'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

CEPS, escuela de transitólogos

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En 2002, Gonzalo Sánchez de Lozada, candidato a la presidencia de Bolivia por el partido Movimiento Nacionalista Revolucionario, empleó un voluntarista lema para su campaña electoral: «Sí se puede». La optimista invocación obtuvo el favor de los bolivianos, y permitió al licenciado en Filosofía por la Universidad de Chicago recuperar el cargo que ya ocupara entre 1993 y 1997. Hijo de diplomático, Sánchez de Lozada había comenzado su andadura empresarial como productor de cine. Ocho años más tarde, un profesor universitario interino, Pablo Manuel Iglesias Turrión, coordinaba en la Universidad Complutense un ciclo titulado El cine político. El curso estaba respaldado por la Fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS).

El 17 de enero de 2014, con sede en la calle Zurita del madrileño barrio de Lavapiés, nacía Podemos, partido que ha alcanzado amplias áreas de poder dentro de la sociedad política española, al tiempo que surte de rostros y retórica a diversas plataformas mediáticas. Con una ideología que en muchos puntos supone la continuación del zapaterato, no olvidemos que Iglesias elogiaba a Zapatero en su tesis doctoral, al considerarlo un «referente progresista mundial», sus alusiones al  comunismo han desatado el pánico en amplios un sectores periodísticos, marcados por el lugar común, la estricta observancia a los dictados empresariales y el manejo de encuestas elaboradas ad hoc como único argumento.

Sorprendidos por el fulgurante crecimiento de Podemos, muchos han sido los que, trocando la pluma por la brocha gorda, han identificado a Podemos con CEPS, creyendo ver en la Fundación la tapadera ideal, dotada de una pátina intelectual, para la financiación del partido. La identificación tiene sus antecedentes, pues fue al dolarizado calor de fundaciones norteamericanas, donde se formaron algunos de los que, andando el tiempo, desempeñarían un relevante papel político o académico en la construcción ideológica que acabaría dando forma a la España autonómica, distáxica y cultivadora de las más provincianas señas de identidad que adquirió forma legal en la Constitución de 1978. Si en el caso de las becas de los años sesenta los viajes tenían como destino los Estados Unidos o la Alemania Federal de la que vendría la financiación del PSOE post Suresnes, a finales del siglo en el que caída la Unión Soviética, los viajes tendrían como destino países hispanoamericanos. Es allí donde se ha tratado de implantar el llamado Socialismo del siglo XXI que en modo alguno puede homologarse con el comunismo que marcaría siete décadas tras las cuales emergería la amenaza islámica.

En efecto, CEPS nació en el postsoviético año de 1993, y se presentaba como «lugar de encuentro de un amplio grupo de profesionales, profesores e investigadores de varias Universidades Españolas, que pretenden contribuir con la aplicación práctica de su trabajo intelectual a la transformación de la sociedad en una realidad más justa, democrática y solidaria». La referencia a naciones, a clases sociales, a medios de producción, brillaba por su ausencia en una declaración marcada por el más riguroso gremialismo académico. CEPS invocaba el debate, la búsqueda imprecisa de una «sociedad más justa y solidaria» que buscara el reparto de la riqueza cimentando su acción en esa «democracia participativa» a la que Juan Carlos Monedero, cultivador de una poética rayana en la cursilería, pretendía medir su densidad

Al menos en sus textos fundacionales, que el lector no podrá encontrar tecleando ese www.ceps.es que conduce a ninguna parte desde hace meses, CEPS invocaba como plataformas para llevar a cabo sus objetivos, no a las naciones, sino a los pueblos y sociedades, protegidos por los eticistas Derechos Humanos redactados en 1948, supeditados en gran parte del globo a unos Derechos del Islam de 1991 vigentes en ese Irán que financia el canal Hispan TV en el que Iglesias ha pulido sus aristas mediáticas.

Constituida CEPS en el Estado español (sic), a los iniciales Rubén Martínez Dalmau y Roberto Viciano, este último, Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Valencia, tan relevante en la redacción de la Constitución ecuatoriana aprobada por Rafael Correa, se irían añadiendo oleadas de profesores y colaboradores universitarios afines marcados por su fundamentalismo democrático y unas formas identificables sociológicamente como «de izquierdas», signifique eso lo que sea en un mundo como el actual, una vez alcanzado el fin de las ideologías, vocablo que encubría la oposición entre capitalismo y comunismo durante la Guerra Fría. El relevo generacional permitiría que a CEPS llegaran gentes como Monedero y, más tarde, otros más jóvenes, hoy omnipresentes en las telepantallas como son los Iglesias, Errejón, Alegre

Financiados y agasajados por los líderes hispanoamericanos, a los cuales se obstinan en llamar latinoamericanos, los profesores encontrarían un terreno abonado para desarrollar sus teorías sin el peso y la responsabilidad que las tareas de gobierno suelen acarrear sobre el mandatario que toma decisiones, que ejerce el poder político en definitiva. Los frutos de su asesoramiento no tardarían en cristalizar en cartas magnas miméticas, en gran medida, de la española, por cuanto en ellas se imita el modelo autonómico hasta el punto de proponer, como en Bolivia, ese estado plurinacional que ahora pretende implantarse en España para realizar los objetivos últimos de las oligarquías regionales periféricas. Las mismas que, acogidas al sagrado por temor al comunismo, buscaron la fragmentación nacional, por la vía federal, apoyándose en gramáticas y folclore.

 

De este modo, el interoceánico conjunto de profesores simultaneó su pertenencia a CEPS con su intervención en algaradas callejeras antes de asomar sus cabezas sobre el indignado clamor del 15M en el que se rescataron los manoseados tópicos de aquel 68 tan alejado de Moscú. Lanzados al estrellato por cadenas televisivas cansadas de ver las mismas caras, el conjunto de transitólogos se constituyó en partido político conmoviendo la estable estructura bipartidista que ha ido haciendo concesiones al separatismo para mantenerse en el poder. Hoy, a las puertas de ese poder, los ideólogos, convertidos en políticos profesionales, se preparan para realizar los objetivos últimos de la vigente Constitución, aquellos que exacerban las diferencias entre españoles con criterios regionales. Apóstoles de la segunda transición, los podemitas se preparan para corromper definitivamente España y estabular en sus terruños a sus compatriotas. 

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