El Gobierno de Sánchez destina muy por debajo de la media europea a mantener, renovar y mejorar su red ferroviaria, a pesar de contar con una de las infraestructuras más extensas del continente y de haber experimentado un fuerte crecimiento del tráfico de pasajeros en los últimos años. Así lo reflejan los últimos datos publicados por la Comisión Europea, correspondientes a 2022.
Según el informe comunitario, citado por Vozpópuli, España gastó 95.860 euros anuales por kilómetro de vía en mantenimiento y renovación, frente a los 191.090 euros de media en la Unión Europea, es decir, prácticamente la mitad. La brecha no es coyuntural: en el periodo 2018-2022, el gasto medio español fue de 72.390 euros por kilómetro, frente a los 168.410 euros del conjunto de los Estados miembros, un 57% menos.
Este indicador mide la inversión necesaria para mantener operativa la red existente en relación con su extensión. En 2022, España destinó alrededor de 1.580 millones de euros a este fin, pero debe hacerlo sobre una red de 16.000 kilómetros, la cuarta más grande de Europa, solo por detrás de Alemania, Francia, Polonia e Italia. Países como Luxemburgo, Países Bajos, Dinamarca, Bélgica, Alemania o Francia lideran el gasto por kilómetro, con redes más reducidas pero mucho mejor financiadas en términos de conservación.
A esta infrafinanciación se suma otro factor clave: el uso real de la red. España registra 1,67 millones de pasajeros-kilómetro por kilómetro de vía, frente a los 1,96 millones de la media comunitaria, apenas un 15% menos. Sin embargo, al cruzar ambos datos, el resultado es contundente: España gasta 5,7 céntimos por pasajero-kilómetro en mantenimiento ferroviario, mientras que la media europea asciende a 9,7 céntimos, un 40% más.
Esta diferencia resulta especialmente significativa si se tiene en cuenta el fuerte aumento de la demanda tras la liberalización de la alta velocidad en 2021, con la entrada de operadores como Ouigo e Iryo junto a Renfe. El tráfico crece, pero el esfuerzo en conservación no acompaña.
En el ámbito de la alta velocidad, el desequilibrio es aún más evidente. Entre 2018 y 2022, España destinó una media anual de 1.480 millones de euros, pero el 84% se concentró en nuevas inversiones, mientras que solo el 16% se dedicó al mantenimiento de la infraestructura existente. Francia, Alemania e Italia presentan repartos mucho más equilibrados, con entre el 34% y el 39% de su gasto orientado a conservación.
Buena parte de esta distorsión responde al uso de los fondos europeos Next Generation, volcados en digitalización, sostenibilidad y ampliación de la red, pero no en el gasto estructural de mantenimiento. Un modelo que prioriza la inauguración de nuevas líneas frente a la seguridad y fiabilidad de las ya existentes.
El propio ministro de Transportes, Óscar Puente, reconoció esta semana que se trata de un debate pendiente. Los datos europeos, publicados en plena crisis ferroviaria tras los últimos accidentes, refuerzan la crítica a una política que ha apostado por el crecimiento visible de la red mientras descuida su conservación básica.