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TRIBUNA

Militares en el salón de Colau

La vuelta de las Fuerzas Armadas al Salón ofrecerá a la alcaldesa una nueva oportunidad de exhibir sus escasas dotes interpretativas.

Con la suficiencia propia de quien se cree en el final de la Historia, de un fin desde el que se podrían contemplar con displicencia las armas, los uniformes militares y las guerras, convertidas en reliquias arcaicas de un pasado definitivamente superado gracias a la aplicación de inmensas dosis de diálogo, tolerancia y democracia participativa, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, se acercó hace un año a los uniformados que se hallaban en el Salón de la Enseñanza de Barcelona, para decirles, sonriente y moralizante: «Ya sabes que nosotros preferimos como ayuntamiento que no haya presencia militar en el salón». La poderosa y topológica razón que esgrimió quien en su día lució colores y talle de avispa en su papel de Supervivienda, fue la que sigue: «por lo de separar espacios». De este modo, invitando a los representantes de las Fuerzas Armadas a abandonar el Salón, pretendía Colau apartar a los infantes de la tentación de optar por la vía bélica que, incompatible según sus entendederas con cualquier suerte de enseñanza digna de tal nombre, ofrecían los militares allí apostados.

Un año más tarde, el mismo Ejército que en su día aterró al sedicente Ministro de Asuntos Exteriores de Cataluña por sobrevolar Cataluña, temiendo una invasión tan imposible como la bien remunerada condición ministerial con que se presenta en algunas estancias europeas, ha triplicado su marcial ocupación en esa región. Queremos decir con esto, para sosiego de cabezas tan despejadas como la citada o tan pobladas como la de Puigdemont, que tras el referido incidente con Ada Colau, el Ejército se ha apresurado a realizar su preinscripción en el mismo Salón de la Enseñanza de Barcelona, dejando sin reacción a los pacifistas de todo pelaje y condición, pues la fobia a lo militar se dice de mucha formas.

Una de ellas es la que busca la desaparición de lo bélico en todo el orbe, anhelando la instauración de una atmósfera irenista de escala planetaria que contrasta con la realidad hasta el punto de hacer imposible tan ingenuo propósito. Quienes así se conducen, ya sean los más arriscados antisistema, herederos en Cataluña del clásico anarquismo, y capaces de elaborar refinados lemas como el ya clásico «¡tanques sí!, pero de cerveza»; ya los más sesudos defensores de una siempre desarmada sociedad civil de borrosas fronteras, ignoran la cruda realidad de un globo mucho menos globalizado de lo que creen, repleto en los mapas de manchas de color, las naciones políticas, y de una verdadera maraña de líneas llamadas fronteras, institución humana alrededor de la cual crece el federalismo, pero también la diplomacia y…. el poder militar. Dentro de este colectivo parece figurar, salvo que nos encontremos ante un infiltrado que borda su papel, un correligionario de Colau, el ex JEMAD José Julio Rodríguez, que tras su incorporación a las filas moradas se ha confesado militar pacifista, testimonio similar al de algunos de sus ex compañeros de gremio, que han sustituido el desagradable vocablo «guerra», por una fórmula imprecisa y procesual, la que responde a la resolución, pacífica, de conflictos. Huelga decir que la tradición pacifista española es larga, si bien uno de sus precedentes más mediáticos y recientes, con evidentes réditos políticos, fue el que se dio en los días del «¡No a la guerra!», que tenía en su metafórico punto de mira a quien había terminado con el servicio militar obligatorio: José María Aznar.

Sería, por otro lado, una imperdonable ingenuidad obviar un aspecto fundamental en esta controversia barcelonesa: las Fuerzas Armadas que triplicarán su espacio en el Salón, debido en gran medida al efecto llamada provocado por la propia alcaldesa con sus nada hospitalarias palabras, lo son de España, y tienen un mandato constitucional nítido: «garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional», misión que choca frontalmente con el fin de todas las maniobras, argucias y apelaciones al políticamente inexistente pueblo catalán, a las que se ha sumado la propia Colau, firme partidaria de mutilar el cuerpo nacional y electoral español necesario para dar paso al famoso «derecho a decidir».

En estas circunstancias, y pese a que la alcaldesa logró que en el Salón de la Infancia navideño no participara ningún cuerpo armado, el Ejército podrá, seguramente con gran éxito, ofrecer su jugosa oferta. Una oferta que no es sólo educativa, pues es evidente que un militar debe estar adiestrado en el llamado, no sin razón, arte de la guerra, sino también profesional, la que ofrece el Ministerio de Defensa, antes de la Guerra.

La vuelta de las Fuerzas Armadas al Salón ofrecerá a la alcaldesa una nueva oportunidad de exhibir sus escasas dotes interpretativas, aquellas que no le alcanzaron para hacer carrera como actriz. Cabe, no obstante, esperar que nos regale una escena similar, fiel a su prontuario ideológico en el cual tiene cabida, paralelo al mentado pacifismo, un laicismo que tiene mucho de anticlericalismo. Precisamente en el punto en el que confluyen Iglesia y Ejército aparece la figura de un gigante de la dramaturgia, Calderón de la Barca, clérigo, soldado y autor de unas letras indigeribles en el Ayuntamiento de la Ciudad Condal: «la milicia no es más que una religión de hombres honrados».

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