«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
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23 de marzo de 2023

El otro éxito de la moción de censura

La degradación de la actividad parlamentaria es hoy, en España, una realidad que debería avergonzar a los partidos que la han consentido y fomentado desde hace décadas.

De esa degradación, la mayor catástrofe para la propia institución parlamentaria es la pérdida casi absoluta de su función deliberativa. Una función esencial cuando de su seno nacen leyes que tienen un efecto inmediato en la vida de los españoles a los que dice representar y, en fin, servir.

Todo el que haya tenido el aguante de seguir de cerca la actividad parlamentaria, sabrá que la función deliberativa ha quedado destruida por la decisión consciente del grupo o grupos parlamentarios de la mayoría gobernante de servir de mera correa de transmisión de la voluntad del Gobierno.

El bajo nivel de demasiados parlamentarios es consecuencia directa de esa sumisión. Los partidos, con alguna honrosa excepción, ya no criban la sociedad a la búsqueda de los mejores, los más trabajadores o los más capaces, para ofrecerles una posición de tan alta dignidad como la de diputados nacionales, sino que colocan peones en los escaños con la inteligencia y las lecturas justas para no errar cuando pulsan uno de los tres botones de las votaciones. A veces, como ha quedado demostrado, ni siquiera eso.

El siguiente efecto en esta cadena de desastres que comienza, insistimos, en la renuncia de la función deliberativa sin la cual el Parlamento sólo pasa a ser un Charlamento —expresión acuñada durante la Segunda República por aquel semanario satírico que fue Gracia y Justicia, cerrado por las autoridades del Frente Popular en 1936 y fusilado su director en las sacas de prisioneros con destino a Paracuellos o Aravaca—, es la destrucción de la función de control al Gobierno por parte de la Oposición.

Lo vemos, por desgracia, en cada sesión de control semanal, cuando el presidente y sus ministros, jaleados por la claque de sus mononeuronales diputados, incumplen con olímpico desdén la exigencia de contestar con precisión a las preguntas de los partidos que no les son afines.

También, sin duda, otra de las claves que ayudan a entender la degradación de la vida de un parlamento nacional, es la sobrerrepresentación de partidos separatistas que, en evidente aprovechamiento de las debilidades de nuestra Constitución, trabajan para la destrucción de la nación histórica a la que deben su mera existencia. Y aún diríamos más: no es sólo la sobrerrepresentación, sino que la propia institución consienta que esos partidos que deberían estar prohibidos como lo están en tantas naciones de la vieja Europa, condicionen la vida de todos los españoles.

Podríamos seguir hasta el alba, ya cercana, con los efectos de esta degradación consentida y, además, escenificada por los diputados de ciertas formaciones políticas que con su indecorosa apariencia externa rebajan la dignidad del escaño. No es un asunto menor, sobre todo cuando un Parlamento debe proyectar una imagen que estimule en los generaciones más jóvenes la apetencia por emular a los mejores y ducharse a diario.

Por fortuna, lo que hasta ayer parecía perdido, hoy ya no lo está. La moción de censura de Vox al presidente Sánchez fue un éxito absoluto también en lo que tuvo, que fue mucho, de censura de esta degradación parlamentaria.

El discurso del candidato Ramón Tamames y sus agudas réplicas, precedido de la sosegada y severa intervención de Santiago Abascal, fueron unos emocionantes alegatos en favor de la recuperación de la dignidad parlamentaria y de su función esencial deliberativa previa a la construcción de las mejores leyes que, con respeto la Constitución y a la nación, puedan servir para mejorar la vida de los españoles que pagan, y mucho, por ese servicio.

La valiente apuesta de Vox por dar la palabra a un maestro de la Generación del 78 como Ramón Tamames ha sacudido a millones de españoles que ayer escucharon al anciano profesor reclamar, tras sufrir con increíble estoicismo los tochos mitineros y chuscos de la mayoría de las formaciones políticas, el regreso de la actividad parlamentaria a la dignidad abandonada que precede a la crisis general de representación de la democracia. No nos cabe duda alguna de que una mayoría de españoles, da igual de qué partido, han tomado nota de este reclamo y lo han hecho suyo.

Ahora, con la ayuda del propio Tamames y de otros como él, necesitamos echar una larga y honrada mirada hacia atrás, quizá hasta ese mismo 1978, y desandar el tiempo extraviado y los pasos en falso. Será difícil. Habrá que echar mucho desinfectante en algunos escaños. Pero una mayoría de españoles comprendió ayer, gracias a la moción de censura de Vox que no sólo fue contra Sánchez, sino contra todo lo que está mal en la sede de la representación de la soberanía nacional, que es muy necesario. Y urgente.

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