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El bulo del culo

EDITORIAL

El bulo del culo (y nos perdonarán nuestros hermanos americanos por la ordinariez) no es «inadmisible», como dice algún periódico, nI tampoco deja en evidencia al Gobierno, como dice otro. Es algo mucho más serio que una inadmisibilidad y si deja a alguien en evidencia no es a este Gobierno que hace mucho tiempo que colmó la paciencia de los españoles, sino a los medios de comunicación y a los activistas políticos disfrazados de tertulianos o de periodistas que pueblan sus platós. Pero todo esto no es de hoy, sino que viene de muy atrás.

El 11 de marzo de 2004, una supuesta franquicia del terror islamista asesinó en Madrid a 193 personas y a un no nacido. Ese día, ciertos medios y periodistas que hoy dan lecciones de comunicación —cobrando, claro—, usaron con descaro la herramienta del bulo para tumbar a un Gobierno desbordado por una mezcla a partes iguales de impericia y deslealtades internas. Aquellos que usaron el bulo informativo como una forma de acción política fueron recompensados con largueza por el zapaterismo que llegó al poder en forma de nuevas concesiones, nuevos canales, mágicas subvenciones, fusiones forzadas, refinanciamiento de deudas, más poder, más publicidad, duopolios de facto… A su lado, el famoso ‘sindicato del crimen’ que se organizó para tratar de acabar con el corrupto y desnortado Gobierno de Felipe González apenas eran poco más que monjas de un convento cantando canciones tirolesas en la Austria ocupada.

Desde entonces, y no antes, el bulo informativo se enseñoreó de las redacciones de más de media España. Se sustituyó la noticia por el relato. Se aplicó hasta sus últimas consecuencias el axioma periodístico —cínico— de que la verdad no podía estropear un buen titular. Las televisiones se llenaron de tertulias en las que «dicen que han dicho que» se convirtió en máxima y los activistas políticos se curaban de querellas y demandas con la frase mágica de «si esto es cierto, entonces…» que antecedía el uso del bulo con fines políticos.

Durante todos estos años, nada se ha hecho para remediar una deriva peligrosa. Hoy, en el colmo de la hipocresía, es el propio Gobierno a través de ministros como Grande-Marlasca que debería haber sido reprobado y cesado hace mucho tiempo, el que usa los bulos sin necesidad de intermediarios en los medios de comunicación. La pandemia de coronavirus es el perfecto ejemplo de cómo el activismo político en forma de supuesto periodismo ha llegado a unos niveles de impunidad casi absoluta.

En el caso que ocupó los últimos días de esta España empobrecida y envilecida, el de la presunta agresión de ocho encapuchados a plena luz del día en una zona concurrida de Madrid a un joven homosexual, ha sido usado y abusado por esos mismos medios y sus activistas políticos de tertulias matinales e incluso de programas groseros del corazón, con un solo fin: el de culpar a VOX de algo que los datos revelan como una mentira: la del auge de agresiones homófobas. Hoy, lo relevante es entender como es posible que si la Policía sabía desde el martes que la agresión fue fingida, se ocultara el hecho noticioso hasta 24 horas después.

La estrategia bien orquestada con la participación activa no sólo del Gobierno y sus inútiles chiringuitos como los observatorios de delitos de odio, sino del frente kultural, de sus apesebrados tertulianos y de los idiotas de buena voluntad, busca con desesperación una forma de ilegalizar en un futuro no tan lejano a la formación de Santiago Abascal que, por supuesto, o que se creían, también tiene homosexuales entre sus filas y condena siempre cualquier violencia, no sólo la real que sufren sus mandos y simpatizantes por toda España, desde Vallecas hasta Vic, sino incluso la que se inventan otros.

La verdad lleva demasiado tiempo desaparecida de los grandes medios que reaccionan a la actualidad del bulo sin cumplir con la necesaria cautela informativa. Que lo hagan por desidia en tiempos de periodistas eruditos a la wikipedia y maestros de google, es, eso sí que es, inadmisible. Que lo hagan por interés político —y económico— es una aberración que nos somete como sociedad y que sólo estropea la reputación en otro tiempo decente del oficio de contar lo que de verdad pasa y no lo que el Gobierno de Pedro Sánchez y sus millones de acólitos querrían que pasase. Que son dos cosas muy diferentes.

No podemos seguir así porque al final, ni siquiera nos admitirán a los periodistas como pianistas en un burdel. Que ya es decir.

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