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TRIBUNA

Bruselas y el islamismo en Europa

Si algo nos enseña la historia de Occidente, que se remonta a la Biblia y a Homero, es que la historia no se padece, sino que se hace, se construye; mejor dicho, la construimos.

En 1919 -apenas un año después de terminada la I Guerra Mundial- el historiador Johan Huizinga publicó “El otoño de la Edad Media. Estudios sobre la forma de la vida y del espíritu durante los siglos XIV y XV en Francia y los Países Bajos”. Pretendía ser un estudio sobre la obra de los hermanos Hubert y Jan Van Eyck y los Primitivos Flamencos, mejor dicho, un estudio sobre la mentalidad de su tiempo. Sin duda, el libro sirve a ese propósito pero, además, brinda un compendio erudito y bellísimo sobre la cultura occidental en el tránsito de la Edad Media al Renacimiento, que en muchos aspectos la prolongó. Contrariamente a lo que pretendía Burkhardt -que, por otro lado, era un genio - no todo fue oscuro en el Medievo de Europa. Los sucesivos renacimientos fueron jalonando y construyendo esta prodigiosa civilización a la que llamamos Occidente. Huizinga describe la alta cultura cortesana en Borgoña, la poesía y los torneos en Flandes y en Francia, la sofisticación y la ritualización de una cultura nostálgica “de una vida más bella”. En este espacio floreció una de las formas más elaboradas y hermosas de la historia occidental. Lo que hoy son Bélgica, los Países Bajos y Francia contribuyeron así a enriquecer nuestra tradición en la pintura, la poesía, la arquitectura y, en suma, hicieron de nuestro continente parte de lo que hoy es.

Para mí Bélgica significa todo ese universo de la pintura gótica y la polifonía. Durante mucho tiempo, algunos de esos territorios pertenecieron a la Monarquía Hispánica. Durante más de un siglo y medio, en ellos, católicos, calvinista y protestantes se hicieron la guerra. Durante décadas, españoles, franceses, valones, flamencos y alemanes se mataron en nombre de Dios. El concepto moderno de tolerancia nació, precisamente, para poner fin a estas atrocidades. Europa se desangró en guerras de religión entre cristianos. Hoy leemos sobre la Matanza de la Noche de San Bartolomé (1572) o sobre la persecución de los católicos en Inglaterra (1535-1681) y nos horrorizamos de que tales cosas pudiesen acontecer alguna vez en esta tierra. España -de donde los judíos fueron expulsados en 1492- también tuvo su dosis de violencia religiosa allende y aquende sus fronteras. Baste recordar los procesos contra los luteranos entre 1559 y 1562. Nadie quedó limpio de culpa. A Miguel Servet lo quemaron vivo en Ginebra, donde predicaba Calvino.

Todos los europeos somos, pues, herederos de esa historia bellísima y estremecedora. Los grandes conceptos de nuestra civilización -la dignidad del ser humano, la razón, la libertad, el individuo, el derecho, el poder limitado- estos grandes conceptos, digo, se han formado a lo largo de siglos de controversias, guerras y tragedias. Juan Pablo II escribió en la bula Incarnationis Mysterium unas palabras valientes e históricas cuyo fundamento bíblico las entronca en la más pura tradición de Occidente: “Como Sucesor de Pedro, pido que en este año de misericordia la Iglesia, persuadida de la santidad que recibe de su Señor, se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos. Todos han pecado y nadie puede considerarse justo ante Dios (cf. 1 Re 8, 46). Que se repita sin temor: «Hemos pecado» (Jr 3, 25), pero manteniendo firme la certeza de que «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rm 5, 20)”.

Los atentados terroristas en el aeropuerto y el metro de Bruselas me conmocionaron. En Bélgica viven amigos míos y de mi familia desde hace casi veinte años. No pude evitar recordarlos y temí por su suerte hasta saber de su paradero. Ante el horror, que Europa viene sufriendo desde hace años, se van agotando las palabras de condena y de repulsa. Las redes sociales se llenaron, una vez más, de sentidas muestras de pésame y de lamentos sinceros acompañados de votos por la paz y contra la violencia. Sin embargo, estas reacciones emotivas son lógicas pero insuficientes.

Si algo nos enseña la historia de Occidente, que se remonta a la Biblia y a Homero, es que la historia no se padece, sino que se hace, se construye; mejor dicho, la construimos. Ante los desafíos, la tradición occidental no es preguntarse “qué va a pasar” sino “qué vamos a hacer”. Esto es lo que inspiró a los pueblos de la Hélade frente a los persas en las guerras Médicas. Esto es lo que sostuvo el esfuerzo civilizador de Roma desde las Islas Británicas hasta el Rin, el Danubio y los desiertos de África. Esta confianza en la historia como lugar y tiempo de la Salvación inspiró a los monjes que salvaron el legado de nuestra civilización durante las incursiones vikingas. Esta convicción inspiró la resistencia de los cristianos en el norte de la Península frente a la invasión islámica desde el año 711. La tradición judeocristiana enseña que siempre hay un camino a través del desierto.

Desde hace años, Europa está renegando de sus raíces y padece un complejo de culpa que la tiene asfixiada. En lugar de vivir el pasado como una lección, las sociedades europeas lo cargan como un peso insoportable que las condena a traicionarse constantemente. Sí, hay episodios terribles en nuestra historia, pero también los hay luminosos y son muchísimos. En lugar de olvidarlos, deberíamos enorgullecernos de ellos. Occidente sigue siendo un faro de esperanza y de luz para millones de seres humanos en todo el planeta por la promesa de dignidad, razón y derechos que su nombre significa. Los únicos culpables del terrorismo son los terroristas y sus cómplices. Sin embargo, es necesario pensar si los europeos vamos por el buen camino.

El barrio de Molenbeek y otros tantos como él en todas las ciudades europeas simbolizan esta rendición de Europa. La marginalidad y la pobreza no pueden ser pretextos para la inacción y el abandono simbólico, cultural y social frente a la irrupción del islamismo que ya hemos visto en Argelia, en Egipto, en Siria, en El Líbano, en Irán y en tantos otros lugares. La confusión entre tolerancia y desinterés ha terminado en una deriva suicida. Las sociedades europeas no son -y no tienen por qué ser- sociedades islámicas. El islamismo pretende imponer el islam como programa político y eso va contra la esencia misma de Occidente. La grandeza de nuestra civilización es que acoge muchas diferencias dentro de un marco común de convivencia. Por eso, en nuestro continente hay comunidades islámicas, mientras que en algunos países islámicos los cristianos sufren un genocidio silenciado y constante. Por eso, debemos reaccionar frente a los islamistas que pretenden utilizar las libertades europeas para socavar sus propios fundamentos y convertir sus sociedades en lo que no son: sociedades islámicas.

Los países europeos deben recuperar los fundamentos humanísticos de la tradición occidental -la historia, el arte, la música, la geografía- e incorporarlos de nuevo al sistema educativo pese a quien pese. El desprecio de las humanidades durante décadas ha conducido a que casi nadie sepa nada sobre su pasado ni, por lo tanto, sobre su futuro. Hay que llevar a los niños a los museos y las catedrales para enseñarles lo que significa nuestra civilización, que es mucho más que el Colonialismo y la Descolonización. Es necesario defender el uso oficial de las lenguas nacionales (español, francés, inglés, etc.) y su aprendizaje como parte del proceso de socialización. Debemos detener una deriva que -lejos de ser multicultural- pretende convertir espacios de diversidad en lugares donde los islamistas impongan su ley. El respeto a la libertad religiosa es uno de los fundamentos de Occidente -ahí está el Edicto de Nantes de 1598- pero no puede ser un pretexto para la incitación al odio contra Occidente, contra los judíos, contra los cristianos, contra los musulmanes moderados; contra todos, en fin, a los que unos fanáticos consideren sus enemigos. Vivir en Europa debería significar que un musulmán pueda convertirse al cristianismo sin temer por su vida o que un judío pueda llevar kipá por la calle sin miedo. A fuerza de renuncias, concesiones y abandonos, nos estamos suicidando simbólica y culturalmente.

 

Los musulmanes gozan en Europa de libertades inimaginables en muchas sociedades islámicas. Entre ellas, la de profesar la religión que quieran o ninguna en absoluto. Es un orgullo que deberíamos llevar a gala los europeos. Nuestra civilización debería ser esto: libertad religiosa para todos dentro de los límites de la ley, unos límites que los islamistas reconocen solo cuando les conviene. No, los musulmanes no son responsables de lo que unos radicales islamistas o unos terroristas yihadistas hagan, pero no podemos cerrar los ojos ante la presencia de fanáticos en Europa. Nada justifica el acoso a los musulmanes ni los ataques a las mezquitas ni las campañas islamófobas. Ahora bien, sería ingenuo no apreciar el doble rasero, la cobardía y los complejos que durante años han beneficiado a los islamistas. Para algunos, la libertad religiosa tiene dos facetas. La primera es que los islamistas puedan hacer lo que quieran. La segunda es que a cristianos y judíos se les pueda hacer lo que se quiera. Se los puede vejar, ridiculizar e insultar. Se pueden profanar sus lugares de culto y sus cementerios. Si protestan serán intolerantes y fanáticos. Si defienden su libertad religiosa dentro de la ley, serán fanáticos e inquisidores.

Es cierto que hubo un tiempo en que se incitaba al odio desde las iglesias o desde las asambleas parlamentarias. Es cierto, pero ese tiempo pasó y millones de europeos están comprometidos en evitar que vuelva. Las reacciones en prevención de la islamofobia inmediatamente posteriores a los atentados dan buena cuenta de que el peligro -que existe, sin duda- tiene quien lo afronte. Debemos estar alerta, sí, pero la lección de los atentados de Bruselas -como la de Bataclan, el tren Thalys de París a Amsterdam, Charlie Hebdo y el Hyper Cacher (2015) y el Museo Judío de Bruselas (2014), entre otros- es más amplia y más compleja. En Europa, los islamistas y los yihadistas han encontrado una civilización debilitada por la culpa y la desmemoria, unos políticos aterrorizados por el miedo a la opinión pública y las encuestas y unas sociedades acobardadas o eufóricas según lo que salga en las noticias, que de inmediato se olvida. Nociones básicas como el sacrificio, el heroísmo o la confianza en el futuro han caído en el olvido cuando no en el ridículo de una posmodernidad que se está agotando a sí misma. Al final, va a ser igual luchar contra los nazis en el gueto de Varsovia (1943) que cantar “Imagine” en un concierto. No le quito importancia ni valor a las conmemoraciones. Al contrario, digo que deben llevarnos a la acción decidida y no a la autocompasión culpable.

En 1989, el ayatolá Ruhollah Jomeiní condenó a muerte a Salman Rushdie por un libro impío. Desde entonces, el escritor anglo-indio ha tenido que vivir escondido en la clandestinidad mientras la Revolución Islámica iraní extendía su influencia por todo el mundo. 

Antes, en toda Europa, se habían ido haciendo renuncias y concesiones en el urbanismo, los sistemas educativos, la jurisprudencia sobre derechos humanos, etc. Llevamos cincuenta años de equivocaciones y cobardías.

 

Es el momento de reaccionar.

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