Opinión pública y violencia contra VOX

EDITORIAL

VOX, y ahí están todos los informes de los diferentes observatorios españoles, es, hoy, la víctima principal de la violencia política en España. Lo hemos visto en en el pasado reciente en los mítines de VOX en el País Vasco, lo hemos contemplado en Cataluña con especial virulencia y lo han padecido sus líderes en Madrid, por no hablar de los cientos de militantes del partido de Santiago Abascal que a diario, en todos los rincones de España, montan sus mesas informativas callejeras sin garantía alguna de que sus libertades van a ser respetadas.

Pero este hecho, cierto, demostrado y objetivo de que VOX es el agredido y jamás el agresor, no es solo culpa de esa masa informe y anónima conocida como «la extrema izquierda», que a lo más que llega es a brazo ejecutor.

La libertad política, aquí y en cualquier Estado de forma democrática, depende de la opinión pública, que es un terreno vedado a la mayoría y que se encuentra en manos de un pocos cientos, quizá miles, de periodistas, analistas, políticos y, como diría un cursi, influencers. En el caso de VOX, esta opinión pública generada por esos pocos ha mezclado en su pluralidad intereses, pasiones, rencores revividos y hasta necesidades en relación al crecimiento espectacular de VOX, que ha pasado en apenas siete años de tener un cajón y un megáfono, a rozar hoy el empate técnico con el Partido Popular.

VOX es una fuerza con vocación de gobierno nacida para desafiar un sistema de partidos y poderes que desde el comienzo de la última etapa constitucional española no sólo ha desplazado el centro a la izquierda, sino que ha permitido (cuando no alentado) la quiebra de la convivencia entre españoles. Una partidocracia que no ha corregido un modelo autonómico que debe ser rectificado con urgencia por cuanto no asegura ni la unidad de España ni la igualdad entre los españoles, ni mucho menos su prosperidad.

Desde el primer día en el que los de Abascal asomaron la cabeza y anunciaron que venían a reconstruir lo derribado, esa opinión pública mayoritaria miró a VOX y la etiquetó como «ultraderecha» y «fascista» —recuerden: intereses, pasiones, rencores y necesidades—, sin una sola evidencia, ni siquiera el menor indicio de que tal patraña fuera cierta. Se activó entonces una suerte de bula por la cual la democracia autorizaba y recompensaba el acoso a VOX de todas las formas: desde el cordón sanitario hasta la violencia contra los asistentes a sus mítines, pasando por el ninguneo parlamentario y la represión censora de los pocos periodistas que se niegan a comulgar cn el pensamiento único. Si recuerdan «el bulo del culo», tendrán una idea clara de a qué extremos puede llegar esa opinión pública para perjudicar a un partido.

En esta estrategia han participado todos y cada uno de los medios de comunicación que de manera abusiva etiquetan a VOX y a sus votantes como «extrema derecha». Medios, muchos de ellos públicos, que defienden los intereses, las pasiones, los rencores o las necesidades de las formaciones políticas para las que la presencia de VOX pone en peligro sus planes.

Con rarísimas excepciones individuales, estos partidos políticos son… todos los demás. Desde la izquierda y los nacionalistas en bloque, que son los primeros perjudicados por la existencia de VOX, hasta, por desgracia, el Partido Popular todavía líderado por Pablo Casado.

Un caso de estudio, sin duda, es el del agonizante partido Ciudadanos. Cercano ya el momento de la extinción, sus líderes y algunas de sus figuras más conocidas tratan con desesperación de reunir méritos democráticos suficientes para continuar en las mismas poltronas políticas por otros medios. Que C’s naciera para desmontar las prácticas totalitarias del nacionalismo y para superar la división entre rojos y azules, y que ahora use las mismas prácticas y ahonde en esa división, sería de frenopático si los zombis necesitaran visitar al psiquiatra. En cualquier caso, y hasta el último aliento ya cercano, los socioconfusos ciudadanitas siguen formando parte de esa opinión pública que señala el objetivo a los enemigos de la libertad política.

En la madrugada del pasado domingo, dos sedes de VOX en Castilla y León fueron atacadas y vandalizadas al comienzo de la precampaña electoral para las elecciones anticipadas en las que los votos que consigan los de Juan García-Gallardo van a tener —encuestas cantan— una importancia capital. Reacciones de condena a esta violencia contra VOX: cero.

No nos cabe duda de que los agresores podrán creer que han cumplido un servicio a la democracia porque así han sido instruidos por esa opinión pública mayoritaria. No saben lo equivocados que están. Ya lo dijimos y lo volvemos hoy a repetir: la celebración en paz y en libertad de los actos políticos de los partidos, y sobre todo en el marco de una campaña electoral, es esencial porque mide a la perfección la temperatura democrática de la sociedad en su conjunto.

A estas alturas de la partida parece inútil reclamar prudencia a esa opinión pública que cada día se aleja más de la realidad y de la opinión de una mayoría de españoles que no son sólo simpatizantes de VOX. Pero nuestra obligación, hasta el último punto que escribamos y porque conocemos lo que viene después, es la de reclamar cordura.

La violencia política contra VOX debe cesar. Los medios de comunicación y sus partidos deben detenerse y reflexionar. De inmediato. Dicho queda, aunque no sirva para nada.

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