El desencaje entre educación y empleo en España se consolida como una de las grandes fracturas estructurales que lastran el futuro de los jóvenes. Así lo constatan los últimos datos difundidos por Eurostat, que sitúan al país a la cola de la Unión Europea en adecuación entre estudios cursados y trabajo desempeñado.
Según publica El Economista, el 28,9% de los españoles menores de 34 años ocupa un puesto que no guarda «ninguna relación» con su formación académica. Se trata del peor porcentaje de la UE y un dato que vuelve a poner el foco sobre el paro juvenil en España y la creciente sobrecualificación laboral.
Las cifras, correspondientes a 2024, constituyen la primera radiografía completa tras los últimos cambios educativos y laborales. Aunque una lectura global podría suavizar el diagnóstico —el 52,4% de los jóvenes afirma que su empleo actual o el último que tuvo sí se ajusta a lo estudiado—, ese porcentaje es el octavo más bajo del bloque comunitario, cuya media alcanza el 56,7%.
Más aún, apenas un 18,8% habla de una vinculación «moderada o baja», también el octavo dato más bajo de los Veintisiete, frente al 23,3% de media europea. Sin embargo, cualquier intento de presentar estos números como un alivio se desvanece ante la magnitud del problema principal: casi un tercio de los jóvenes reconoce un desajuste total entre su formación y su trabajo. Y ese es, sin matices, el peor registro de toda la Unión.
El contraste es contundente. En el conjunto comunitario, el porcentaje de jóvenes cuyo empleo no tiene relación con sus estudios se sitúa en el 20,4%. En Alemania, referente tradicional por su modelo de formación profesional dual, la cifra cae hasta el 8,5%. Una brecha que confirma que España se encuentra, como señalan expertos consultados, en las «antípodas» del modelo que mejor funciona en Europa.
El problema no distingue niveles formativos. El 28,9% engloba a todos aquellos jóvenes con estudios posteriores a la secundaria. Pero si se desciende al detalle, la situación resulta todavía más preocupante. Entre quienes solo cuentan con bachillerato, el desajuste alcanza el 44%. En el caso de los titulados en formación profesional, la cifra se sitúa en el 35,6%.
Ni siquiera la educación superior escapa a esta dinámica. Entre quienes han completado estudios terciarios —universitarios o equivalentes— el porcentaje baja al 19,1%, pero sigue siendo el más elevado de la Unión Europea. Un dato que desmonta el discurso complaciente sobre la universidad como garantía automática de inserción laboral adecuada.
La divergencia entre niveles formativos arroja además otra conclusión incómoda: la formación profesional, presentada durante años como solución estructural, no está ofreciendo en España el mismo rendimiento que en otros países. Aunque mejora las cifras respecto al bachillerato, no logra acercarse al encaje que sí consigue el título universitario, y en ningún caso alcanza los estándares de los socios europeos más avanzados.