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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Distributismo: ni capitalismo ni socialismo

Europa conoció entre las dos guerra mundiales numerosas teorías y filosofías que buscaban un camino más allá del capitalismo y el socialismo. Las calamidades de la segunda guerra mundial ahogaron a la mayoría de estas ideas, pero en muchos aspectos siguen vivas. Un ejemplo: el distributismo, una teoría económica de cuño católico ideada, entre otros, por Chesterton y Belloc.

El distributismo parte de esta reflexión: la civilización europea, cristiana, se sustenta sobre una sociedad de hombres libres, y esa libertad se basa a su vez en la propiedad. De hecho, el grado mayor de la justicia social consiste en que todo el mundo pueda ser propietario sin invadir la propiedad de otro. Ahora bien, el camino de la civilización en los últimos años ha ido en otra dirección: el número de propietarios disminuye mientras aumenta la cuantía de sus propiedades; así aumenta también el número de expropiados, de personas que ya no tienen acceso a la propiedad, con lo cual emerge el socialismo. Este proceso significa una terrible amenaza para la base misma de la civilización cristiana. Frente a esa degeneración de las ideas de libertad y propiedad, los distributistas proponen materializar una concepción real de la libertad, restaurar la dignidad del hombre y la independencia de las familias, todo ello salvaguardado de forma apropiada por la distribución de la propiedad. Chesterton y Belloc enlazan aquí plenamente con la doctrina social de la Iglesia, que también buscaba desde finales del siglo XIX una vía alternativa a la oposición capitalismo/socialismo.

El distributismo parte de la idea de bien común: una sociedad que esté al servicio del ser humano. El estado debe garantizar el libre desarrollo de las instituciones naturales: la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales, etc. El estado no está para suplantar a la sociedad, sino para cubrir aquellas cuestiones donde la iniciativa social no llega: eso se llama subsidiariedad. Los distributistas consideran también fundamental la participación de las personas en la vida pública: nadie puede gobernar legítimamente a espaldas de la gente. La propiedad –añaden- está al servicio del hombre, no al revés: es decir que el derecho a la propiedad privada no puede implicar que se desposea al prójimo. Una sociedad debe ser, ante todo, una comunidad: un espacio de relación mutua al servicio del interés general, por encima del individualismo.

Para los distributistas, el trabajo es más importante que el capital, porque es obra, creación, y el espacio natural de vida –familiar, laboral, etc.- es más importante que el mercado abstracto. Así pensaban Chesterton, Belloc y otros muchos. Son ideas que hoy, un siglo después de ser enunciadas, siguen teniendo vigencia.

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