«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ha puesto el acento en la necesidad de combatir la difusión de informaciones falsas

El Gobierno acrecienta la censura: Marlaska avisa de que están monitorizando las redes sociales para evitar la «propagación de bulos»

El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. Europa Press

El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, ha anunciado que su departamento mantiene bajo observación permanente las redes sociales tras el grave siniestro ferroviario ocurrido en Adamuz (Córdoba), una afirmación que ha generado una oleada de críticas en pleno clima de conmoción nacional por la tragedia.

La colisión entre un tren de alta velocidad de Iryo y un Alvia de Renfe ha dejado un balance oficial de 41 víctimas mortales y decenas de heridos, mientras los investigadores trabajan con la hipótesis de un posible fallo en la infraestructura como origen del accidente. Sin embargo, buena parte del debate público se ha visto desplazado por las palabras del ministro, más centradas en la circulación de información en internet que en el estado de la red ferroviaria.

En distintas intervenciones públicas, Marlaska aseguró que «todas las líneas de investigación siguen abiertas», pero puso el acento en la necesidad de combatir la difusión de informaciones falsas, llegando a confirmar que las plataformas digitales son vigiladas de forma constante. Este énfasis ha sido interpretado por amplios sectores como un intento de controlar el relato en lugar de aportar claridad sobre las causas reales del descarrilamiento.

Las reacciones no se hicieron esperar. En X y otras plataformas, cientos de mensajes cuestionaron que el foco del Ministerio esté puesto en los usuarios y no en aspectos como las denuncias previas sobre vibraciones irregulares en ese tramo, los trabajos recientes de remodelación de la vía o los recortes en mantenimiento que vienen siendo denunciados por sindicatos y maquinistas desde hace meses.

Para muchos analistas, el problema no es sólo de forma, sino de oportunidad. En un momento de duelo colectivo y con la ciudadanía exigiendo explicaciones, subrayar la monitorización digital resulta, como mínimo, un error de cálculo político. Lejos de tranquilizar, estas declaraciones alimentan la sensación de que el Ejecutivo prioriza la gestión de la opinión pública antes que la asunción de responsabilidades.

La credibilidad institucional, ya muy tocada, se resiente aún más cuando la investigación apunta a posibles deficiencias estructurales previas en la vía y no a un simple fallo humano o circunstancial. En ese contexto, insistir en la vigilancia de las redes sociales transmite una imagen de desconfianza hacia los ciudadanos que contrasta con la necesidad de transparencia y rendición de cuentas.

Más allá del ruido generado, el mensaje que emerge con fuerza entre la opinión pública es otro: lo que se reclama no es control informativo, sino una auditoría independiente, explicaciones técnicas claras y un refuerzo inmediato de la seguridad ferroviaria para evitar que una tragedia similar vuelva a repetirse.

En definitiva, si el Gobierno aspira a recuperar la confianza tras el desastre de Adamuz, muchos consideran que el camino no pasa por mirar a las pantallas, sino por mirar a las vías.

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