'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Socialistas en la Iglesia, cristianos en el partido

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El Grupo Federal Cristianos Socialistas (CS/PSOE) es –así figura en su web- un grupo de «militantes y simpatizantes socialistas al servicio de tender puentes entre el PSOE y la Iglesia. Buscando entablar una alianza estratégica, de crear sinergias sociales, éticas y de acción política en orden a una transformación de la sociedad basada en objetivos compartidos por la tradición socialista y la cristiana, como la emancipación, la libertad, la paz, la igualdad y la justicia social». No es extraño, pues, que tal colectivo haya pedido el voto para el partido simbolizado por una rosa ya liberada del opresor puño, por entender que es el que más puede acercarse a unos objetivos que rayan, según su propia confesión, en la «utopía cristiana».

La petición del voto ha llamado la atención de muchos debido a la obsesiva sed de laicismo mostrada por un PSOE que pide incluso la eliminación de la religión de las actividades extraescolares. Ello, sin embargo, no ha sido obstáculo para que el coordinador federal de Cristianos Socialistassocialistas en la Iglesia, cristianos en el partido» es su lema- Juan Carlos González, pese a lamentar ciertos desajustes programáticos con respecto al Evangelio, señale al PSOE como el partido más útil para atender a los más desfavorecidos. Al cabo, se consuela González, el partido presidido por Sánchez pretende promover la incorporación de «la enseñanza cultural sobre el hecho religioso».

Las cuestiones suscitadas por las declaraciones emanadas de esta organización tienen, no obstante, hondas raíces que conviene sondear siquiera someramente para poder entender las conexiones que han causado cierta extrañeza en estos días preelectorales.

El nombre de la federación que así se ha expresado hace convivir las palabras «socialista» y «cristiano», vocablos que están sujetos a diversas modulaciones que van desde lo doctrinal a lo práctico. Como es sabido, socialista se dice de muchos modos. Por hacer una rápida aproximación, citaremos el socialismo utópico decimonónico, cuyo surgimiento remite al mundo de la explotación industrial, minera y textil sobre el que se recortarán figuras como la de Robert Owen, empeñado en una transformación pacífica de la humanidad extendida a todos los individuos, sin distinción de sexo, clase, religión, partido político, país.

No faltarán owenistas en el convulso diecinueve español, como fue el caso de Joaquín Abreu. Sin embargo, fue Pablo Iglesias González, fundador en 1879 del partido del que dice ser heredero el PSOE actual, quien inició una senda de carácter inequívocamente político que culminará, por lo que a la cuestión religiosa se refiere, en la republica burguesa en la que operó un anticlerical Largo Caballero vinculado a otro socialismo, el realmente existente, representado por la Unión Soviética sobre cuyas estructuras emergió un Vladimiro Putin hoy protector de la Iglesia ortodoxa. Que el cristianismo también tiene especies…

Especies y tradición irenista, la de la paz de la victoria dialogada que ya expuso Nicolás de Cusa hace más de cinco siglos en su obra La paz de la fe, publicada pocas décadas antes de que el mundo se ampliara con un nuevo continente que evidenciaba la problemática realidad de un gran conjunto de hombres dejados de la mano de Dios.

El cusano, nacido en la Tréveris en la que fue decapitado Prisciliano y en la que vio sus primeras luces Carlos Marx, fue autor de estas palabras: «los hombres no desean la felicidad, que es la vida eterna misma, en otra cosa que no sea su propia naturaleza; el hombre no quiere ser sino hombre, no ángel u otra naturaleza; quiere ser un hombre feliz, que obtenga la felicidad última. Esta felicidad no es sino el goce o unión de la vida humana con su fuente, de la que emana la misma vida, que es la vida divina inmortal». Si la felicidad se hallaba en los predios de la inmortalidad, en la Tierra se vivían los convulsos días posteriores a la toma de Constantinopla por los hombres islamizados. Urgía la búsqueda de una paz definitiva y duradera a la que en el libro aludido se accede tras la celebración de una heterogénea reunión celestial presidida por el Todopoderoso, a la cual concurren 17 representantes de diversas religiones y naciones históricas -un español, un francés y un alemán, entre otros- y étnicas, caso del representante tártaro. Un cónclave que se cierra con el triunfo de la verdadera fe, la cristiana, tras la que se logrará el advenimiento de la paz

Siglos más tarde, ante el amenazante influjo que ejercía el ateísmo científico que se cultivaba tras el Telón de Acero, se celebraría el Concilio Vaticano II, tras el cual la Iglesia realizó el célebre aggiornamiento que arrinconaría a la Escolástica. Una actualización que se dejó ver en España dando como resultado más visible una nueva arquitectura desnuda de santos y molduras clásicas de las que terminarían por salir los curas rojos, obreristas y pacifistas, algunos de los cuales acabaron abandonando los hábitos para integrarse en partidos y sindicatos socialistas.

 

Será en la España posconciliar donde se fortalecerá la socialdemocracia que construyó la actual España autonómica y diferencial, en la cual el socialismo busca una imprecisa e ingenua paz a la que todavía no se ha accedido pese al célebre proyecto de la Alianza de Civilizaciones. Mirándose en su propio espejo, socialistas cristianos y laicos, unidos frente a las urnas, se aferran, en lo que a la cuestión nacional se refiere, a uno de sus últimos credos: el federalismo.

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