'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

La Diada roja

mo cada año, el 11 de septiembre ha servido para que las diferentes sectas catalanistas, con Puigdemont y Colau como testas más visibles, se hayan echado a la calle, al parecer en menor medida que en convocatorias anteriores, alentadas y cubiertas por los numerosos medios de comunicación que viven al calor de la subvención a cambio de ser sumisos y propagandísticos altavoces de la sedición. Celebrada desde hace décadas, la así llamada Diada Nacional (sic) de Cataluña, supone el principal hito anual de secesionismo catalán, habitualmente identificado, de forma simplista, con los intereses de la burguesía catalana. Sin embargo, tal visión es, cuando menos discutible si atendemos a lo ocurrido en la segunda etapa de floración del catalanismo: los años 60.

El actual auge de la Diada debe mucho a las imprudentes palabras pronunciadas por el entonces secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, quien en pleno clímax mitinero prometió apoyar la reforma del Estatuto que aprobara el Parlamento de Cataluña. El irresponsable compromiso lo hizo Zapatero ante 20.000 personas que asistieron al mitin central de la campaña a la que daba rostro Maragall, socialdemócrata otrora becado en Francia, que se ufanaría más tarde de conseguir que la presencia del Estado en Cataluña fuera residual. Como el lector recordará, tras las elecciones autonómicas se configuró, blindado por el sectario Pacto del Tinell, el tripartito constituido por el PSC, ERC e ICV, formación, esta última, heredera del mitificado Partido Socialista Unificado de Cataluña, ya agotado durante la década de los 80, cuando el comunismo posconciliar, tras su mutación carrillesca hacia el eurocomunismo, comenzó a teñirse de verde sostenible. Sin embargo, antes de que la acción zapateril actuase como gran avivador de un independentismo que no paga traidores, señaladas organizaciones izquierdistas ya se habían involucrado decisivamente en los fastos del 11 de septiembre.

Los hechos, como quedó dicho, nos remiten a la segunda mitad de los 60, con el trasfondo del antifranquismo como denominador común de diversas organizaciones obreristas. En efecto, ya en 1967, CC.OO. se sumó a las celebraciones de la Diada, decisión apoyada por el PSUC bajo el pretexto de ampliar sus contactos en la lucha que a todos, por diferentes motivos, unía. La decisión, así lo afirma el diputado español Xavier Doménech en su libro Clase obrera, antifranquismo y cambio político. Pequeños grandes cambios, 1956-1969, sería fuertemente cuestionada por la poderosa Coordinadora del Metal, pues al juicio de esta, tal maniobra manifestaba «una clara tendencia integradora de la clase en la sociedad burguesa, pretendiendo confundir sus objetivos con los de la burguesía nacionalista llamando a la unidad en la “lucha por las libertades de Cataluña, por encima de los intereses de clase”». Crítica que pone de relieve las distintas dialécticas existentes en relación a los Estados y a las clases que analizara magistralmente Gustavo Bueno.

La incorporación de Comisiones Obreras a tales ceremonias, respondía a los efectos de ese diálogo cristiano-marxista posterior al aggiornamiento de una Iglesia que siempre se había  mostrado calculadoramente sensible a la cuestión obrera. Tan es así, que a esas alturas de un franquismo marcado en su arranque por un poderoso factor sindicalista, la Iglesia ya había dispuesto varias factorías obreristas de implantación regional precisamente en aquellos territorios históricamente más antiliberales: Cataluña y Vascongadas. Con el telón de fondo de la HOAC, en esas regiones operaban el Frente Obrero de Cataluña y su homóloga vasca, ESBA, organización más pacífica que esa otra que nacería, también con una doble pátina obrerista y católica, con un hacha y una serpiente como símbolos.

Profundamente infiltrada, Comisiones pasaría de sumarse a liderar las celebraciones de una Diada que de este modo comenzaría a enrojecer. Así ocurrió un año más tarde, no en el oligárquico barrio de Gracia, sino en la proletaria Sabadell, donde además la voz cantante la llevarían, para sorpresa de los más acendrados catalanistas, extremeños, andaluces y murcianos que ya habían dejado atrás el tracoma, convirtiéndose en útiles elementos para un movimiento que ya tenía mucho de transversal, o de interclase, por emplear la terminología de aquella época  preempoderamental. Prueba de la complicada miscelánea en que se convirtió el catalanismo, es el revelador fragmento de un informe del Consejo Nacional del Movimiento que rezaba así:

«(un) catalanismo, cuyo Estado Mayor (se conocen todos sus miembros uno a uno) es capitalista, tiene como masa a los barbudos, melenudos, marcusianos, che-guevaristas, marxistas, intelectuales del neoizquierdismo, los jóvenes clérigos, las monjas (en especial las castellanas), los universitarios contestatarios, a los que el Banco Urquijo sostiene económicamente, y una clase media que quieres ser europea, que frecuenta las “boite” que sabe de “striptis”, que asisten a Montserrat, piden el divorcio, que tienen coches, y organizan huelgas y comandos.»

Casi medio siglo después, la caída de Barcelona a manos de la facción felipista sigue ofreciendo una ocasión ideal para exhibir victimismo, hispanofobia y falsificaciones históricas. La fecha de aquel episodio final de una guerra civil que involucró a las principales casas reales europeas y dividió a los catalanes, sirve para presentar los hechos como una pretendida ocupación extranjera de esa inexistente nación catalana que recuerda compungida a Rafael de Casanova, omitiendo que apuró sus ochenta y seis años de vida gracias a una pensión concedida por Carlos IV. Mas si el culto a la deformada personalidad de Casanova es un hecho que hasta sus descendientes han tratado de enmendar, la principal omisión en relación a aquellos hechos es la ocultación de una parte fundamental del bando que se hizo público antes de la caída de la Ciudad Condal, que reproducimos para ilustración de ignorantes y desengaño de víctimas del sistema educativo vigente en el Principado:

 

…tots com verdaders fills de la patria, amants de la llibertat, acudirán als llochs senyalats á fi de derramar gloriosament sa sanch y vida, per son Rey, per son honor, per la patria y per la llibertat de tota Espanya…

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