El Senado de EEUU aprueba someter a juicio político a un particular

ES NECESARIO DESTRUIR A TRUMP
El presidente de .S. Donald Trump parte en viaje a West Point, Nueva York desde south Lawn en la Casa Blanca en Washington, Estados Unidos, el 12 de diciembre de 2020. REUTERS/Cheriss May/File Photo

Creíamos saber lo que era un ‘impeachment’, el juicio político por parte de la legislatura para cesar a un cargo ejecutivo; pero, al parecer, estábamos completamente equivocados y puede aplicarse igualmente a un particular que no ostenta puesto político alguno, como Donald Trump.

De hecho se parece más a la ‘damnatio memoriae’ romana, o a esa lanzada a moro muerto que constituye una de las armas de distracción masiva de la izquierda española cuando la aplica a Franco.

No basta con montar una conjura de poderes fácticos, corporaciones y sindicatos de la manita, para echar al presidente, como reveló con recochineo la revista TIME: es necesario destruirle, hacer de él un escarmiento público para que nadie más ose nunca desafiar el discurso de las élites. Hay en todo ello una vesania de la que solo parece capaz la opinión izquierdista, que gusta de no hacer prisioneros cuando llega al poder.

Es todo tan ridículo que el primer paso ha sido decidir si la maniobra es constitucional. Y los senadores votaron que sí 56-44, es decir, todos los demócratas como un solo hombre más seis republicanos que, por lo visto, no tienen el menor deseo de ser reelegidos jamás: Romney, Cassidy, Collins, Toomey, Murkowski y Sasse. Será curioso seguirles la pista. El caso es que hoy empieza en serio el juicio.

El relato es el siguiente: el todavía presidente Trump incitó a los suyos a forzar un golpe de Estado invadiendo las sedes del poder legislativo en Washington. Con un poco de imaginación, cualquier cosa es creíble.

Pero estamos en el siglo XXI, y es un poco difícil no advertir lo que está grabado por todas partes, empezando por la inmediata reacción de Trump a los sucesos, condenándolo sin paliativos y haciendo un llamado a la calma y al fin de toda violencia, o los vídeos de policías del Capitolio animando a los revoltosos a pasar, o el carácter abiertamente carnavalesco de todo el asunto: es un poco difícil ver al hombre búfalo pasearse por la cámara y dar a eso el grave título de ‘golpe de Estado’.

Para acabar de arreglarlo, uno de los tipos acusado por las autoridades de organizar el golpe de mano y pertenecer al grupo paramilitar de ultraderecha de los Oath Keepers resulta disponer de un pase de seguridad de primer nivel desde hace décadas y ha trabajado para el FBI. Thomas Caldwell, a quien se achaca una posición de liderazgo en la citada milicia, trabajó como jefe de sección en el FBI de 2009 a 2010, como ha alegado su abogado. ¿Les he dicho ya que todo apesta a montaje?

Digámoslo claramente: el ‘impeachment’ a Trump era la opción preferida de los demócratas desde antes de que pusiese un pie en la Casa Blanca en 2016. No me crean, revisen la hemeroteca. ‘Impeachment’ es una de las palabras más citadas por opinadores de la prensa convencional y por los bustos parlantes de las principales cadenas de televisión.

De hecho, no ha habido opción, trampa, truco o ardid que no se haya probado para desalojarle con deshonra desde el día uno, siendo la inane investigación sobre la ‘trama rusa’ -cuando los demócratas sí creían que las elecciones se podían amañar- solo el más duradero e insidioso.

No se trata de derrotarle, sino de asegurarse de que nunca más pueda volver a desafiar su poder absoluto. De ahí las listas, de ahí los llamados a purgar para siempre a los colaboradores y votantes de Trump. De ahí que Biden haya cesado de un plumazo a 56 abogados del Departamento de Justicia nombrados por Trump. Es una amenaza mientras siga vivo, creen. Pero, en mi humilde opinión, se equivocan de parte a parte, y toda esta furia represora no hará más que convencer al público norteamericano de que, con todos sus numerosos fallos y debilidades, Trump tenía razón.

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