Fuentes diplomáticas de alto nivel advierten de que la respuesta del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, al ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán responde a un cálculo interno y puede dejar a España desalineada respecto a sus principales socios europeos, en plena escalada internacional.
El presidente ha vuelto a apelar al respeto al derecho internacional mientras las principales potencias europeas —Francia y Alemania— se han mostrado dispuestas a coordinarse con Washington en un escenario de mayor implicación. Ese contraste ha abierto una brecha diplomática que sitúa a España en una posición incómoda dentro del bloque occidental.
En círculos diplomáticos se percibe inquietud. Fuentes consultadas por La Razón señalan que la respuesta del líder socialista se encuadra en una lógica de movilización del electorado de izquierdas y que la acción exterior lleva tiempo condicionada por el calendario político interno. A su juicio, la actual crisis no ha sido una excepción.
Las discrepancias se han hecho visibles también en el ámbito comunitario. Desde el propio Gobierno se han lanzado críticas a capitales europeas y a Bruselas por su cercanía a la estrategia estadounidense. El ministro de Transportes, Óscar Puente, ha cuestionado abiertamente la posición europea al considerarla subordinada a los intereses de Washington.
Al mismo tiempo, los ministros de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, y de Defensa, Margarita Robles, han negado de forma tajante que las bases de Rota y Morón estén siendo utilizadas para apoyar la operación militar contra Irán. El Ejecutivo ha subrayado que no se ha autorizado ningún uso fuera de lo previsto en el convenio bilateral. Tras la advertencia española de que no permitiría emplear las instalaciones para fines no contemplados, Estados Unidos retiró sus aviones cisterna.
Exteriores estudia además distintas alternativas para evacuar a ciudadanos españoles si la situación empeora. No obstante, diplomáticos consultados por el citado diario admiten que, en el actual contexto político, el Gobierno tenía escaso margen para adoptar un discurso distinto sin asumir un coste interno.