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La disolución del Congreso y la convocatoria a una constituyente aparecen en el horizonte

Castillo empuja a la sociedad peruana a la crispación y a la violencia para imponer su agenda izquierdista

El presidente izquierdista de Perú, Pedro Castillo. Facebook

Luego de seis meses en la presidencia de Perú, Pedro Castillo ha cambiado de Gabinete por tercera vez. En cualquier país normal, estaríamos hablando de un presidente en crisis, endeble y sin rumbo. En los estándares europeos, sería una catástrofe política. Ni en la Italia de los años noventa se vieron tal cantidad de cambios en tan poco tiempo en un Ejecutivo. Es raro inclusive en los sistemas parlamentarios, ver tal rotación sin que sea muestra de un gobierno que hace aguas.

Pero en el Socialismo del Siglo XXI, nada es lo que parece a simple vista. La bitácora puede variar en el camino en cada variante nacional, pero el fin es el mismo: destruir la democracia existente para construir otro sistema que conduce a cualquier cosa menos a un régimen de plenas libertades.

Simulación, purga y sobremarcha

Hay que tener claro que el objetivo es uno solo y ese es destruir la democracia e implantar un régimen sin libertades que estará alineado con los objetivos globales de la izquierda: fin del dominio de EEUU, capitalismo de mafias donde el Estado es controlado por una casta que puede variar de nombre: militar, política, religiosa o incluso las tres a la vez. Destrucción de los valores que sostienen a Occidente, donde la libertad es la víctima principal, la democracia la víctima asociada y el sistema establecido o no estará más (la República, la Monarquía) o se adaptará a los intereses de la nueva casta, en hibridación que en principio parece algo nuevo, pero no es más que una descomposición de lo existente conviviendo con los nuevos amos, que exacerban las taras del status quo.

Es fácil identificarlo en Venezuela, donde la burguesía que se alineó al chavismo, sobrevivió. El resto fue arrasado, expropiado, exiliado e incluso asesinado en casos puntuales donde los mensajes no fueron debidamente entendidos. En Nicaragua no puede hablarse del sandinismo sino como una fase en descomposición del sistema de oligarquías terratenientes que se entronizó durante la era Somoza. En cada variante, sus propias características. Pero el fin, siempre es el mismo: no importa por donde se camine, siempre se llegará a la supresión de las libertades.

¿Por qué debería ser distinto en Perú? No hay razón alguna. Pero es importante hacer una observación capital cuando se revisa al Socialismo del Siglo XXI o de cualquier siglo: la vía violenta siempre está contemplada y siempre ocurrirá. En cualquier momento. De cualquier manera. Pero habrá violencia y lo que varía es su intensidad y resultado.

El chavismo arrancó con la violencia de la guerra de guerrillas en los años 60 del siglo XX como referencia y con los golpes de estado de Chávez en 1992 como colofón de una declaración de intenciones lo suficientemente elocuente.

Luego, viene la fase de mimetizarse, ante el fracaso de la vía violenta. Se guarda entonces la espada y se saca el cartel electoral. Se llega al poder negándose a sí mismos: no somos comunistas, no somos socialistas, queremos lo mejor para el pueblo, no perseguiremos a nadie, no venimos a expropiar, no somos Cuba ni Venezuela.

Pero cuando la fase de simulación acaba, se requiere la depuración de los elementos que se sumaron al proyecto electoral solo con el fin electoral. Es decir, la simulación requería que se sumaran actores que sirvieran para esa fase. Liquidada la fase electoral, se requiere irlos purgando. Y de purga en purga, se llegará a la vía violenta.

La violencia siempre será utilizada

Los elementos que se sumaron de forma coyuntural son purgados cuando se superan las fases electorales y las de apaciguamiento de la resistencia inicial. Se aprovechan las normas no escritas de la democracia para disfrutar la “luna de miel” que la sociedad otorga al nuevo gobierno. Es el momento entonces de estructurar los pasos que conducen a la imposición del modelo. Y esto normalmente se da por la vía de facto.

La imposición violenta de una nueva constitución, que en principio puede hacerse por consenso (como en Venezuela o Chile) pero que al final deja claro que la Revolución necesita una camisa constitucional a la medida para usarla en su jornada de destrucción. Superado el escollo de la nueva carta magna, empieza la fase de aceleración, de sobremarcha rumbo a la destrucción.

Pero todo depende del país al cual se le desarrolle esta enfermedad que es el Socialismo del Siglo XXI. No puede preverse dónde estallará la fase violenta y de qué manera. A veces estalla primero la violencia y después las otras fases. A veces ocurren eventos simultáneos. Pero todo va al mismo sitio siempre.

El sandinismo arrancó con una guerra de guerrillas y después continuó ese camino hasta llegar a la vía electoral. Ahí, la violencia la impuso por la vía represiva, desde el poder. El chavismo después de llegar al poder, empujó y empujó a la sociedad hasta llevarla al hartazgo para provocar los hechos violentos de abril de 2002 que le permitieron acelerar a Chávez, al retornar al poder después de su breve derrocamiento. Se vivió una purga de más decenas de miles de empleados de la industria petrolera, de la administración pública y, por supuesto, de las Fuerzas Armadas.

A Correa un fallido golpe lo ayudó a entronizarse después que se agotó su discurso guerrerista frente a Colombia ante la ejecución de un jefe de las GFARC en territorio ecuatoriano. Evo Morales encabezó violentas protestas usando dinamita en las calles contra militares y policías para abrirse camino a la toma del poder.

La violencia, siempre estará ahí. Siempre. El problema es saber determinar cuándo.

El impredecible escenario peruano

¿Puede equipararse las crisis violentas de imposición del modelo previamente expuestas, con Perú hoy? Habría que evaluar muchos factores y responder preguntas.

¿Está en marcha una purga de factores que ya no le sirven a Castillo en la fase post electoral? ¿Está en marcha la toma de control absoluta y sin alianzas que predispongan la acción de gobierno?

¿Se está empujando a la sociedad a la calle para que, de nuevo como en los dos años anteriores, veamos a un presidente saliendo del poder a través de la acción parlamentaria? ¿Cuenta Castillo con este escenario para sacarse literalmente un conejo militar del sombrero y disolver el Congreso como lo hizo Fujimori en 1991?

¿Se empuja el conflicto de calle para abrir paso a la represión, sea con los cuerpos armados del estado o sea con fuerzas paramilitares al servicio del partido de Castillo?

¿Es la entrada del nuevo presidente del consejo de ministros Héctor Valer, el preludio de una crisis parlamentaria donde se ponga sobre la mesa una nueva constitución a la medida de Castillo o una disolución del Congreso, por cualquier vía?

Sinceramente, es difícil saber a estas alturas a qué se juega. Pero lo que sí parece claro, es que Perú ya cayó en la terrible vorágine revolucionaria que se sabe dónde comienza, pero nunca dónde termina.

Pero siempre termina mal.

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