
Una de cada tres explotaciones ha bajado la persiana en Cantabria en los últimos años, en una tendencia que refleja el profundo deterioro de uno de los pilares históricos de la economía de la región. Según los datos de la Consejería de Desarrollo Rural, el número de granjas lecheras ha pasado de 1.141 en 2019 a 749 en 2025, mientras que el volumen de producción ha caído alrededor de un 15% en el último lustro, un retroceso sin precedentes en una comunidad tradicionalmente vinculada a la ganadería.
La reducción de explotaciones no se traduce, sin embargo, en una menor demanda. El consumo de productos lácteos se mantiene estable e incluso con una ligera tendencia al alza, de acuerdo con el Ministerio de Agricultura. España, de hecho, ya presenta déficit de leche y necesitaría aumentar su producción de forma sostenida en la próxima década. Este desequilibrio preocupa a la industria, que advierte de que la disminución de la oferta nacional puede incrementar la dependencia exterior.
El envejecimiento del sector es una de las principales causas del declive. La edad media de los ganaderos se sitúa entre los 58 y 60 años, y muchas explotaciones desaparecen cuando sus propietarios se jubilan por falta de relevo generacional. A ello se suma la dureza de la actividad, con ordeños diarios durante todo el año, así como la inestabilidad de los precios. Muchos profesionales han optado por reorientarse hacia la producción de carne, más rentable en los últimos años, lo que ha provocado un trasvase de trabajadores: mientras el número de productores de leche se ha reducido a la mitad desde 2015, el sector cárnico ha crecido.
El impacto territorial es notable. Más de veinte municipios de Cantabria han perdido completamente sus granjas lecheras, incluso en zonas con tradición ganadera consolidada. Actualmente, Soba, Villacarriedo y Santa María de Cayón concentran el mayor número de explotaciones activas, aunque también registran cierres progresivos. En localidades como esta última, donde el sector fue motor económico durante décadas, los vecinos observan cómo el tejido productivo se debilita año tras año.
Expertos y representantes del sector reclaman medidas urgentes. Entre ellas, la aplicación estricta de la ley de la cadena alimentaria para garantizar precios estables, el impulso al consumo de leche nacional frente a las importaciones y un sistema que facilite la transmisión de explotaciones a jóvenes. También proponen más inversión, menos burocracia y la incorporación de tecnología para mejorar la rentabilidad y la calidad de vida en el medio rural.
El contraste con el pasado resulta evidente. A comienzos del siglo XX, la instalación de la primera fábrica de Nestlé en España en La Penilla convirtió a Cantabria en referencia del sector, con marcas emblemáticas y reconocimiento institucional. Hoy, más de un siglo después, la comunidad afronta el riesgo de perder una parte esencial de su identidad productiva si no logra frenar el abandono y garantizar el futuro de la ganadería de leche.