Texas, a oscuras: ¿podría Estados Unidos convertirse en un país del Tercer Mundo?

la infraestructura energética, en lenta decadencia

Tras la caída de la URSS, Estados Unidos se convirtió en la única superpotencia del planeta. El país más rico, más avanzado, más libre, más poderoso. Casi podría decirse que la vara para medir el atraso de un país era comprobar cuánto se alejaba del modelo americano. Y sin embargo…

Sin embargo hoy Estados Unidos presenta un panorama con numerosos rasgos que siempre se han asociado a repúblicas bananeras, estados fallidos o países tercermundistas, rasgos que se han agravado desde la llegada a la Casa Blanca de Joe Biden.

Casi la mitad de la población está convencida de que los vencedores amañaron las últimas elecciones presidenciales. Da igual, a estos efectos, si se trata de una opinión basada en indicios objetivos o una absurda conspiranoia sin base alguna: que millones de ciudadanos crean que su gobierno es ilegítimo es más que alarmante.

Como es alarmante, y propia de un país atrasado, que crezca la distancia entre un puñado de multimillonarios privilegiados y la menguante clase media. Como es alarmante que el centro de la capital esté rodeado por un muro con alambre de espino y decenas de miles de soldados. Como es alarmante que el partido en el poder inicie purgas de sus rivales políticos y organice campañas mediáticas para demonizarlos. Son cosas todas ellas que uno asocia a republiquitas disfuncionales, no a la democracia más poderosa y consolidada del planeta, acontecimientos que dejan a Estados Unidos sin la autoridad moral que ha desplegado hasta ahora, llegando al punto de que el autócrata ruso Vladimir Putin, que encarcela a opositores y calla a periodistas, se permite la humorada de pedir públicamente al régimen de Biden que respete a sus rivales políticos.

Pero quizá el aspecto más visible de esta peligrosa deriva esté en el apagón de Texas. Los apagones se relacionan indefectiblemente con países incapaces de prestar los servicios más esenciales a sus ciudadanos, pero en el gran estado de Texas, millones de ciudadanos llevan días sin corriente eléctrica, durante el más intenso periodo de frío y nieve que se recuerda en décadas.

Los críticos de la ‘economía verde’, en el campo conservador, han saltado inmediatamente a culpar del desastre a la obsesión por unos molinos cuyas aspas congeladas han dejado de funcionar y millones de placas solares inútiles bajo la capa de nieve, en un estado que sigue siendo líder en producción de crudo. Y, naturalmente, ese ha sido un factor innegable de la catástrofe, pero no el único y, quizá, ni siquiera el más importante.

Por debajo y al margen de una obsesión suicida por fuentes energéticas que no están aún preparadas para responder a la demanda moderna está la silenciosa, la casi oculta decadencia de lo que fuera antaño la joya de la corona de la economía estadounidense: las infraestructuras.

Se caen a pedazos, está cogida con alfileres. La infraestructura energética en Texas -circunstancia extensiva a toda la Unión- funciona bien si todo va bien, si las circunstancias son las normales. Pero ante una eventualidad excepcional como la ola de frío que recorre el sudoeste americano, el sistema se vino abajo, traduciéndose en pérdida de vidas y un coste de miles de millones de dólares.

No es solo Texas. En la riquísima California, los apagones en verano son casi rutina. Basta una ola de calor superior a lo normal para que el sistema colapse. Y mientras que la media de duración de los apagones que se producen al año en Japón es de cuatro minutos, en el Medio Oeste americano la cifra es de hora y media, y en el Nordeste, de unas cuatro horas, sin contar circunstancias excepcionales como las que están viendo en Texas. Según un informe encargado por el Congreso en 2012, Estados Unidos queda a la cola de los países avanzados en tiempo medio perdido al año por apagones: 240 frente, por ejemplo, a nuestros 104 en España.

No es un problema de hoy: la infraestructura energética en Estados Unidos lleva unos cuarenta años en lenta decadencia. Según un reportaje de Popular Science, “los grandes apagones (los que afectan a más de 50.000 ciudadanos o empresas) se decuplicaron de mediados de los ochenta a 2012. De 2003 a 2012, los apagones por razones climáticas se duplicaron… La Administración de Energía de Estados Unidos informa que en 2015 hubo un total de 3.571 apagones, con una duración media de 49 minutes, mientras que solo un año después el usuario sufría 1,3 apagones que duraron una media de cuatro horas”.

La pregunta evidente es: ¿por qué no se gasta más en infraestructura? Estados Unidos sigue siendo un país fabulosamente rico. La respuesta, por simplificar mucho, es: política. Gastar una enorme cantidad de fondos en que las cosas sigan funcionando y en asegurarse de que no fallan en una emergencia es un gasto que detrae dinero de otras partidas más populares y que no se ve. Nadie se para a pensar en los desastres que no suceden; ningún votante queda impresionado por el hecho de que tenga luz en casa o siga saliendo agua potable del grifo. Es el gasto menos efectista del mundo, y en la lucha electoral se busca el efectismo o el ‘pago a las tropas’: transferencias a grupos de presión que contribuirán a la victoria en la próxima campaña.

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