Diario de Información y Análisis de Intereconomía
TRIBUNA

Los militaristas vientos del Norte

Como es sabido, la puesta en marcha de esa industria tuvo un importante eco en el cine, dando lugar a un subgénero que tomó su nombre del actor Alfredo Landa.

A mediados de los 70, en pleno proceso de fabricación del nuevo PSOE, estructura tan útil para incorporar a España al club europeo, pero también a la OTAN, los emisarios venidos de Estados Unidos y de Alemania, consignaban en sus informes la pasión europeísta de los españoles. A tal fascinación habían contribuido decisivamente no sólo las acciones pilotadas desde las instituciones, sino también los recursos propios de la cultura pop que marcó la segunda mitad del siglo XX. El movimiento yé-yé fue probablemente la más lograda unión de aspectos castizos y británicos. Si la música vivió un momento de eclosión, el cine también sirvió a los propósitos aperturistas que había iniciado Manuel Fraga, con su Spain is different!, lema vinculado a una nueva industria, el turismo, que de forma masiva dio continuidad a las actividades de los viajeros impertinentes del XIX. Hasta tal punto cobró importancia este sector, que hoy, lograda la ansiada integración europea al precio de desmantelar gran parte del tejido industrial español puesto en marcha durante el franquismo, sigue constituyendo el recurso fundamental de la economía de España.

Como es sabido, la puesta en marcha de esa industria tuvo un importante eco en el cine, dando lugar a un subgénero que tomó su nombre del actor Alfredo Landa: el landismo, que situaba en el centro de la escena a una suerte de chusco depredador sexual, el macho ibérico, encarnado por ese español bajito que seducía a suecas ávidas de encontrar hombres diferentes a sus braquicéfalos y rubios compatriotas. Limadas las distancias económicas y con España dentro del club europeo, el mito nórdico subsistió a despecho de pequeños detalles como las prolongadas prácticas eugenésicas que se mantuvieron en tierras tenidas como paradigma del progreso.

Con el mito apenas erosionado, las noticias llegadas recientemente desde Suecia comprometen seriamente uno de los aspectos principales de progresismo-ambiente español: el pacifismo a ultranza que predican las izquierdas indefinidas que ocupan calles y hemiciclos. Recuerde el lector los ardores antibelicistas de Ada Colau. En efecto, esta semana se ha sabido que el país de Olfo Palme y Björn Borg, se plantea la recuperación del servicio militar obligatorio, al cual, en rigurosa observancia de las políticas no sexistas, deberán integrarse tanto hombres como mujeres. La medida viene motivada por la dificultad para encontrar nacionales interesados en engrosar las filas de las fuerzas armadas, vistas cada vez más necesarias ante la pujanza de una Rusia que a menudo recuerda estampas propias de la Guerra Fría.

Tal iniciativa, proveniente de semejantes latitudes, supone un paso atrás en esa teleología progresista según la cual el futuro sólo se puede construir tras la desmilitarización de unas naciones que, de ese modo, difuminarían sus fronteras o las mantendrían consagrándose únicamente a las taumatúrgicas virtudes del diálogo, de la diplomacia, en suma. A nadie se le escapa que desde grandes áreas de la opinión pública española la implantación en nuestro país de esta medida supondría un intolerable paso atrás que invalidaría todo aquel movimiento que se movía entre los estrechos márgenes existentes entre el «mili KK» y el íntimo subjetivismo aparejado a la objeción de conciencia.

Sin embargo, algunas realidades distantes de la conciencia individual obligan a replantear una cuestión que, de no errar en nuestro análisis, volverá a suscitarse con frecuencia creciente. Algunos indicios así lo indican. Acaso el principal de ellos han sido las manifestaciones del emperador Trump, que ya ha señalado la obsolescencia de la OTAN actual. Agotados tras décadas de desgaste económico y de prestigio, los Estados Unidos, ahora democráticamente presididos por tan histriónico líder, no están dispuestos a mantener el coste de la garantía bélica que ha permitido el mantenimiento del estado de bienestar en una Europa que tras 1945 se convirtió en dique anticomunista. Los cálculos para mantener la actual situación ascienden, según los norteamericanos, a un aumento militar de un 55% que posiblemente impediría el sostenimiento de ejércitos profesionales. En tal tesitura, y a pesar de que las guerras, rebautizadas como operaciones de paz, se mantienen alejadas de la sublime Europa, es muy probable que en los próximos años el gasto militar, en efecto, suba, intención ya manifestada en la pacifista España por la actual Ministra del Guerra, María Dolores de Cospedal, que ha propuesto duplicar el presupuesto en Defensa en los próximos siete años. La intención, ya deslizada en una exclusiva conferencia-coloquio organizada por el Club Siglo XXI en un hotel de Madrid, va radicalmente en contra de la inercia pacifista existente. Sin embargo, muchos son los sutiles mecanismos, ante los cuales nada tenemos que objetar, capaces de ir doblegando la ideología de unos españoles, los más jóvenes, que han crecido en un contexto de crisis económica. Mecanismos que también tienen su dimensión cinematográfica, como oportunamente nos recuerda el estreno de una película, Zona hostil, repleta de uniformes.

El transcurrir del tiempo y de los acontecimientos, servirá para verificar si una vez más, aquellas letras de Quevedo, de marcado tono cíclico, se mantienen vigentes:

«Sale de la guerra, paz; de la paz, abundancia; de la abundancia, ocio; del ocio, vicio; del vicio, guerra.»

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