump que parece gobernar arbitrariamente a golpe de tweet, sentimentalismos e intereses económicos personales, Europa necesita y debe implicarse de manera visible en el restablecimiento de la estabilidad de Oriente Medio.

Nora Gómez

DOI AICS

 

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