La hipocresía de la ONU

EDITORIAL
La Organización de las Naciones Unidas

De tarde en tarde, la Organización de Naciones Unidas —aquella buena idea— se empeña en recordarnos que más allá de su ineficacia y de su ineptitud burocratizada, también es sierva de ideologías concretas que no mejoran el mundo, sino que lo embrutecen y lo desgarran.

Como saben nuestros lectores, y quizá solo ellos, la ONU ha realizado un llamamiento a Gobiernos, ONG y organizaciones LGBT y feministas para que informen de todas aquellas personas, partidos, fundaciones y medios que disientan de la ideología de généro, la nueva religión dogmática de la progresía occidental y, por lo que parece, indiscutible.

Dejemos de lado la consideración que nos merecen ciertas técnicas estremecedoras de pésimo recuerdo histórico como la delación, la redacción de listas negras y la caza de brujas y centrémonos en la vergonzosa hipocresía que supone que la ONU requiera información sobre disidentes cuando los artículos 18 y 19 de la Declaración de Derechos Humanos garantizan la libertad de pensamiento y de conciencia, así como la libertad de expresión y de opinión. Parece mentira que haya que recordar a la ONU que la misma Declaración reconoce el derecho a no ser molestado por causa de las opiniones informadas y libérrimas. Pero que sea la propia ONU la que persiga disidentes de la verdad oficial y de la corrección política limitadoras del pensamiento, va más allá de la vergüenza.

La perplejidad que nos causa que, a buen seguro, el nombre de La Gaceta de la Iberosfera y los de los periodistas que en este medio escriben estén incluidos en una lista negra de algún oscuro despacho de Naciones Unidas, no conseguirá doblegarnos. La ideología de género —que desgarra el tejido social y que ataca el elemento natural y fundamental de la sociedad como es la familia (artículo 16 de la deshonrada Declaración)— y el consenso socialdemócrata que la ampara, merecen ser combatidos con información, análisis y opinión. Y sin miedo.

«Que si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos», como dejaron escrito los españoles en cierta ocasión.

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