El equilibrio de los ratones es prodigioso. Trepan, saltan y sobreviven en rincones donde cualquier otra especie acabaría estampada contra el suelo. Tienen un sentido del equilibrio casi perfecto. Quizá por eso el hantavirus, el llamado «mal de los ratones», termina resultando una metáfora demasiado adecuada para este Gobierno: porque mientras el virus vuelve a colarse en la conversación pública, quien conserva intacto el equilibrio político es Fernando Simón. Ni la hemeroteca, ni las contradicciones, ni el descrédito acumulado durante la pandemia han conseguido moverle un centímetro de su silla en el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Ahí sigue. Sereno e imperturbable. Como si en España nadie recordara aquello de “el riesgo es relativamente bajo” y «no habrá más de uno o dos casos» mientras el coronavirus avanzaba por las calles.
La voz mellada y aguda de aquellos días ha regresado como un ‘déjà vu’ colectivo. La misma apelación a la calma. La misma sensación de que el ejecutivo vuelve a hablarle a los ciudadanos como si la transparencia fuera un lujo opcional y no una obligación. Porque el problema nunca es solo el virus. El problema es la gestión política del virus. Y ahí Pedro Sánchez vuelve a tropezar exactamente en la misma piedra. La historia del MV Hondius retrata con precisión quirúrgica el funcionamiento del sanchismo en una crisis sanitaria: decisiones tomadas arriba, información retenida abajo y comunidades autónomas enterándose por la prensa o, peor aún, porque preguntan ellas mismas. Fernando Clavijo no supo que el crucero con el brote de hantavirus acabaría en Tenerife porque Moncloa quisiera coordinarse con Canarias. Lo supo porque tuvo que llamar él. Y al otro lado encontró a una ministra de Sanidad con prisa, despachando el asunto con un “ya te lo pasaré” antes de colgar para irse a una rueda de prensa.
En tres ocasiones formales Canarias pidió información. En tres ocasiones recibió silencio. Y lo más inquietante es que la pregunta de Clavijo era de sentido común: si todos están sanos, ¿por qué traer el barco hasta Canarias? Y si la OMS insiste en mandarlo allí “por seguridad sanitaria”, ¿es porque ni ellos saben realmente quién puede estar contagiado? La ministra no respondió. No rebatió. No aclaró. Simplemente cortó la conversación. Exactamente igual que durante el covid se cortaban las preguntas incómodas detrás de comités de expertos que jamás existieron. Aquel comité fantasma, que era más relato que realidad, sigue siendo probablemente el símbolo más perfecto de la pandemia en España: un Gobierno inventándose autoridades técnicas para blindar decisiones políticas. Y lo más extraordinario es que ninguno de los responsables pagó jamás el precio político de aquello. Ni Simón desapareció. Ni Sánchez pidió disculpas. Ni nadie asumió responsabilidades. En España, al parecer, gestionar mal una emergencia sanitaria no penaliza: consolida carreras. Por eso Fernando Simón continúa donde está. Esa es la verdadera pregunta de fondo. ¿Cómo puede seguir al frente de alertas sanitarias alguien convertido ya en icono internacional de la improvisación pandémica? La respuesta seguramente tiene menos que ver con la ciencia que con la obediencia. Simón no es útil porque acierte; es útil porque protege políticamente al poder. Porque amortigua. Porque pone voz amable a ciertas decisiones que pueden resultar polémicas. Porque transmite calma incluso cuando el ejecutivo transmite caos.
España aceptó el mandato de la OMS prácticamente sin consultar a Canarias. Todo después de que Mónica García lograra entrar en el Consejo Ejecutivo de la organización el pasado año, rompiendo dos décadas de ausencia española. Un éxito diplomático convertido ahora en peaje político. Porque da la sensación de que La Moncloa necesitaba quedar bien con Tedros Adhanom aunque fuera a costa de convertir Canarias en sala de espera epidemiológica del Atlántico. La pregunta incómoda sigue sin respuesta: ¿por qué España? ¿Por qué Canarias? ¿Por qué ese silencio deliberado con las autoridades autonómicas? Si el puerto hubiera sido Barcelona o Bilbao, cuesta creer que se hubiera actuado con semejante desdén. Pero las islas vuelven a servir como periferia útil donde enviar lo incómodo mientras desde Madrid se improvisa el relato. Y entretanto, el Gobierno vuelve a enviar mensajes contradictorios. Defensa asegura que la cuarentena en el Gómez Ulla será voluntaria. Sanidad desliza que podría imponerse judicialmente si alguien se niega. Dos ministras de una misma bancada azul con dos versiones distintas en un mismo día. Otra vez las dudas jurídicas. Otra vez las improvisaciones. Otra vez ministros descoordinados transmitiendo versiones distintas de un mismo problema. No aprendieron nada.
Una caos en el que tiene su papel protagonista Mónica García, esa ministra que hace no tanto se envolvía en la bandera de las batas blancas. La médica y madre que sermoneaba sobre la importancia de escuchar a los sanitarios y salir a la calle para defender la sanidad pública. Curiosamente, desde que ocupa un sillón ministerial ya no exige manifestaciones. Y las batas blancas, aquellas que antes eran utilizadas como bandera política contra Isabel Díaz Ayuso, hoy miran con creciente irritación a una ministra que parece haber descubierto que gobernar consiste menos en pancartas y más en asumir responsabilidades. Algo, que por cierto, tampoco hace.
El problema es que este Gobierno sigue gestionando las crisis sanitarias desde el marketing político y no desde la confianza pública. Y la confianza no se construye ocultando información, despreciando a las autonomías o reciclando a los mismos rostros que protagonizaron el mayor fracaso sanitario reciente de España. Los ratones mantienen el equilibrio porque su instinto les obliga a reaccionar rápido para sobrevivir. En La Moncloa, en cambio, el equilibrio consiste en algo mucho más simple: resistir políticamente aunque todo alrededor vuelva a tambalearse.