Barcelona ha dejado de ser la ciudad que fue. En apenas dos décadas, la capital catalana ha pasado de ser el epicentro del separatismo y las grandes manifestaciones de la Diada a convertirse en un reflejo de la «multiculturalidad» que está transformando Europa. Lo que antes era una urbe con identidad propia, hoy es una ciudad donde los extranjeros ya superan a los españoles entre los jóvenes de 25 a 39 años.
En el año 2000, los inmigrantes representaban apenas el 5% de la población barcelonesa. Hoy, superan el 31%, es decir, prácticamente uno de cada tres habitantes ha nacido fuera de España, según detalla El Mundo. Un cambio demográfico sin precedentes que ha alterado el tejido social, la economía y hasta la fisonomía de la antigua Barcino, fundada hace dos mil años por el Imperio Romano.
Esa transformación ha sido bautizada por algunos analistas como «la bruselización de Barcelona»: la pérdida de identidad local frente a la imposición de patrones globales, tanto culturales como económicos, que han diluido la esencia de la ciudad.
El último padrón municipal confirma que Barcelona cuenta con 612.500 personas nacidas en el extranjero, procedentes de 183 nacionalidades. Más de la mitad proviene de Iberoamérica, con Argentina, Colombia, Perú y Venezuela a la cabeza. También destacan Pakistán, Marruecos, Italia, Honduras y China. De hecho, los italianos constituyen la nacionalidad más numerosa, debido a los acuerdos de doble pasaporte con países como Argentina.
En los barrios populares, la transformación se percibe a simple vista: fruterías, bazares y peluquerías regentadas por extranjeros sustituyen comercios tradicionales. En la hostelería, el 47% de los asalariados son foráneos, al igual que el 60% de los empleados del hogar. Mientras tanto, los sectores con mejores condiciones laborales, como la industria o la Administración, siguen siendo mayoritariamente españoles.
La consecuencia de este cambio es doble: los españoles abandonan la ciudad por la presión inmobiliaria —agravada por la llegada de expatriados con alto poder adquisitivo—, mientras el Ayuntamiento insiste en negar la existencia de un problema. Sin embargo, el propio barómetro municipal revela que cada año crece el número de vecinos que señalan la inmigración como una de las principales preocupaciones.
Barcelona alcanza hoy su mayor población en cuatro décadas, 1,7 millones de habitantes. Pero ese crecimiento se sustenta en un modelo demográfico desequilibrado, con una población extranjera más joven (media de 36 años frente a los 47 de los autóctonos) y una proporción de barceloneses nacidos en la ciudad que ya representa sólo el 45% del total.
El discurso oficial habla de diversidad e inclusión. Pero los datos reflejan una ciudad que ha perdido sus raíces, donde los jóvenes españoles emigran y las tradiciones locales se diluyen entre festivales “multiculturales” y políticas que priorizan la corrección ideológica sobre la convivencia real.